64. Prueba de menú
Prueba de menú
A las siete de la tarde estamos Rosa y yo solas en la sala nueva, porque Álvaro entrega en Vila-seca y mi tía ha dicho que ella el menú se lo come el día doce y que no hace falta comérselo dos veces.
Han montado una mesa redonda en el centro, con mantel largo, la vajilla buena y dos centros altos de prueba, los negros, con la flor puesta. Están las catorce sillas doradas apiladas al fondo y la mesa nuestra es la única en pie en veintiséis metros de piedra.
Rosa está contentísima.
Se ha puesto una blusa. Le da vueltas a la servilleta y me pregunta tres veces si el verde es color de boda.
El maître se llama Dani y explica los platos como si hubiera veinte personas. Aperitivo, dos entrantes al centro, el pescado, la carne, el postre sin el logotipo del pastelero. Trae los vinos y nos hace probar dos blancos y dice cuál va mejor con el pescado y tiene razón.
Con los centros altos puestos, desde mi silla veo a Rosa de la frente para arriba y le veo las manos. La voz le llega perfectamente. Es lo que dijo Mireia el diez de agosto en una floristería de la calle Llovera y es verdad, y en las bodas nadie habla con el de enfrente.
Álvaro llega a las siete y media, se lava las manos y se sienta, y prueba lo que le ponen y dice que está bueno.
A las ocho y cuarto aparece Gabriel.
No lo esperábamos. O yo no lo esperaba. Rosa se pone de pie y le da dos besos y le dice que se siente, que hay de todo.
Se sienta al lado de su madre, se come medio plato y bebe agua.
—Este los viernes se queda aquí hasta las tantas —dice Rosa, dándole en el brazo—. Con sus papeles y su vermut. Solo, como un búho.
—Mamá.
—Es verdad.
—Es que los viernes cierro la semana —dice él, sin mirar a nadie.
A las nueve y veinte entra Mireia con el bolso ya al hombro y las llaves en la mano.
—Yo os dejo, que tengo cena de proveedores en Reus a las nueve y media y voy tarde. —Da la vuelta a la mesa saludando—. Rosa, guapísima.
—Ay, calla.
Pasa por el aparador de la pared del fondo, deja una bandeja pequeña con dos vasos y una botella, se limpia las manos en un paño y lo cuelga.
Dos vasos. Lo veo y no lo pienso, porque en una casa donde se sirven ciento veinte cubiertos los vasos van de dos en dos y de cuatro en cuatro y nadie baja uno solo de un armario.
—Que aquí te lo dejo, que luego lo buscas y no lo encuentras —le dice a Gabriel.
—Vale.
—Hasta el domingo.
Y se va, y por la ventana la vemos cruzar el patio deprisa, con el bolso pegado al cuerpo, como cruza el patio cuatro veces al día.
A las diez y cinco Gabriel se levanta y me dice que si salgo un momento.
En el patio hay una farola y dos plátanos y el suelo de gravilla con confeti seco de otra boda pegado entre las piedras. Se oye el generador detrás del muro y no se oye nada más.
Enciende un cigarro y no fuma.
—El catorce de agosto de 2018 tu prima me llamó doce veces —dice.
Yo no digo nada.
—A las seis y diez, a las seis y veinte, a las siete menos cuarto. —Está mirando la gravilla—. Yo las tengo contadas, ¿sabes? Yo esas doce llamadas me las sé de memoria, una por una, con la hora, desde hace ocho años.
Sigue.
—Y no cogí ninguna. Y a las dos y cuarenta llamé a mi hermano y le dije…
Y levanta la cabeza.
Y me mira.
Y para.
Yo estoy quieta, con los brazos cruzados, delante de un hombre que acaba de empezar a contarme la peor cosa que ha hecho en su vida, y no he puesto ninguna cara, y esa es la cara que me ha visto.
—Tú ya lo sabes —dice.
—Sí.
Se queda con el cigarro entre los dedos, ardiendo solo.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace tres semanas.
Gabriel suelta el aire despacio y se apoya en el plátano.
—Vale.
—Gabriel.
—No. —Levanta la mano—. Ahora no. Ahora te voy a decir otra cosa, que llevo dos días con ella.
—Dime.
—Vámonos.
—¿Cómo?
—Que nos vayamos. —Ahora sí habla deprisa—. Yo puedo sacar dinero. No de aquí, de aquí no puedo sacar nada, pero tengo una cosa mía y puedo tener sesenta o setenta mil en diez días. Portugal. O donde sea. Me da igual.
—Tú estás loco.
—Escúchame. —Y da un paso—. Yo no te estoy pidiendo que me perdones nada. No te estoy pidiendo ni que me hables. Te estoy diciendo que te subas a un coche.
—Yo me caso dentro de ocho días.
—Ya lo sé. —Y se ríe, y es una risa horrible—. Ya sé con quién te casas, Irene. Y tú también.
Nos quedamos los dos callados. El generador zumba.
—Y una cosa más.
—Qué.
—El lunes no vayas.
Se me para todo.
—¿Adónde?
—A trabajar. —Tira el cigarro y lo pisa—. Di que estás mala. Di lo que sea.
—¿Por qué?
—Porque el lunes voy a contarlo yo.
Lo dice así. Sin adornos, mirándome, con las manos en los bolsillos.
—Voy a pedir hablar y lo voy a contar todo. Todo, desde 2018. Y quiero que ese día tú estés en tu casa y no delante, porque cuando yo empiece a hablar en esa sala va a salir tu nombre y va a salir el mío juntos, y no quiero verte la cara cuando pase.
Y aquí es donde estoy ahora mismo, escribiendo esto, y aquí es donde voy a estar el resto de mi vida.
El lunes no existe.
No hay revisión. No hay entrevista. Me lo inventé el martes a las diez menos veinte de la noche en un entresuelo de la calle Sant Vicenç, con un vestido a medio abrochar y las manos de otra mujer sujetándome por la cintura, y lo dije en doce palabras.
Y este hombre lleva desde entonces preparándose para confesar en un despacho que no lo espera.
Y ella lleva desde entonces sabiendo que le quedan cinco días.
Podría decírselo ahora. Cabe en una frase. No hay ninguna entrevista, vete esta noche a un hotel.
Lo tengo en la boca, entero, como el uno de agosto tuve he encontrado una cosa en el taller de tu hermano .
—Me lo pienso —digo.
Gabriel asiente despacio dos veces.
—Vale.
Vuelvo a entrar. Rosa está contándole a Dani lo del vestido verde. Álvaro me mira y no pregunta nada.
A las diez y cuarenta nos vamos. Rosa se va con Álvaro porque él la lleva.
Yo salgo con mi coche por el camino de los cipreses y paso por debajo de la cámara del acceso, esa que hay en un poste desde 2022 y que no había mirado nunca.
A las once y tres paro en la Repsol de la N-340 y echo treinta euros y pago con tarjeta dentro, en la caja, porque el surtidor de fuera no me lee el chip. Salgo de la tienda con el tique en la mano y hay una cámara encima de la puerta.
A las once y treinta y uno entro en mi casa.
A las once y cuarenta y siete el móvil hace el ruido.
Gabriel · Mensaje de voz · 0:11
Lo veo en la pantalla, encima de la mesa del comedor, al lado del cofre de nogal.
No lo abro.