Las novias de la línea muerta 60. La pregunta once
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60. La pregunta once

La pregunta once

Vuelvo a la oficina a las ocho menos cuarto porque a esa hora ya no queda nadie y porque el aire acondicionado se apaga a las nueve.

El cuestionario está en el tercer PDF. Cuatro páginas. Escaneado en color, con el gris de la mesa en el borde.

Voy a la once porque sé de memoria dónde está la once.

11. ¿Ha padecido o padece alguna enfermedad de tipo psiquiátrico o del sistema nervioso, o ha estado ingresado en algún centro por este motivo?

Sin límite temporal. Sin «en los últimos cinco años», sin «en los últimos diez». Así, entera, desde 2019, porque en algún momento alguien de Madrid decidió que esa pregunta iba sin acotar y nadie la ha vuelto a mirar.

NO.

La equis está en la casilla de la derecha, hecha con bolígrafo azul, un poco fuera del recuadro por abajo.

Al final de la página cuatro, la declaración de que las respuestas son exactas y completas, y la firma.

Gabriel Vilaplana Sardà. 12 de febrero de 2026.

Es su firma. La he visto en un albarán de la finca y en la felicitación de Navidad que le mandó a su madre.

Amplío hasta que la equis ocupa media pantalla y me quedo mirándola.

Diecinueve de abril de 2005. Trece de mayo de 2005. Veinticuatro días. Ingreso urgente. Autorizado por familiar responsable.

Está fotografiado en mi móvil desde anoche, encima de la tapa del váter de un piso de la avenida de Montbrió, con el sello redondo y la firma del adjunto.

Y ahora despacio, porque esto no es lo que parece y llevo once años explicándoselo a gente que se piensa que sí.

Esto no anula nada.

Esto no es un botón. Yo no puedo ir mañana a un despacho de Madrid y decir que el asegurado mintió y que se acabó. Las cosas no funcionan así, y menos con una vida.

Lo que pasaría, si esto pasara, es esto: se comunica el fallecimiento, se abre la investigación del siniestro, se pide la documentación clínica con la autorización que el propio asegurado firmó al contratar, y si aparece un antecedente relevante que se preguntó expresamente y se negó, la compañía no paga y lo dice por escrito, con motivos.

Y eso tarda. Seis semanas. Ocho. He visto expedientes de vida en reserva de derechos cuatro meses.

Durante todo ese tiempo la beneficiaria no cobra, y espera, y firma facturas, y llama.

Me echo hacia atrás en la silla.

Mireia Bosch avaló trescientos mil euros con su patrimonio.

Mireia Bosch tiene un pacto que la obliga a comprarles el cuarenta por ciento a los herederos de su socio.

Mireia Bosch tiene una póliza de cuatrocientos mil euros a su favor sobre la vida de un hombre que se está deshaciendo, que anoche empezó a hablar de las dos veces anteriores en el coche de la prima de la primera y no pudo acabar la frase.

Mireia Bosch cree que tiene cuatrocientos mil euros.

Y no los tiene. No los tiene desde el doce de febrero de este año, desde que un hombre puso una equis torcida en una casilla de un impreso porque hay una cosa suya de 2005 que no ha contado nunca, salvo a tres personas en veinte años.

Ella no lo sabe.

Él seguramente tampoco, porque nadie sabe lo que firma.

Y yo sí.

Cierro el PDF y me quedo en una oficina vacía con el aire acondicionado a punto de apagarse.

Tengo un papel doblado en cuatro, en el fondo de una caja de zapatos de un piso de Riudoms, que convierte cuatrocientos mil euros en cero.

Y ese papel no sirve absolutamente para nada hasta que Gabriel esté muerto.