59. El depósito
El depósito
A Nuria Sedó la llamo a las diez y media y le digo tres frases por teléfono. Me dice que vaya a las cinco y que traiga todo lo que tenga y que no coma antes, que vamos a estar rato.
Llego con una carpeta y con el móvil.
Y empiezo por el nombre, que es lo que me pidió la otra vez.
Le doy los cuatro. Le doy la finca. Le doy las fechas.
Le pongo encima de la mesa las capturas del registro, la nota simple de Cambrils, los dos acuerdos de junta del ayuntamiento de Riudoms, las dos pólizas, el pacto de socios, el informe de 2005, las cuarenta y una fotos torcidas de una pantalla hechas con el brillo bajado.
Y le digo lo del uno de agosto, y lo del rodapié, y lo de Sílvia Prats en una gasolinera, y lo de las tres y doce de la madrugada del veintiuno de agosto de 2018.
Tarda dos horas y diez minutos. Escribe todo el rato.
Cuando termino saco la lata de conserva del bolso y la pongo encima de la mesa.
—¿Qué es eso?
—Un reloj de Carme Rosell. Estaba en el taller de mi novio.
Nuria mira la lata como si le hubiera puesto un animal delante.
—Eso de aquí te lo llevas ahora mismo.
—¿No lo guardas?
—No. Ni lo abro. —Aparta la silla dos centímetros—.
Escúchame bien: ese objeto ya lo has movido tú una vez y eso ya no tiene arreglo.
Lo que no vas a hacer es moverlo dos. Lo dejas donde puedas decir exactamente dónde está, no lo tocas más, y cuando llegue el momento tú vas a tener que contar quién lo cogió, de dónde y a qué hora, y va a ser una conversación fea.
—Vale.
—Y ahora la parte que no te va a gustar.
Deja el bolígrafo.
—Con lo que me has traído, mi consejo profesional es que mañana por la mañana estés en el cuartel de la Guardia Civil de Reus.
—No.
—Te lo estoy diciendo como abogada.
—Y yo te estoy diciendo que no.
—¿Por qué?
Y se lo digo entero, porque para eso he venido: porque Sílvia Prats pierde el trabajo el mismo día, porque Álvaro entra en ese cuartel y no sale, porque en cuanto se abre esto los primeros siete accesos son míos y de nadie más, y porque el doce de septiembre hay ciento dieciocho personas y una mujer de setenta y un años que ha dicho que sí.
Nuria me escucha sin interrumpir.
—Vale —dice—. Pues entonces lo dejamos por escrito.
Coge un folio y escribe cuatro líneas a mano: que en el día de la fecha ha recomendado a la clienta la interposición inmediata de denuncia y que la clienta ha decidido no hacerlo. Me lo pone delante.
—Firma.
Firmo.
—Bien. —Se guarda el folio en la carpeta—. Ahora hablamos de cómo no te matan.
Lo monta en cuarenta minutos y es esto.
Un solo archivo con todo, ordenado, fechado, con un índice.
El archivo empieza por mí. Empieza por lo que hice el veintiuno de agosto de 2018 a las tres y doce, con la hora y la operación y el motivo, escrito por mí en primera persona. Y sigue con lo del domingo pasado a las 23:04, con las cuatro líneas de traza copiadas tal cual.
—¿Eso tiene que ir?
—Eso va primero. —Ni levanta la vista—. Un dossier que empieza acusando a los demás es un dossier de una interesada. Uno que empieza acusándose a sí misma se lee entero.
Después, acta notarial. Vamos andando a una notaría de la calle Llovera a las siete menos cuarto, porque Nuria ha llamado antes y ha pedido un favor.
No se deposita el contenido: se deposita el archivo y su huella digital, esa cadena de caracteres que cambia si tocas una coma.
Queda la fecha, queda la hora y queda que ese archivo, exactamente ese, existía hoy a las 19:12 del uno de septiembre de 2026.
La copia utilizable se la queda ella.
Y las instrucciones.
—Cada lunes me escribes —dice, ya en la calle—. Un mensaje. No hace falta que digas nada, con que pongas «lunes» me vale. Si un lunes no me escribes, yo espero hasta el martes a mediodía y entrego: cuartel de Reus y dirección de tu compañía, las dos cosas a la vez.
—Vale.
—Y ahora la doble lectura, que te la digo yo antes de que te la diga otro.
—Se para en la acera—. Esto que acabamos de hacer sirve para dos cosas.
Sirve para que a ti no te convenga a nadie matarte, porque muerta se abre todo automáticamente en cuarenta y ocho horas.
Y sirve para que, si un día alguien te acusa de algo, tú puedas demostrar que el uno de septiembre ya sabías todo esto y ya lo habías puesto por escrito.
—Eso es bueno.
—Eso es bueno y es malo. Porque también se puede leer al revés.
—¿Cómo al revés?
—Que una persona que el uno de septiembre deja escrito y depositado ante notario todo lo que va a pasar es una persona que sabía lo que iba a pasar. —Se sube el bolso al hombro—. Y hay fiscales a los que eso les gusta mucho.
Nos damos la mano.
—Irene.
—Dime.
—Esto impide que te maten.
—Ya.
—No impide lo otro.