Las novias de la línea muerta 67. Lorazepam
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67. Lorazepam

Lorazepam

Un teléfono de teclas gris con su cargador, en una bolsa, con un escrito de dos folios que explica qué es, dónde estaba, quién lo sacó de detrás de un rodapié y qué día.

Una lata de conserva sin etiquetar, con tornillos de cuatro por cuarenta y un reloj de mujer con un nombre grabado en la tapa.

Cabré coge las tres cosas y no dice nada durante ocho minutos.

A Gabriel lo entierran esa misma tarde.

La autopsia la hicieron el sábado. El lunes por la mañana, mientras yo estaba en el cuartel poniendo una lata encima de un mostrador, Álvaro estaba en el juzgado pidiendo que le dejaran enterrar a su hermano, que es un trámite que tiene que hacer la familia en persona y que nadie te cuenta hasta que te toca.

Se lo autorizan a mediodía. Rosa no quiere velatorio largo, o sea que a las cinco ya estamos en el tanatorio de Reus, en la sala tres, que es la pequeña, con cuarenta personas y el aire acondicionado a dieciséis grados.

Mi tía no viene. No se lo pido.

Rosa está sentada en la primera fila con una chaqueta que no le he visto nunca y las manos encima del bolso, y no llora. Recibe. Le dan la mano ochenta veces y a cada uno le dice el nombre, y a los de Riudoms les pregunta por sus padres.

Álvaro está de pie a su lado. Le trae agua tres veces. Le acerca una silla a una señora mayor. Sale a decirle al del tanatorio que la música que han puesto no, que su hermano no soportaba esa música, y vuelve, y se queda de pie otra vez.

Yo esta mañana, a las diez, he puesto encima de un mostrador una lata de conserva con un reloj de mujer dentro.

Mireia llega a las seis menos cuarto.

Viene de negro, con el pelo recogido, y hace exactamente lo que hay que hacer y en el orden en que hay que hacerlo.

Primero Rosa: se agacha delante de ella, le coge las dos manos, le dice cuatro cosas al oído y se levanta.

Después Álvaro: le da la mano y no le suelta la frase que le suelta todo el mundo.

Después va al fondo, con los proveedores, que también han venido, y se queda con ellos.

En una hora y media no la veo sacar el móvil ni una vez.

Cuando salimos a la calle, a las siete y media, la puerta del tanatorio tiene un escalón de esos que no se ven porque el suelo es del mismo color por dentro y por fuera.

Yo lo piso mal.

Y noto una mano en el codo.

—Cuidado —dice Mireia—. Que ese escalón se lo come todo el mundo.

Me sujeta hasta que apoyo los dos pies. Después me suelta el brazo y me pone la mano un segundo en la espalda, entre los omóplatos, y no me dice nada más.

—Gracias.

—Nada, mujer. —Se sube las gafas de sol a la cabeza aunque son las siete y media—. ¿Comes algo esta noche?

—Sí.

—Ya. —Mira hacia dentro, hacia la sala tres, hacia Rosa—. Pobre. Con lo que quería ella a los dos.

Se va hacia el aparcamiento andando deprisa, con el bolso pegado al cuerpo, como cruza el patio de la finca cuatro veces al día.

A Álvaro se lo llevan el martes a las siete de la mañana.

Lo sé porque me llama Rosa a las siete y veinte, y es la primera vez en cinco años que esa mujer me llama llorando, y lo único que me dice, cuatro veces seguidas, es que si yo sé algo.

Le digo que no.

El martes, además, sale lo otro.

Lo veo a las once y cuarto en el móvil, sentada en mi cocina, en un digital comarcal.

L'autòpsia detecta ansiolítics en el cos de l'home mort en una masia de Riudoms.

Ciento cuarenta palabras. Fuentes próximas al caso. Que los primeros resultados toxicológicos han detectado presencia de benzodiacepinas y que la investigación no descarta ninguna hipótesis.

Nuria me llama a las doce menos veinte.

—Ya lo he visto —le digo.

—¿Es verdad?

—Eso lo tienes que saber tú antes que yo.

—Es verdad. —Un segundo—. Y es lorazepam.

Me quedo de pie con la mano en la encimera.

—Escúchame antes de que te lo montes tú sola. —Habla deprisa—. Una toxicología dice qué molécula hay en un cuerpo. No dice de quién era la caja. El lorazepam es de las cosas más recetadas de este país. Hay dos millones de personas con eso en un cajón. Eso, solo, no señala a nadie.

