69. Veintitrés minutos
Veintitrés minutos
Lo han reconstruido bien. Lo han hecho como lo habría hecho yo.
Veintitrés minutos por una comarcal sin cámaras, sin peaje y sin un solo negocio abierto, dando un rodeo hasta la carretera porque no era capaz de meterme en mi casa.
—Esto no es lo que te salva —dice Nuria.
—¿Cómo que no?
—Un móvil en una antena no dice dónde estás tú. Dice dónde está un aparato. Y un portátil viaja en el asiento del copiloto.
—De la Repsol a la masía hay quince minutos. Y de la Repsol a mi casa, quince. A las once y tres estoy pagando y a las once y treinta y uno estoy en mi portal. No me da tiempo a subir a la finca, encender nada y volver.
—Eso sí. —Apunta—. Eso lo vamos a usar y hace muy difícil que estuvieras delante de un ordenador de la masía a las once y veintiséis. Pero no cierra nada, porque nadie ha dicho todavía que fuera un ordenador de la masía.
Y entonces me enseña lo que ha llegado de verdad.
Es un informe de tres páginas del departamento de sistemas de mi compañía, remitido al juzgado, sobre la sesión de las 23:26 del cuatro de septiembre.
Dice que esa sesión no se abrió desde el móvil corporativo, que está intervenido desde el día 10 y que a esa hora estaba apagado y en la celda de Reus.
Que no se abrió desde mi portátil de trabajo, que llevaba desde el jueves 3 en un cajón de la oficina.
Que no se abrió desde mi portátil personal, que también se llevaron y que a esa hora estaba encima de mi mesa del comedor.
Y que se abrió desde un equipo que el sistema no había visto nunca antes asociado a mi usuario.
Un identificador de hardware distinto. Un navegador distinto, con su huella: versión, idioma, resolución de pantalla, fuentes instaladas.
Todo eso queda registrado, y no coincide con ninguno de mis tres aparatos en once años.
—Esto es lo bueno —dice Nuria—. Y no es poco.
—Esto es todo.
—No.
—¿Cómo que no?
—Porque una huella de navegador dice que la sesión se abrió desde una máquina que no es ninguna de las tuyas. —Se quita las gafas—. No dice de quién es esa máquina. No dice dónde estaba. Y hay una explicación alternativa que la acusación va a sacar en cuatro segundos.
—¿Cuál?
—Que tienes un cuarto aparato.
Me quedo mirándola.
—Un portátil comprado en efectivo, sin registrar, usado una sola vez y tirado a un contenedor de Vila-seca el cinco de septiembre a las tres de la mañana.
—Chasquea la lengua—. Eso es lo que diría yo si estuviera enfrente.
Y no lo tendría que probar. Lo tendrías que desmentir tú, y eso no se puede desmentir.
—¿Y la dirección de internet?
—Ni me la nombres. Una IP es una puerta por la que salen veinte personas. Con una IP no se condena a nadie y con una IP no se salva nadie. Eso es de las series.
—Entonces qué falta.
—El aparato. —Se pone las gafas otra vez—. Ese equipo existe. Tiene un disco, y en ese disco hay una sesión, un archivo temporal y un historial. Mientras no esté encima de una mesa, esto es una discusión técnica, y las discusiones técnicas las gana el que tiene más paciencia.
Después saca otra cosa de la carpeta.
—Y esto llegó ayer. Es un avance, ¿eh. El informe entero tardará meses.
Es el primer resultado de lo que se llevaron de la sala nueva la madrugada del cinco.
Una botella de vermut, abierta, con doscientos ochenta mililitros de contenido. Dos vasos: uno limpio, boca abajo en la bandeja, y otro con restos.
En la botella hay lorazepam. En el vaso usado, también. En el vaso limpio, nada.
Y hay huellas. En la botella, las de la señora Bosch, que la bajó de un armario y la llevó en una bandeja delante de cinco personas.
En el vaso usado, las de Gabriel. Las mías no están en ninguna de las dos cosas, que es exactamente lo que cabía esperar y no sirve para nada, porque para abrir una botella y volverla a dejar hay un paño colgado a metro y medio.
Me quedo con el folio en las manos.
—Esto es bueno —digo.
—Esto no es ni bueno ni malo. —Nuria niega con la cabeza—. Esto dice cómo se hizo. No dice quién. Cualquiera que pasara por delante de ese aparador entre las nueve y veinte y las once y media pudo abrirla y volver a dejarla. Y tú estuviste sentada a doce metros durante hora y veinte.
—Yo declaré que estaba ahí. Yo se lo conté a Cabré antes de que me lo preguntara.
—Sí. Y eso te lo apunto en el haber. —Coge el folio y lo vuelve a guardar—. Pero fíjate en lo que dice de verdad ese papel, Irene, porque es lo que te va a decir un fiscal. Dice que quien lo hizo lo hizo allí, con la botella delante, con las manos, en esa sala. No lo mandó por correo.
Nos quedamos las dos calladas.
—Hay otra cosa —digo.
—Dime.
—El veinticuatro de agosto.
—Los cuatro comprimidos.
—Sí. —Y aquí es donde llevo dando vueltas desde que salió la toxicología—. El veinticuatro de agosto yo todavía no había dicho nada. Lo del lunes me lo inventé el uno de septiembre.
Nuria me mira por encima de las gafas.
—¿Y qué me estás preguntando?
—Que si eso quiere decir que ella ya lo iba a hacer.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque no es lo mismo tener una cosa que tener un plan.
—Da un golpecito en la mesa con el bolígrafo—.
Esa mujer guarda formularios de patrimonio de gente que no conoce.
Guarda listas de invitados de bodas que no llegaron a celebrarse.
Guarda el teléfono de un chico de la lavandería de Valls por si un día se le rompe la lavadora. Es una persona que acumula.
—Ya.
—Coger cuatro comprimidos de un bolso que le han puesto en las manos no es decidir matar a nadie el cuatro de septiembre.
Es coger cuatro comprimidos porque están ahí y porque nunca se sabe.
—Cierra la carpeta—. Yo eso no lo voy a poder demostrar y ella tampoco lo va a decir nunca. Pero es lo que hay.
Sale a la calle conmigo y en el portal se para.
—Y no te hagas la película de que la disculpas.
—No la disculpo.
—Ya lo sé. —Se cuelga el bolso—. Te lo digo por lo otro. Porque lo que sí es verdad es que esos cuatro comprimidos salieron de tu caja.
Por la tarde me llama Ferran.
Es la primera vez desde el día uno. Llama desde el aparcamiento de la oficina, en voz baja, y empieza pidiendo perdón.
—Que a mí me han llamado a declarar.
—Ya me lo imaginaba.
—Y me han preguntado por lo de tu prima.
Me siento en el sofá.
—¿Y qué has dicho?
—La verdad. —Se le nota fatal—. Que en 2018 yo abrí una alerta de fraude en ese expediente, que a los cuatro días no estaba y que nadie me dio nunca una explicación.
—No podías decir otra cosa.
—Es que lo llevo diciendo ocho años en la máquina del café, Irene. Se lo he dicho a medio mundo. —Se para—. Pero es que cuando lo he dicho, el que me tomaba declaración ha levantado la cabeza. Y yo he entendido para qué servía.
Nos quedamos callados por teléfono, cada uno en un sitio.
—Ferran.
—Qué.
—¿Cuándo te vas a Zaragoza?
—El uno de enero.
—Vete tranquilo.