62. Doce palabras
Doce palabras
El entresuelo de la calle Sant Vicenç a las nueve y media de la noche está mejor que a las cinco de la tarde. Pilar ha abierto el balcón y entra el aire de la calle, que ya no quema.
Mireia ha llegado antes que yo. Está sentada en la silla de mimbre con los pies cruzados y una carpeta encima de las rodillas y ha traído un croissant de la pastelería de abajo, que ha subido para mí y que dice que me lo coma ahora.
Me lo como de pie, con dos servilletas, antes de ponerme el vestido, porque no se puede comer con eso puesto.
—¿Ves? Ya tienes otra cara.
—Es un croissant.
—Es que llevas un mes a base de café.
Pilar me sube al taburete.
Esta es la última. Lo que queda son cuatro cosas: el bajo definitivo con estos zapatos, un pinzado en la espalda, la presilla del velo y el sistema para recogerse la falda al sentarse.
Y por eso está Mireia, porque la última prueba es donde se decide cómo entra una en una sala.
—A ver, levántate y anda hasta la puerta.
Ando hasta la puerta.
—Otra vez, más despacio. —Se levanta y se pone a mi lado—. ¿Ves? Ahí. Cuando llegas al escalón bajas la vista.
—Es que si no lo veo me lo como.
—Ya. Pues eso hay que arreglarlo, porque la puerta de la sala tiene un escalón y ahí vas a tener a ciento dieciocho personas de pie mirándote. —Se pone delante de mí, de espaldas a la puerta—. Tu suegro no está y tu padre tampoco, ¿verdad?
—No.
—Vale. Pues entonces entras con Álvaro y él te lleva del brazo por dentro, no por fuera, y ese escalón lo bajas sin mirarlo porque lo baja él y tú vas detrás medio paso. Confía y ya está.
Lo apunta en su carpeta.
Pilar me hace girar y empieza con el pinzado de la espalda y se le acaban los alfileres a los tres minutos.
—Ay. Espera, que los tengo abajo en el cajón del mostrador.
Baja los cuatro escalones del taller y se oye cómo abre el cajón.
Yo estoy en el taburete, de espaldas al espejo, con el vestido abierto por detrás y los brazos separados.
Mireia se levanta y me lo sujeta por la cintura para que no se me caiga de los hombros mientras Pilar no está, con las dos manos, una a cada lado, como se sujeta un vestido.
—Respira —dice—. Que llevas cinco minutos sin respirar.
Respiro.
Y lo digo.
—Mi unidad revisa los siniestros. El lunes entrevistarán a Gabriel por separado.
Doce palabras.
Mireia no se mueve. Sigue sujetándome el vestido por la cintura, con la misma presión, y la tengo detrás y no le veo la cara y no la busco en el espejo, y lo único que noto es que no ha cambiado nada en las manos.
Abajo, Pilar cierra un cajón y abre otro.
—¿Qué siniestros? —dice Mireia.
—Los de 2018 a 2024. Van a cruzar accesos.
—Ya.
Tres segundos.
—¿Y a ti te entrevistan?
—Yo no soy de ese ramo.
—Ah.
Pilar sube. Se oye el peldaño que cruje, el tercero, que cruje siempre.
Y entonces Mireia dice, muy tranquila, casi al oído, con el tono con el que se pregunta si el pescado va con guarnición:
—¿Y lo del lunes es seguro?
—Sí.
Me suelta el vestido justo cuando entra Pilar, se sienta otra vez en la silla de mimbre y coge su carpeta.
Pilar me clava el pinzado de la espalda en once minutos.
Mireia habla de la presilla del velo, de que el peluquero tiene que saber que el velo va con presilla y no con peineta porque si no le hacen un moño que no aguanta, y de que se lo diga yo el jueves cuando vaya a la prueba de peinado, y que si quiero la llama ella.
—La llamo yo —digo.
—Como veas.
A las once menos veinte hemos acabado.
Mireia se levanta, se pasa la carpeta al otro brazo y me da dos besos en el taburete, que es un ángulo raro y por eso me tiene que sujetar del codo.
—Yo el sábado tengo boda, o sea que no me llames que no te voy a coger. —Se cuelga el bolso—. Y el domingo tampoco, que duermo.
—Vale.
—Y come, ¿eh.
Baja los cuatro escalones y se va.
Pilar se pone a recoger los alfileres del suelo con un imán atado a un palo, que es un invento que tiene desde hace treinta años.
—Qué maja es —dice.
—Sí.
—Es que a mí me manda muchas novias, y todas vienen tranquilas. Eso no lo hace todo el mundo, ¿eh. La mayoría te las mandan histéricas.
—Ya.
—Anda, baja del taburete, que te ayudo.