Las novias de la línea muerta 57. ¿Me elegiste por esto?
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57. ¿Me elegiste por esto?

¿Me elegiste por esto?

Le escribo desde el coche, parada en la calle de Rosa, a las once y veinte.

Estoy en Riudoms. ¿Puedes bajar en media hora?

Sí.

Aparco en la calle de detrás de su casa, la de siempre, donde he aparcado ocho meses.

No subo.

Baja a las doce menos cinco en camiseta y chanclas, se mete en el coche por el lado del copiloto y cierra la puerta, y es rarísimo tenerlo aquí, con el salpicadero y el catálogo de proveedores en el asiento de atrás.

—¿Pasa algo?

—Quiero preguntarte una cosa y quiero que me la contestes rápido.

—Vale.

—¿Me elegiste por esto?

Gabriel mira al frente, a la persiana bajada de un local.

—Sí.

Ya está. Sin pausa, sin pedir que le aclare qué quiero decir, sin esa cosa que hace de devolverte la pregunta.

—¿Por qué?

—Por tres cosas. —Sigue mirando al frente—. Por dónde trabajas, por quién era tu prima y porque llevo ocho años esperando que alguien abriera aquel expediente.

—¿Cómo supiste dónde trabajaba?

—Por el papel de la finca.

—El formulario.

—El formulario. —Se pasa la mano por la boca—. Mireia los guarda todos. Yo los miro cuando me pasa alguno. Y en octubre me pasó el tuyo porque decía que había una pareja con una situación rara, él autónomo sin declarar bien y ella con un piso, y que a lo mejor os interesaba algo.

—Y ahí ponía «investigadora de siniestros».

—Con tu letra.

Me quedo con las manos en el volante aunque el coche está parado y apagado.

—Yo aquel día me quedé blanco —dice—. Y no por lo que te crees. Yo llevaba desde 2018 esperando una carta, una llamada, algo. Y no llegó nunca. Ocho años. Y de repente resulta que la prima de Bea se casa con mi hermano en mi finca y trabaja en la compañía que llevó aquello.

—Y decidiste acercarte.

—Decidí saber cuánto sabías.

Es tan sencillo que casi me da la risa.

—¿Y qué averiguaste?

—Que no sabías nada. —Ahora sí me mira—. Eso lo supe en la segunda semana. En enero.

—¿Y por qué no paraste?

Y ahí es donde este hombre, por primera vez en ocho meses, se queda sin la frase.

Tarda mucho. Se frota la cara con las dos manos.

—Porque me pasa —dice.

—¿Qué te pasa?

—Que me pasa esto. —Se le va la voz a un sitio raro—. Que empiezo por un lado y acabo en otro. Que ya me ha pasado y las dos veces acabó mal, y las dos veces me dije que era la última, y las dos veces…

Se para.

—¿Las dos veces qué, Gabriel?

Silencio.

—No me preguntes eso aquí.

—Aquí es donde estamos.

—Irene.

—Dilo.

—Que no. —Y por primera vez le sale la voz alta, y en el coche suena enorme—. Que no te lo voy a decir en tu coche en la calle de mi casa. Que no te lo voy a decir y punto.

Nos quedamos los dos respirando.

Fuera pasa un chico en patinete por la acera de enfrente.

—Vale —digo.

—Vale.

—Entonces contéstame otra cosa. Si me elegiste en octubre por lo que sabía, ¿qué era lo de después?

—Lo de después era lo de después.

—Eso no significa nada.

—Sí que significa. —Y se gira entero hacia mí, con la espalda contra la puerta—.

Mira, yo empecé esto para saber una cosa.

Y lo supe. Y podía haber parado en enero, y no paré, y desde enero no he sacado ni una sola cosa de ti.

Ni una. Ni un dato, ni un favor que sirviera para nada, ni un euro.

Piénsalo. Piénsalo bien y dime qué te he pedido yo desde enero.

Lo pienso.

Cuatro consultas. Un parte de agua. Un Golf. Una nave. Y una que ofrecí yo.

Todas de antes de marzo. Todas pequeñas. Todas inútiles.

—Nada —digo.

—Nada.

—Eso no te limpia.

—Ya lo sé.

—Tú me elegiste mirando un papel donde yo había escrito de mi puño y letra dónde trabajo y cuánto tengo en el banco.

—Sí.

—Y luego te enamoraste, o lo que sea que hagas tú, y eso también es verdad.

—Sí.

—Pues las dos cosas son verdad y una no tapa a la otra.

Gabriel se queda muy quieto.

—Eso lo has dicho igual que él —dice.

—¿Igual que quién?

—Nada.

Abre la puerta y sale, y antes de cerrarla se agacha y se apoya en el marco.

—¿Qué vas a hacer? —dice.

Y esta vez la que no contesta soy yo.

Se queda dos segundos esperando, con la mano en la puerta, igual que el viernes se quedó esperando con el brazo sobre los ojos.

Cierra.