50. Tarjetas de mesa
Tarjetas de mesa
Llego a casa a las doce y diez y no me acuesto.
Encima de la mesa del comedor está la caja de las tarjetas, que llegaron el martes de la imprenta: ciento cincuenta cartulinas crema de trescientos cincuenta gramos con relieve, las que dijo Mireia, cortadas a nueve por cinco.
Y la pluma. Tengo una pluma que era de mi abuelo y que uso tres veces al año.
Esto me gusta. Es lo único de esta boda que me gusta y no lo he dicho en voz alta porque queda cursi.
Se hace así: la lista abierta al lado, mesa por mesa, y el nombre completo en el centro de la cartulina, un poco más arriba de la mitad, porque si lo centras de verdad parece bajo. Se escribe despacio. Se deja secar. Se apila la mesa entera y se le pone una goma con un papelito que dice el número.
Empiezo por la ocho, que es la más fácil, y voy hacia atrás.
Mesa 8. Los del gremio de Álvaro. Josep Maria Ollé. Neus Batalla. Enric Padrós.
Mesa 7. Las amigas del instituto de mi madre.
Mesa 6.
Mesa 5.
Es un trabajo de una hora y media largo y es la primera cosa desde el uno de agosto que hago con las dos manos y sin pensar. La casa está en silencio. La pluma raspa un poco en el relieve de la cartulina y hay que ir despacio para que no salte.
Mesa 4. Ferran Ibars. Cristina Bové, que es su mujer. Sergi Aymerich. Montse Ferrando y su marido.
Mesa 3.
Mesa 2. Los primos.
A las dos menos veinte llego a la uno y me la había dejado para el final a propósito.
Rosa Vilaplana Bages.
Anna Ferré Bosch, que es mi madre.
Los padrinos.
Y al final, mi tía.
Roser Sarrià Ferré.
La dejo secar. Cojo la siguiente cartulina de la pila, la coloco, la sujeto con dos dedos arriba a la izquierda como se sujetan, y escribo.
Bea Sarrià Ferré.
Y sigo un segundo más allá, con la pluma levantada, antes de verlo.
Me quedo quieta.
No hay nada raro en esto y lo voy a explicar entero porque no quiero volver a leerlo dentro de un mes y darle otra cosa.
Durante veinte años, en esta familia, esos dos nombres han ido pegados.
En las listas de Reyes. En las postales.
En la orla de la comunión. En los sobres de las bodas de los primos, cuando Roser todavía nos apuntaba a las dos juntas porque yo tenía dieciséis años y Bea diecisiete y éramos «las niñas».
Roser Sarrià Ferré, Beatriu Sarrià Ferré. Cuatrocientas veces. Se escriben solas.
Es la una y cuarenta de la madrugada, llevo hora y media escribiendo nombres a mano y vengo de la cama de un hombre al que le he hecho tres preguntas sobre una fecha para saber si me miente.
Eso es todo lo que ha pasado. Es una mano cansada terminando una serie.
Miro la cartulina.
La letra está bien. Es de las mejores de la noche, ahora que lo pienso, con el trazo limpio y sin que salte el relieve, porque la mano ya estaba caliente.
No la rompo.
Ni la tiro, ni la arrugo, ni la echo a la papelera, y no sé decir por qué. La cojo por el borde, la pongo boca abajo encima de la mesa, al lado de la caja, y le pongo la tapa de la pluma encima para que no se mueva.
Después junto la mesa uno con su goma y su papelito.
Ciento diecinueve tarjetas escritas.
Ciento dieciocho sillas.