63. Miércoles, jueves
Miércoles, jueves
Miércoles.
Neus me llama a las nueve y media desde la floristería porque ha visto las fotos que le hice a la pared y dice que el blanco frío ahí no le funciona, que la piedra tiene mucho ocre y que le va a poner un blanco roto y algo de verde grisáceo y que no me asuste si en la foto del catálogo se veía más brillante.
Le digo que muy bien.
A las once me escribe Òscar. Quiere confirmar tres cosas: la canción de la entrada, si hay ramo o no hay ramo, y si a la barra libre le pongo tope de hora o lo dejo en lo que dice la licencia.
Le contesto las tres.
A la una y media me llama mi tía porque le han dado hora en la peluquería el mismo sábado a las nueve y quiere saber si es muy pronto. Le digo que no es pronto. Me dice que le parece pronto. Le digo que la llevo yo.
A las cuatro me manda un mensaje Sara Cots.
He hablado con mi madre.
Y nada más. No contesto enseguida porque no sé qué contestar, y cuando contesto, a las seis, ya no me responde.
A las siete y veinte, en el coche, en el aparcamiento de mi casa, abro el chat de Gabriel.
¿Estás bien?
Lo escribió él ayer por la noche. Lleva ahí veinte horas.
Escribo: Tienes que irte de la finca.
Lo miro.
Lo borro.
Escribo: No estés solo el fin de semana.
Lo miro.
Lo borro.
Y esto lo hago tres veces en once minutos, con el motor apagado, hasta que me duele la mano de lo fuerte que estoy sujetando el móvil, y a la tercera cierro la aplicación y me quedo mirando el salpicadero.
Podría escribir seis palabras. Seis. Vete de allí este fin de semana.
No las escribo.
A las nueve viene Álvaro a cenar y trae el cofre terminado y barnizado, y lo dejamos en la mesa del comedor entre las cajas y las invitaciones sobrantes. Huele a goma laca. Pesa.
—¿Estás bien?
—Sí. Cansada.
—Ya.
—Es la boda.
Come. No dice nada más.
Después, en la habitación, con la ventana abierta y el ruido de los del piso de abajo cenando en la terraza, lo hacemos sin decir nada.
No es como la otra noche en Riudoms. Aquella noche yo quería una cosa y se la pedí. Esta noche no quiero nada y me dejo, y hay una diferencia entre las dos que él no puede notar y yo sí.
Álvaro tiene los ojos cerrados.
Es la primera vez en cinco años. Este hombre no cierra los ojos. Los tiene abiertos incluso cuando le tiembla el brazo, mirándome, y yo llevo cinco años quejándome por dentro de eso y esta noche los cierra y me deja sola aquí arriba.
Yo los tengo abiertos y estoy mirando el techo y estoy pensando en un aparcamiento de la calle Sant Vicenç.
Y en algún momento, cuando ya está y él tiene la cara en mi cuello y la respiración de después, lo tengo entero en la boca. La frase es esta: el lunes no existe, he dicho una cosa que no es verdad y tu hermano está en medio.
Once palabras.
Se me quedan donde se me quedan siempre.
Álvaro se aparta, se pone de lado y me busca la mano por debajo de la sábana, que es lo que hace, y a los cuatro minutos está dormido.
Yo me levanto a las doce y media y me quedo un rato de pie en el comedor, descalza, con el cofre delante.
Las esquinas son a cola de milano y la tapa va a presión y no está encolada, porque él eso no lo encola. Las juntas buenas se hacen para poder abrirse y volver a cerrarse sin que se note nada.
Levanto la tapa y la vuelvo a encajar.
Jueves.
La prueba de peinado es a las cinco en la peluquería de la calle Monterols y dura una hora y cuarenta minutos.
La chica me hace un recogido bajo, y yo le digo lo de la presilla, y me dice que perfecto, que así aguanta mejor.
Me miro en el espejo con el pelo de otra manera y la cara de siempre.
A las siete paso por casa de mi tía a llevarle una crema que me ha pedido y me la encuentro en la galería con el ventilador puesto y la tele encendida en el salón sin nadie delante.
—Han venido a mirar la mancha.
—¿Quién?
—Uno del seguro de la comunidad.
—¿Y qué ha dicho?
—Que viene de arriba. —Se ríe con la boca cerrada—. Ocho años para eso.
Le hago la cena. Se la come. Me dice que el sábado no me olvide de que a las nueve.
En el rellano, cuando ya me voy, me dice:
—Irene.
—Dime.
—Estás muy delgada.
—Ya me lo dice todo el mundo.
—Ya. Pues por algo será.
Jueves, once y cuarto de la noche.
Álvaro me llama desde Riudoms para decirme que mañana no va a poder ir a las siete a la prueba de menú, que llega a las siete y media porque tiene que entregar en Vila-seca.
—Vale.
—¿Estás bien?
Es la segunda vez en dos días.
Y esta vez me quedo callada más de lo que dura un silencio normal, con el móvil en la oreja, de pie en la cocina.
—No —digo.
—¿Qué pasa?
—No lo sé todavía.
—Vale. —Y espera. Espera cinco o seis segundos, que en Álvaro es una eternidad—. ¿Te lo cuento yo o me lo cuentas tú?
—Mañana.
—Vale.
Colgamos.
Esa noche me acuesto a las doce menos veinte y duermo hasta las siete y diez.
Siete horas seguidas. Es la primera vez desde el uno de agosto.