Las novias de la línea muerta 61. Lo que puedo hacer
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61. Lo que puedo hacer

Lo que puedo hacer

Salgo de la oficina a las nueve y cinco y tengo veinte minutos hasta el taller de Pilar, que me ha dado la última hora del día porque es lo único que le queda esta semana.

Veinte minutos.

Los uso.

Uno. Puedo avisar a Gabriel.

Cojo el móvil ahora mismo, en este aparcamiento, y le digo: tu socia tiene cuatrocientos mil euros sobre tu vida y trescientos mil avalados con su casa, y tú anoche te pusiste a hablar en mi coche de las dos veces anteriores.

¿Y luego qué?

Luego pasa una de dos. O se va, y en tres días está en otro sitio con un teléfono nuevo y no hay ningún muerto y no hay ningún expediente y no hay absolutamente nada. O se lo cuenta a ella, que es lo que ha hecho toda su vida.

Y en las dos, mañana por la mañana yo sigo siendo una mujer con siete accesos sin causa a tres expedientes, y Bea, Nàdia y Carme siguen siendo tres accidentes cerrados, y la sala en la que me caso dentro de once días sigue estando hecha con el piso de una mujer de treinta y cuatro años.

Avisar a Gabriel es que no pase nada.

Dos. Puedo ir al cuartel.

Esto ya lo hemos hecho. Lo hicimos esta tarde en un despacho de la calle Sant Joan y hay un folio firmado por mí en la carpeta de Nuria Sedó que dice que me lo recomendó y que dije que no.

Entro ahí mañana y a las cuarenta y ocho horas Sílvia Prats está en un despacho de Madrid explicando por qué consultó tres líneas sin causa. Y Álvaro entra y no sale, porque Álvaro quemó una bolsa en su corral en enero de 2024 y no piensa decir otra cosa.

Y la investigación, si se abre, empieza por mí.

Tres. Puedo no hacer nada.

Y esta es la que me tengo que mirar bien, porque es la que me quiere convencer.

Si no hago nada, en noviembre o en diciembre un proceso automático normaliza un fichero plano y aparecen mis siete accesos, y las cuatro líneas del domingo, y encima de todo eso aparece una noche de agosto de 2018 a las tres y doce.

Y Gabriel sigue vivo hasta que ella decida.

Porque ella va a decidir. No hoy, no en septiembre, a lo mejor en enero, a lo mejor cuando él vuelva a hablar de más en el coche de alguien.

Pero un hombre que empieza frases que no puede acabar y que tiene el cuarenta por ciento de una sociedad y una póliza de cuatrocientos mil euros encima, se muere.

Se muere el día que a ella le venga bien y con la coartada que a ella le venga bien.

Y ese día yo no estaré delante y no habrá ninguna prisa y no habrá ningún error.

Eso es lo que me estoy diciendo.

Y ahora lo voy a escribir de la otra manera, que es la verdadera, porque llevo un mes cazándole las versiones cómodas a todo el mundo y ya va siendo hora.

No hacer nada tampoco lo salva. Esa frase es un regalo que me estoy haciendo yo. Es exactamente igual que quité una nota que Ferran ni siquiera había confirmado . Es la frase que se escribe una para poder acostarse.

Puede que Mireia no lo mate nunca. Puede que Gabriel se muera de viejo en Riudoms. Yo no lo sé y nadie lo sabe y decir lo contrario es hacerme un favor.

Cuatro.

Llevo once años en esto y hay una sola cosa que sé de verdad, una, y es esta: al que roba no lo pillas robando. Lo pillas corrigiendo.

El fraude bien hecho es invisible. Un expediente clonado, un duplicado de SIM un martes por la mañana, una capitalización de créditos depositada en plazo, una transferencia ordenada por la titular con su clave.

Nada de eso se ve. Yo llevo cinco semanas mirándolo con lupa y lo único que tengo es un punto kilométrico que no existe.

Lo que se ve es la enmienda. La factura que se rehace. La caldera que se cambia en tres semanas sin factura porque hay prisa. El correo que se manda a las dos de la mañana. Lo que se ve es alguien tapando deprisa.

Yo no puedo demostrar nada de lo que ha pasado en ocho años.

Lo que sí puedo es hacer que alguien tenga prisa.

Y ahora la frase que va debajo de esa y que no me voy a saltar.

Si yo meto prisa, se muere.

No «puede pasar algo». No «hay un riesgo».

Si yo le pongo a esa mujer una fecha delante, ella hace lo que hizo en 2021 y en 2023, y esta vez con el reloj en la mano, y el que está en medio es un hombre de cuarenta años que anoche estuvo sentado en el asiento del copiloto de mi coche en camiseta y chanclas.

Arranco.

Bajo por la avenida hacia el centro con las ventanillas bajadas y a las nueve y veinte aparco en doble fila delante del portal de Pilar y pongo los intermitentes.

Me quedo dentro dos minutos.

En mi trabajo, cuando una sospecha no se puede probar con lo que hay, se hace una cosa que no está escrita en ningún manual y que hacemos todos: se mueve algo, se avisa de una revisión que no existe, se llama para pedir un papel que no hace falta. Y se mira quién se pone nervioso.

Se provoca el siniestro para ver quién reclama.

Apago el motor y subo.