—Yo tengo receta.

—Tú tienes una receta activa e intermitente desde 2019. Y eso lo van a saber en tres días con un oficio, o sea que no es una carta que tengamos que jugar.

—Y faltan cuatro comprimidos.

Silencio al otro lado. Uno largo.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque los conté el veintiséis de agosto.

—¿Y no me lo dijiste el uno de septiembre en mi despacho, con todo lo demás delante?

—Lo escribí en el móvil y lo borré.

Nuria coge aire.

—Ponte algo y ven.

La caja la entregamos el miércoles, con otro escrito, para que no la encuentre nadie antes. Está donde estaba: en el cajón de la cómoda, debajo de un pañuelo. Tres comprimidos menos en la primera fila, medio comprimido en la cuarta casilla y cuatro menos en la última.

Y el miércoles a las cinco de la tarde Nuria me pone delante un folio escrito a mano, en una columna, con su letra.

Sustancia: coincide.

Receta activa: sí.

Faltan cuatro: sí, y lo dice ella.

Oportunidad: estuvo allí esa noche.

Salida 22:40. Sin coartada hasta las 23:31.

Relación de ocho meses, oculta a todos.

Credenciales: siete accesos sin causa + una modificación a las 23:26.

Declaración de la beneficiaria: «me dijo que le tenía miedo».

Ocho líneas.

—Ninguna de estas ocho, sola, vale nada —dice—. Cualquiera te la desmonto yo en una vista con un perito y media hora.

—Ya.

—El problema es que no van a ir una por una. —Le da la vuelta al folio—. Un instructor las lee juntas y no ve ocho cosas. Ve una foto.

—Ya sé qué foto es.

—Dímela tú, entonces.

—Una mujer que se acostaba con el muerto, que estuvo allí esa noche, que tiene recetada la misma sustancia, que le faltan cuatro comprimidos y que lleva cinco semanas metiéndose en expedientes que no son suyos.

—Esa. —Se quita las gafas—. Y esa foto la has hecho tú veinte veces, Irene.

El jueves por la mañana viene una comisión judicial a mi casa con un mandamiento de dos folios y se lleva el portátil personal y el teléfono.

Yo el teléfono lo estoy usando cuando llaman al timbre.

Lo pongo encima de la mesa del comedor, al lado del cofre de nogal, y lo desbloqueo delante de ellos, y firmo el acta, y en el acta pone el modelo, el número de serie y el estado del terminal, que es «operativo, con pantalla íntegra».

Dentro hay cuarenta y una fotografías de una pantalla de mi empresa en un álbum que se llama cocina .

Y hay una notificación del cuatro de septiembre a las 23:47.

El jueves, además, recibo el correo de la compañía.

Comunicación de suspensión cautelar de funciones y accesos. Con copia a la dirección territorial y a recursos humanos. Efecto inmediato. Que entregue el portátil, el móvil corporativo y la tarjeta del edificio. Que la retribución se mantiene. Que se me convocará.

Bajo el jueves a las ocho de la tarde, cuando ya no hay nadie, y lo dejo todo en la mesa de Vidal con una nota de tres líneas.

En mi mesa siguen mi taza, una carpeta con dos expedientes de un taller de Valls y el cartel ese que dice que la ingeniería social no entra por el ordenador, que entra por la puerta y sonríe.

Y el jueves por la noche cancelo una boda.

A ciento dieciocho personas no. Llamo a nueve, y esas nueve llaman al resto, que es como funciona esto.

A Neus. A Òscar. A Dani. A Pilar. A la peluquería de la calle Monterols, que me dice que no me preocupe por la señal. Al de las letras de luz, que ni siquiera había contratado y que me pregunta si sé de alguien más que las quiera para el doce.

Y a mi tía.

—Tía.

—Ya lo sé.

—¿Cómo que ya lo sabes?

—Que ya lo sé, Irene. —Baja la tele—. Que esto es Reus y que llevo dos días sin salir a comprar.

—Lo del sábado no se hace.

—Ya lo sé.

—Te lo tengo que explicar.

—No me tienes que explicar nada.

Y se calla, y yo me quedo con el móvil en la oreja, de pie en mi comedor, entre las cajas de la mudanza, un cofre de nogal barnizado y ciento diecinueve tarjetas escritas a mano con una pluma que era de su padre.

—Tía.

—Ven el sábado a comer —dice—. Hago arroz.