58. La próxima culpable
La próxima culpable
El martes por la mañana, en la oficina, hago dos cosas seguidas y ninguna me lleva más de veinte minutos, y entre las dos se me da la vuelta la novela entera.
Los socios han suscrito un pacto que regula la transmisión de participaciones en caso de fallecimiento, estableciendo la obligación del socio supérstite de adquirir a los herederos la totalidad de la participación del fallecido por el valor fijado en el propio pacto.
A tal fin, cada uno de los socios ha suscrito y satisface individualmente un seguro de vida sobre su propia persona a favor del otro socio.
La segunda es entrar en el maestro de pólizas de mi propia compañía y escribir un nombre.
Salen dos.
Póliza 4471-VL. Seguro de vida individual. Tomador y asegurado: VILAPLANA SARDÀ, GAbrIEL. Beneficiario designado expresamente: BOSCH BLANCH, MIREIA. Capital garantizado por fallecimiento: 400.000 €. Fecha de efecto: 01/03/2026.
Póliza 4472-VL. Tomadora y asegurada: BOSCH BLANCH, MIREIA. Beneficiario: VILAPLANA SARDÀ, GAbrIEL. Capital: 400.000 €. Fecha de efecto: 01/03/2026.
Recíprocas. Simétricas. Perfectas. Las hace cualquier corredor de esta provincia doce veces al año y son la cosa más aburrida del mundo.
Ferran pasa por detrás con un café.
—¿Qué miras?
—Una vida de socios.
—Qué asco dan las vidas de socios.
—Sí.
Se va.
Y yo me quedo con las dos pantallas abiertas, la del registro y la del maestro, y hago la única operación que sé hacer, que es preguntarme quién gana.
Si se muere Mireia, cobra Gabriel cuatrocientos mil y le compra el sesenta por ciento a la familia de ella, y se queda la finca entera.
Si se muere Gabriel, cobra Mireia cuatrocientos mil y le compra el cuarenta por ciento a los herederos de él, y se queda la finca entera.
Simétrico.
Y ahora lo que no es simétrico.
Mireia Bosch tiene trescientos mil euros de préstamo afianzados con su patrimonio personal. Si esto se rompe, si la finca cierra dos meses, si sale una línea en el diario comarcal, ella responde con su casa.
Gabriel Vilaplana no ha afianzado nada. Gabriel Vilaplana tiene el cuarenta por ciento metido dentro de una sociedad que no controla y del que no puede sacar un euro sin la firma de ella.
Y Gabriel Vilaplana, anoche, a las doce menos cinco, en mi coche, se puso a hablar de las dos veces anteriores y no pudo terminar la frase.
Me levanto y voy al baño y me lavo las manos y vuelvo.
Llevo un mes preguntándome por qué no me ha pasado nada.
Llevo un mes con un teléfono de una mujer muerta en mi casa, llamando a gente, apareciendo en Prades, apareciendo en la balsa un sábado por la mañana, pidiendo licencias, entrando en expedientes que no son míos.
He hablado con Mireia cinco veces desde el uno de agosto.
Le he puesto el aparato delante. Le he dicho el nombre de Nàdia Cots a la cara.
Y no me ha pasado absolutamente nada.
Al contrario. Me han quitado ciento sesenta y ocho euros de la floristería, me han sentado a mi tía junto a la puerta sin escalón, me han sujetado el bolso dos horas en un probador y me han dicho que coma.
Y eso, hasta esta mañana, yo me lo estaba explicando como que no sospechan.
No es eso.
Una mujer que se ha llevado por delante a tres personas no lleva cinco semanas dejando que la investiguen porque no se ha enterado. Se ha enterado desde el uno de agosto, desde que descolgué el teléfono y ella me llamó por mi nombre sin que yo se lo dijera.
Si me quisieran muerta, estaría muerta. Ha habido cuatro semanas y una balsa a ciento seis pasos.
Me quieren viva.
Y a mí me cuesta cuarenta segundos entender para qué sirve viva una mujer que tiene siete accesos sin causa a tres expedientes, ocho meses de mensajes con un hombre, una relación que nadie sabe y una boda pagada en el sitio donde ese hombre es socio.
No soy la próxima novia.
Soy la coartada.