70. Reserva de derechos
Reserva de derechos
Nuria presenta un escrito en el juzgado con las dos pólizas de socios, el pacto que obliga al superviviente a comprar las participaciones, la deuda de trescientos mil euros afianzada personalmente por la socia mayoritaria y cuatro fotografías hechas con un móvil encima de la tapa de un váter en un piso de la avenida de Montbrió.
No mando nada anónimo. No mando dos líneas a ningún departamento por detrás.
Lo meto en el procedimiento, con mi nombre y con mi abogada, que es lo único que me queda de mi oficio.
22 de septiembre.
Mireia Bosch comunica el siniestro de la póliza 4471-VL, diecisiete días después de la muerte, cosa que no significa nada porque la gente está enterrando a alguien. Lo hace por el canal normal, con el certificado de defunción y una copia del pacto de socios.
Lo sé porque a estas alturas soy parte en un procedimiento y mi abogada ve lo que hay.
26 de septiembre. Tres semanas justas.
Se incauta su portátil personal. No en un registro de película: en su casa, a las ocho de la mañana, con la comisión judicial y una letrada de la administración de justicia, y ella firmando el acta y ofreciéndoles café.
Lo que hay dentro tarda veinticinco días en salir del informe pericial.
2 de octubre.
La compañía formula reserva de derechos. Es un escrito de dos párrafos que se manda al beneficiario y que dice, en sustancia, que se ha abierto la investigación del siniestro y que ninguna gestión que se realice supone reconocimiento de cobertura.
Es lo más frío que existe en este oficio. Lo he mandado yo doscientas veces sin pensar en quién lo abría.
Y a la vez, con la autorización que el asegurado firmó de su puño y letra el doce de febrero en la última página del cuestionario, la compañía solicita a los centros que lo atendieron la documentación médica necesaria para valorar el siniestro.
Octubre.
Mireia Bosch hace bodas.
Tres. Lo sé porque miro el Instagram de la finca a las dos de la mañana como una imbécil. Sigue publicando: cielos con la sala al fondo, un vídeo de treinta segundos en el que dice que en octubre la luz es la mejor del año, respuestas a los comentarios con dos emoticonos.
Y firma facturas. La de la lavandería industrial de Valls, la del catering, la del mantenimiento del generador. Y paga cada mes la cuota de un préstamo de trescientos mil euros que avaló con su casa, y cada mes que pasa sin cobrar cuatrocientos mil euros es un mes que ella no tenía previsto.
Yo, en octubre, llevo a mi tía a comprar los sábados y contesto un correo de recursos humanos cada diez días.
Rosa no me coge el teléfono. Lo he intentado seis veces.
21 de octubre.
Sale el informe del portátil.
Cookie de sesión de la herramienta interna de mi compañía. Un archivo temporal con el borrador de la modificación del expediente de Nàdia Cots. Historial con la conexión abierta a las 23:19 y cerrada a las 23:34 del cuatro de septiembre.
Y la red a la que estaba enganchado ese portátil en ese momento: la wifi abierta de un restaurante de Reus que se llama Mas Blanc, donde esa noche cenaron diecinueve proveedores del Camp de Tarragona y donde la señora Bosch firmó a las 21:40 y se quedó hasta que cerraron el aparcamiento.
Quince minutos. Entre el segundo plato y los postres, con el bolso colgado de la silla.
Nuria me lo cuenta por teléfono el 21 por la tarde. Yo estoy en la cocina de mi tía pelando patatas.
—¿Y ya está? —digo.
—No.
—¿Cómo que no?
—Que eso prueba que ella modificó ese expediente esa noche. Y es enorme, y con eso yo te saco. —Coge aire—. Pero eso no prueba quién puso nada en ninguna botella. Eso va por otro sitio y va a tardar.
24 de octubre.
Llega la denegación.
Y aquí tengo que ser exacta, porque llevo once años en esto y porque la gente se cree que estas cosas son un botón.
La póliza no era nula. Existió, se emitió, se cobró la prima y estuvo en vigor desde el uno de marzo. Nadie ha hecho magia.
Lo que dice la compañía, en tres folios, es que se preguntó expresamente por un antecedente, que se contestó que no, que ese antecedente existía, que era relevante y que el informe de suscripción establece que, de haberlo conocido, esa cobertura no se habría emitido en esas condiciones.
Y que por eso no paga.
Mireia Bosch mató a un hombre por cuatrocientos mil euros que dejaron de existir el doce de febrero de este año, cuando ese hombre puso una equis torcida en una casilla porque hay una cosa suya de cuando tenía diecinueve años que no le ha contado a casi nadie en veinte años.
Ella no lo sabía.
No mató por lo que iba a cobrar. Mató por lo que creía que iba a cobrar, y en un juzgado eso es el mismo móvil.
Cuelgo y sigo pelando patatas.
Mi tía está en la puerta de la cocina con el trapo en la mano.
—¿Era la abogada?
—Sí.
—¿Y qué dice?
—Que va a tardar.
Roser se queda ahí un momento.
—Rosa no me coge el teléfono —dice—. Llevo tres semanas llamándola.
—Ya.
—Yo a esa mujer la he llamado por su cumpleaños todos los años de mi vida. Desde antes de todo. —Se gira hacia el fogón—. Y ahora tiene uno enterrado y el otro en Mas d'Enric, y yo soy la tía de la que hablan en el mercado.
—Tía.
—Anda, dame las patatas.