68. Trazabilidad
Trazabilidad
Lo que contesta la compañía el viernes, por su asesoría jurídica, es un folio y medio que se resume en que atenderán cualquier requerimiento del juzgado instructor y que, mientras tanto, no facilitarán a un tercero información sobre sus sistemas internos de auditoría.
El tercero soy yo.
—Es lo que iba a pasar —dice Nuria—. Una compañía, en un caso así, protege su casa antes que a nadie. Tú ahora mismo no eres una empleada acusada de algo. Eres un agujero de seguridad.
Lo que sí llega, el viernes 11 por la tarde, es lo que el juzgado sí ha pedido: el volcado de los accesos a los tres expedientes, con todos sus campos.
Estamos en su despacho a las seis, con el ventilador y las persianas a media altura, y ella me gira el portátil porque de esto no entiende y yo sí.
Abro el panel de metadatos del primero. Después el segundo. Después el tercero.
Bea. LOC_PK_HER: 1418,3.
Nàdia. LOC_PK_HER: 1418,3.
Carme. LOC_PK_HER: 1418,3.
—Explícamelo despacio y como si yo fuera tonta.
—Ese campo no se rellena. No sale impreso, no lo ve nadie y no lo toca nadie. Solo se arrastra cuando creas un expediente duplicando otro.
—Vale.
—Y ese número es un punto kilométrico que no existe. La N-340 no llega ahí.
—¿Y por qué está?
—Porque lo escribí yo. El veintiuno de agosto de 2018, a las tres y doce, al recodificar el expediente de mi prima. Se me vació la localización y la tecleé otra vez y bailé dos cifras.
Nuria deja el bolígrafo.
—O sea que ese número solo puede venir de ahí.
—Solo puede venir de ahí. —Y me oigo la voz más alta de lo que quiero—. Eso significa que alguien cogió el expediente de Bea, lo duplicó y lo usó de plantilla para crear los otros dos, en 2021 y en 2023. Y eso lo prueba ese campo. Solo.
Me deja terminar.
Y luego dice:
—Bien. ¿Y quién?
—¿Cómo que quién?
—Que quién lo duplicó.
—Alguien que tuviera acceso.
—Alguien que tuviera acceso al expediente de tu prima —dice—. Ese es el conjunto de sospechosos. Dime cuánta gente hay dentro de ese conjunto.
Me quedo callada.
—Te lo digo yo, que llevo tu carpeta. En once años consta una sola persona que entrara en ese expediente sin tenerlo asignado y sin causa. Una. Y firmó la operación con su usuario a las tres y doce de la madrugada.
—Yo lo he confesado. Está en el dossier. Está ante notario desde el uno de septiembre.
—Sí. —Se echa hacia atrás—. Y esa confesión, que tú lees como que te limpia, para un instructor dice literalmente: la investigada reconoce que manipuló el expediente que sirvió de plantilla.
El ventilador da la vuelta y nos coge a las dos y sigue.
—Tú has venido aquí esta tarde creyendo que traías tu absolución.
—Traigo una prueba.
—Traes la prueba de que hubo un clonado.
De la autoría no dice absolutamente nada.
—Se inclina—. Y si yo estuviera enfrente, ese campo lo usaría a mi favor.
Diría: señoría, la única persona que ha estado dentro de los tres expedientes, la única que conoce la existencia de ese campo, la única que reconoce haber entrado sin permiso en el primero, es la mujer que se acostaba con el muerto.
—Eso es absurdo.
—Eso es coherente. —Cierra el portátil—. Y a un relato no le hace falta más que eso.
El ventilador vuelve a pasar.
—Falta una cosa —dice—, y te la quiero decir aquí y no por teléfono.
—Dime.
—El mensaje de voz.
Me quedo con la mano en el respaldo de la silla.
—Del móvil sacaron el audio ayer. Once segundos. Está transcrito y lo han oído el instructor, dos guardias civiles y yo. Yo lo he oído dos veces.
—Vale.
—Y necesito saber si tú lo habías escuchado antes del día diez, porque eso me lo van a preguntar y tengo que contestar sin pensarlo.
—No.
—¿Segura?
—Segura.
—Bien. —Deja un folio boca abajo, que es un gesto que no le he visto hacer nunca—. Entonces te lo digo yo. Te digo lo que dice, y a partir de ahí las dos trabajamos con la misma información, que es como se trabaja.
Y yo digo que no.
Lo digo deprisa, antes de acabar de pensarlo, y me sale una voz que no reconozco.
—No me lo cuentes.
Nuria levanta la cara.
—Irene, es un elemento del procedimiento.
—Ya lo sé.
—Son once segundos que te manda un hombre veinte minutos antes de morirse.
—Ya lo sé.
—¿Y no lo quieres saber?
—No es que no lo quiera saber. —Y aquí me tengo que agarrar al respaldo—. Es que si me lo cuentas, ya está contado. Y entonces yo voy a tener toda la vida una frase de él y me la habrás dado tú, y él me la mandó a mí.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Ninguno.
Nuria se queda un rato con el folio boca abajo debajo de la mano.
—Vale —dice al final—. Pues no te lo cuento. Pero que conste que te lo he ofrecido y has dicho que no, porque esto también me lo van a preguntar algún día.
Escribe cuatro líneas a mano y me lo pone delante.
Firmo el segundo papel en once días en el que consta que me han ofrecido algo y he dicho que no.
Salgo a la calle a las siete y media. Hay gente en las terrazas de la plaza y un grupo de chavales sentados en el bordillo.
Mañana es sábado doce de septiembre.
A las cinco de la tarde de mañana, ciento dieciocho personas iban a aparcar en una rampa que se pagó con el piso de una mujer que hablaba muy deprisa y se disculpaba por todo.
A las siete y media iban a servir el cóctel entre dos plátanos, a ciento seis pasos de una balsa con una valla nueva.
A las nueve y media iban a entrar en una sala de piedra que costó doscientos catorce mil ochocientos euros.
Y yo iba a bajar un escalón sin mirarlo, medio paso por detrás de un hombre que desde el martes está en el centro penitenciario de Mas d'Enric.