52. Lo que hizo en enero de 2024
Nos sentamos en el patio, en las dos sillas de siempre, con el hule y el sol dando ya de lado.
Pongo la lata encima de la mesa.
—Cuéntamelo.
Álvaro mira la lata.
—Enero del veinticuatro —dice.
Y me lo cuenta entero, sin que le tenga que sacar nada, y tarda once minutos, y no adorna ni una sola frase.
Que en diciembre su hermano le comentó, de pasada, en una comida en casa de su madre, que los del seguro andaban preguntando otra vez por lo de Prades. Que él no sabía qué era lo de Prades y no preguntó.
Que el diez o el once de enero, a las once de la noche, Gabriel se presentó en Riudoms con una bolsa de deporte azul y se la dejó en la entrada del taller.
—¿Qué te dijo?
—«Quémame esto.»
—¿Y tú?
—Dije vale.
Que él quema virutas y recortes en un bidón del corral desde siempre, porque lo demás no cabe en el contenedor.
Que sacó la bolsa al corral, prendió con papel y viruta, y fue echando.
Que dentro había ropa. Un jersey de mujer, unos pantalones, una camiseta interior, unas zapatillas de esas de andar por casa, un chal o una manta pequeña, no sabe.
—¿No miraste antes?
—No.
—¿Ni un poco?
—Irene, yo cogí la bolsa y la vacié en el fuego. —Se mira las manos—. Yo eso lo he hecho toda la vida con cosas de mi hermano. Desde los ocho años.
Que cuando la bolsa ya estaba vacía y la iba a echar también, notó peso en el bolsillo lateral, el de la cremallera.
Y que ahí dentro había un móvil de teclas con un cargador enrollado con una goma, y un reloj de mujer.
—¿Y qué hiciste?
—Nada.
—¿Cómo que nada?
—Que me quedé ahí. —Levanta la cara—. Con el fuego ya hecho. Media hora o así.
Que después se metió en casa con las dos cosas y estuvo tres días sin encender el móvil.
Que al cuarto día lo encendió.
—Cuatro contactos —dice—. Con letras y números. Y ya está. Ni mensajes ni llamadas ni nada.
—¿Y llamaste?
—Llamé a los cuatro.
Me quedo muy quieta.
—Los tres primeros no existían. Salía la locución. —Traga—. El cuarto lo cogieron.
—¿Y?
—Y era ella.
—¿Quién.
—La de la finca. —Y lo dice sin ningún énfasis, como se dice el nombre de una calle—. La conocía de oírla en una feria de bodas en Reus, que estuve dos horas allí con un compañero. Dijo «¿sí?» dos veces.
—¿Y tú qué dijiste?
—Colgué.
—¿Y ella?
—Me llamó cuatro veces esa noche. Y al día siguiente. Y ya no lo volví a encender.
Se echa hacia atrás.
—¿Y por qué no fuiste a la Guardia Civil?
Y ahora sí me mira de frente, y esto es lo que quiero dejar escrito exactamente como lo dijo, porque no se defendió.
—Porque yo quemé la ropa de una mujer muerta.
—Te engañaron.
—No me engañaron. —Niega con la cabeza, despacio—. Me lo pidió y yo dije vale y no pregunté, que es lo que llevo haciendo cuarenta y tres años. Eso no es que me engañaran, Irene. Eso es lo que soy yo.
—Álvaro.
—Yo entro ahí, cuento esto y a mí me empapelan. —Se encoge de hombros—. Y con razón. Yo destruí eso. Yo, con mis manos, en mi corral. En enero, con la bolsa delante y media hora para pensarlo.
Miro el reloj dentro de la lata.
—¿Y esto por qué lo guardaste?
Tarda mucho.
—Porque tenía un nombre —dice.
Se levanta, recoge los dos vasos y no se los lleva a ningún sitio, se queda de pie con ellos en la mano.
—Dos años —dice—. Dos años sabiendo que hay una lista de mujeres en un cajón de mi casa y sin poder abrir la boca sin ir yo detrás.
Y entonces lo dice.
—Por eso te traje aquí.