Las novias de la línea muerta 51. Lo que no quemó
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51. Lo que no quemó

Lo que no quemó

Álvaro sale de casa a las ocho menos cuarto para ir a Móra, a ver una escalera que le quieren restaurar, y me dice que vuelve sobre las dos.

A las ocho y diez abro el taller con mi llave.

No voy a decir que entro a buscar una cosa concreta, porque no la hay.

Entro a registrar. Lo que hago durante las cuatro horas siguientes tiene un nombre en mi trabajo y es inspección, y se hace con un mandato y con el titular delante o con su autorización por escrito, y yo no tengo ninguna de las dos cosas y estoy en la casa del hombre con el que me caso en catorce días.

Y lo hago como lo haría en una nave quemada de Valls, porque es lo único que sé hacer.

Divido en cuatro zonas. Fotografío cada balda antes de tocarla. Devuelvo cada cosa a su sitio con la etiqueta hacia el mismo lado.

Zona uno , el banco y los cajones. Herramienta de mano, gubias, formones, un metro plegable, tres cuadernos con medidas de clientes, una libreta con nombres y cantidades de 2019 que no ha cobrado nunca.

Zona dos , la pared de la izquierda. Barnices, tintes, botes de goma laca, disolvente, un mueble de farmacia con veinte cajoncitos llenos de herrajes.

Zona tres , el altillo. Tablero, listones, un radiador viejo.

Zona cuatro , la estantería del fondo, encima del rodapié.

Y aquí es donde paro, porque la zona cuatro es la tornillería.

Álvaro tiene la tornillería en latas. Latas grandes de conserva, de las de tomate de tres kilos, catorce o quince, en dos baldas. Y cada lata lleva pegada una tira de cinta de carrocero con la medida escrita en rotulador negro con su letra de mayúsculas.

4x40. 3,5x30. 5x60. TIRAFONDOS. ARANDELAS M6.

La quinta de la balda de arriba no lleva cinta.

Es la única de las quince sin etiquetar, y está al fondo, y para llegar hay que apartar dos.

La bajo. Pesa lo que pesa una lata de tornillos.

Dentro hay tornillos de cuatro por cuarenta, los mismos que hay en la de al lado, que sí está etiquetada. Meto la mano y los aparto.

En el fondo, debajo, hay un reloj.

Es de mujer, pequeño, de acero, con la correa de piel marrón cuarteada y una hebilla que ha perdido el baño. La esfera está parada a las seis y veinte. Es un reloj de los que se llevan treinta años.

Le doy la vuelta.

En la tapa, grabado a máquina, en letras pequeñas:

C. ROSELL — 20 ANYS — 2021

Me siento en el suelo con la lata entre las rodillas.

Veinte años. En 2021. En 2023 llevaba veintidós años haciendo turnos de noche, según lo poco que sé de ella, que es lo que sé de un expediente.

Se lo dieron en su trabajo, en un pasillo, delante de doce personas, con un aplauso y una tarta comprada, y ella diría que no hacía falta.

Y está aquí, en una lata sin etiqueta, en el fondo, debajo de tornillos de cuatro por cuarenta, en el taller del hombre que me trajo el otro día un cofre de nogal hecho a mano para que la gente eche los sobres el día de mi boda.

No lo toco más. Lo dejo caer otra vez sobre los tornillos, meto la lata en el bolso —cabe justa, tengo que sacar el neceser— y me quedo sentada en el suelo con el bolso en el regazo.

Son las doce y cinco.

A las doce y veinte oigo la furgoneta.

Entra por la puerta grande con la carpeta de las medidas en la mano y me ve ahí sentada, en el suelo, contra la estantería, con el bolso abrazado y dos latas descolocadas encima del banco.

Se para en el umbral.

No dice qué haces. No dice qué es eso. No pregunta.

Mira las latas del banco. Mira el hueco de la balda de arriba. Mira el bolso.

Y baja la carpeta.

Yo me levanto, y me tengo que apoyar en el banco porque llevo cuatro horas de rodillas y de pie, y voy hacia la puerta.

Para salir tengo que pasar por delante de él, porque la puerta es la que es y él está en medio.

Se aparta.