Las novias de la línea muerta 66. Declaración
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66. Declaración

Declaración

A Nuria la llamo a las ocho y diez. Está en Barcelona, con su hija, y no puede bajar hasta la tarde.

—Vas tú sola. Y me escuchas. —Se oye una calle detrás—. Contestas a lo de anoche. Horas, sitios, quién había, qué comisteis. La verdad, entera y aburrida. Y si te preguntan por cualquier otra cosa que no sea anoche, dices que quieres estar asistida y te callas.

—Vale.

—Irene.

—Qué.

—Que tú tienes vicio de explicar. Hoy no expliques.

El cuartel de Reus tiene un mostrador, dos sillas de plástico y una sala con una mesa, un ordenador y una impresora que se atasca dos veces en dos horas y media.

El sargento se llama Cabré. Cincuenta y muchos, la camisa por fuera del cinturón, un vaso de café de máquina que no toca. Escribe con dos dedos y teclea cada respuesta entera antes de hacer la siguiente pregunta, y ese ruido de teclas en el silencio es lo peor de la mañana.

—A ver. Anoche.

Le cuento anoche.

La prueba de menú desde las siete. Rosa.

Álvaro, que llega a las siete y media porque entregaba en Vila-seca.

El maître, que se llama Dani. Gabriel, que aparece a las ocho y cuarto sin que lo esperáramos.

La señora Bosch, que se despide sobre las nueve y veinte porque tenía una cena de proveedores en Reus.

—¿Y usted a qué hora se fue?

—A las diez y cuarenta.

—¿Diez y cuarenta exactas?

—A las diez y cuarenta pasé por debajo de la cámara del camino. De la mesa me levanté un poco antes.

Teclea.

Cuatro preguntas después, vuelve.

—Perdone. La hora de salida.

—Las diez y cuarenta.

—¿Eso lo dice porque lo miró o porque lo calcula?

—Porque lo miré.

—¿Miró el reloj al salir de la sala?

—Miré el reloj del coche al arrancar.

Teclea. La impresora se atasca. Se levanta, la abre, saca un folio arrugado, la cierra, se sienta.

Y a los veinte minutos, otra vez.

—Salió a las diez y cuarenta.

—Sí.

—¿Directa a casa?

—No.

Levanta la vista por primera vez.

—Bajé hasta la N-340 y volví.

—¿Para qué?

—Para conducir.

—¿Para conducir?

—Sí.

No dice nada. Teclea. Y yo, mientras le oigo teclear, sé exactamente cómo se lee eso en un papel dentro de tres meses, porque he leído cuatrocientas declaraciones y sé cuáles son las frases que se subrayan.

Después vienen las de siempre, las que hago yo cuando tomo una declaración: dónde repostó, con qué pagó, si entró a la tienda, a qué hora llegó a casa, si la vio alguien.

Y después viene la otra.

—Usted qué relación tenía con el fallecido.

Y aquí llevo desde las siete y diez de esta mañana.

—Era el hermano de mi pareja.

—Ya. —Espera—. Le he preguntado por la relación.

—Nos veíamos.

—¿Nos veíamos quiere decir…?

—Manteníamos una relación desde diciembre.

Cabré teclea.

No hace ningún gesto. No levanta las cejas, no suspira, no cambia de tono. Teclea, y el ruido dura mucho más que la frase, y después sigue preguntando con la misma voz con la que me ha preguntado por la gasolinera.

—¿Su pareja lo sabe?

—No.

—¿La madre de ellos?

—No.

—¿Alguien?

—No.

Y ahí es donde entiendo que esto va a estar escrito. Que va a haber un folio con esa frase, y que ese folio lo va a leer un funcionario, y un fiscal, y un abogado, y en algún momento Álvaro.

Cabré termina de escribir, se echa hacia atrás y coge una carpeta de plástico que ha tenido a su izquierda toda la mañana y que no ha abierto hasta ahora.

