65. Sábado
Sábado
El teléfono suena a las siete y diez y es Álvaro.
—Irene.
—Dime.
—Gabriel se ha muerto.
Estoy sentada en el borde de la cama con los pies en el suelo y no sé cómo he llegado a esa postura.
—¿Qué?
—Anoche. En la finca. —Habla muy despacio, más despacio que nunca—. Se cayó por la escalera de piedra, la del fondo, la que sube al altillo del cuadro.
—¿La del cuadro?
—Sí.
—¿Y cuándo?
—Sobre las doce y media lo encontró la gente de la limpieza. Estaba abajo, en el rellano. —Un silencio—. Llamaron a la ambulancia y ya no había nada que hacer.
—¿Y tu madre?
—Está aquí. La han llamado a las cinco. La ha llamado ella.
—¿Ella?
—Mireia.
Me levanto.
—¿Tú dónde estás?
—En casa de mi madre.
—Voy.
—Irene.
—Qué.
—Han preguntado por ti.
—¿Quién ha preguntado por mí?
—La Guardia Civil. Estaban aquí a las seis y media hablando con mi madre y han preguntado quién estuvo anoche en la finca. —Traga—. Y les he dicho que tú y yo y ella.
—Vale.
—Van a llamarte.
—Vale.
Cuelgo.
Me ducho. Me lavo el pelo, que no hacía falta. Me visto con lo primero que no está arrugado, unos pantalones oscuros y una camisa, y me hago el moño con dos horquillas y no me pinto.
Y después hago el bolso, y esto lo hago de una manera que no había hecho nunca.
Meto el DNI, que no llevo casi nunca porque llevo el carné en el móvil.
Meto la tarjeta de cartulina fina de Nuria Sedó, la que me dio el veintiuno de agosto, con el número escrito a mano por detrás.
Saco el catálogo de proveedores del asiento del coche y lo dejo en casa, no sé por qué.
Voy al enchufe de detrás del sofá y desenchufo el teléfono gris y lo meto en la caja de las tarjetas de mesa, debajo de la mesa ocho, y pongo la tapa.
Y luego voy a la cómoda del dormitorio y abro el cajón de arriba y saco la caja blanca.
Está donde la dejé el veintiséis de agosto por la noche, en el cajón, debajo de un pañuelo, después de sacarla del bolso.
La abro.
Primera fila: tres vacías y el medio comprimido en la cuarta casilla, partido con la uña, con el filo ya un poco redondeado.
Última fila: cuatro vacías.
Igual que hace diez días. Ni una más ni una menos.
La cierro.
Y me quedo con ella en la mano, de pie delante del cajón abierto, a las siete y cuarenta de la mañana de un sábado, sin saber nada todavía, sin que nadie me haya dicho de qué se ha muerto, sin haber hablado con ningún guardia civil, ocho días antes de mi boda.
Y no me la meto en el bolso.
La dejo dentro del cajón, debajo del pañuelo, y cierro.
Y bajo al coche.
El móvil lo llevo en la mano. En la pantalla de bloqueo, debajo de las tres llamadas perdidas de Álvaro de las siete y diez, sigue estando la notificación de anoche.
Gabriel · Mensaje de voz · 0:11
No lo abro.