Saca dos folios grapados y los gira.

Es una captura de la herramienta de auditoría de mi compañía. La conozco. La uso yo. Cuatro columnas.

I.SARRIA — 04/09/2026 23:26 — modificación — expediente COTS BERTRAN, N.

Modificación.

No consulta. Modificación.

Y hay una cosa más, y me tarda cuatro segundos en subir.

El domingo pasado, el treinta de agosto, yo entré en ese mismo expediente a las 23:04 y a las 23:07. Con mis credenciales de verdad. Y esa traza lleva desde entonces en el sistema, y quien haya hecho esto la tenía delante.

Once y veintiséis. Cinco noches después, veinte minutos más tarde en el reloj.

Eso no es una hora elegida al azar. Eso es una hora elegida por alguien que ya sabía a qué hora entro yo cuando entro donde no debo.

—¿Esto lo hizo usted?

—No.

—¿Sabe qué es?

—Sé perfectamente qué es. Es la trazabilidad de mi compañía. Yo trabajo con eso.

—Explíquemelo.

Y esto es lo que me va a durar años: que soy yo la que se lo explica.

Le explico qué es un usuario y qué es una operación. Le explico que el sistema no distingue entre la persona y las claves, y que un acceso hecho con las credenciales de alguien se le imputa a ese alguien, y que yo he firmado catorce informes en once años diciendo exactamente eso.

Cabré lo apunta todo, despacio, sin interrumpirme.

—¿Y no lo hizo usted?

—No.

—¿Estaba con alguien a esa hora?

—No.

Guarda los folios.

—Volvemos un momento atrás. Cuando la señora Bosch se despide, sobre las nueve y veinte. ¿Qué hace exactamente?

—Da la vuelta a la mesa saludando. Y antes de salir deja una bandeja en el aparador de la pared del fondo.

—¿Qué bandeja?

—Una bandeja pequeña, de esas de servicio. Con una botella y dos vasos.

Cabré para de teclear.

—¿Dos vasos?

—Dos.

—¿Y qué botella?

—Vermut. Es lo que se toma él los viernes cuando cierra la semana. Lo dijo su madre en la mesa.

—¿Y usted vio a alguien acercarse a esa bandeja?

—A nadie. Yo me fui a las diez y cuarenta y estaba donde la había dejado.

—¿Estaba abierta?

—No lo sé. No la miré. —Y me oigo la voz y la oigo mal—. Estaba a doce metros de mí durante hora y media y no la miré.

Teclea eso también.

Saca otro folio de la misma carpeta y este no me lo enseña; lo lee él.

—Una última cosa. La señora Bosch declaró esta madrugada, a las cuatro y diez. —Baja el papel un poco—. Dice, y le leo: «Él me dijo que le tenía miedo.»

Estoy sentada en una silla de plástico con las manos en las rodillas.

—¿Le dice algo eso?

—No.

—¿El fallecido le tenía miedo a usted?

—No.

—¿Discutieron ustedes últimamente?

—No.

—¿Cuándo lo vio a solas por última vez?

—Anoche. En el patio. Sobre las diez y cinco.

—¿Y de qué hablaron?

Y por primera vez en dos horas y media me acuerdo de que Nuria me ha dicho que hoy no explique.

—De su familia.

Cabré me mira dos segundos exactos.

—Bien. —Le da a imprimir—. Lo lee, lo firma y ya está.

Lo leo entero. Está bien tomada. Está tomada como la habría tomado yo.

Firmo las cuatro hojas y en la última pongo el nombre completo.

—¿Quiere añadir algo?

—No.

Y esa es la mentira más grande que he dicho en mi vida, y la digo sentada, con la mano encima de un folio, delante de un hombre que escribe con dos dedos y que ha hecho su trabajo mejor que bien.

Fuera son las dos menos veinte y hace treinta y un grados y en el aparcamiento hay un coche patrulla con la puerta abierta y la radio puesta.