Las novias de la línea muerta 49. La fecha
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49. La fecha

La fecha

Es viernes, y los viernes tampoco son nuestros, y esta vez ha escrito él.

¿Puedes venir? No hace falta que salgamos. Me apetece estar en casa.

Es la primera vez en ocho meses que Gabriel me pide algo por escrito.

El piso está igual, con las persianas bajadas hasta el suelo y el ventilador de pie girando, y la nevera zumbando, y el olor a suavizante. Ha hecho la cena, que es una cosa que no había pasado nunca: hay pasta, hay una ensalada mal cortada y hay una botella abierta desde hace un rato.

Comemos en la mesa pequeña de la cocina.

Está distinto y no sé decir en qué. No es que hable menos. Es que se le olvida escuchar. Dos veces le digo algo y contesta a destiempo, y una de esas veces se disculpa, que tampoco lo hace nunca.

Yo llevo toda la semana con una sola pregunta y he decidido no traerla de frente, y de todas maneras me sale torcida.

—El otro día, en casa de tu madre —digo.

—¿El qué?

—La caja de zapatos.

Deja el tenedor.

—Ya.

—Te levantaste.

—Ya lo sé.

—¿Por qué?

Gabriel se echa hacia atrás en la silla y se pasa la mano por la boca.

—Porque mi madre, con esa caja, empieza por los dientes y acaba en el año que estuve fuera. —Se pasa la mano por la boca—. Y no lo dice nunca delante de nadie. Pero yo estoy esperando a que lo diga desde hace veinte años, y me canso.

—¿El año que estuviste fuera?

—Ella lo llama así.

—¿Y cuándo fue?

Y lo dice sin pensarlo y sin cambiar de tono, como quien dice una matrícula.

—Dos mil cinco.

—¿Cuántos tenías?

—Diecinueve. —Coge la copa—. Diecinueve recién cumplidos. En marzo.

—¿Y cuánto?

—Tres semanas.

—¿Tres exactas?

Ahora sí levanta la cara.

—Veinticuatro días —dice—. ¿Por qué?

—Por nada.

—Irene.

—Es que el otro día me di cuenta de que no sé nada de tu familia y me caso con tu hermano en quince días.

Y aquí está lo que hace este hombre, que ya sé cómo se llama porque me lo explicó Mireia el jueves pasado en una oficina con un calendario de rotulador, y que funciona igual sabiéndolo.

No me pregunta por lo que acabo de decir. Me pregunta por lo que he dicho antes, de pasada, hace dos minutos, y que yo ya había soltado sin darme cuenta.

—¿Y tú por qué te casas con mi hermano?

Me quedo con el vaso en la mano.

Nadie me ha hecho esa pregunta. Nadie. Ni mi madre, que estuvo un año sin nombrar la boda. Ni mi tía, que ha contado las semanas. Ni yo.

—Porque me senté a su lado.

—¿Cómo?

—El día que declaró. —Dejo el vaso—. En el pasillo del juzgado. Salió, se sentó dos sillas más allá y me preguntó dónde estaban los baños, y yo se lo dije, y me quedé allí sentada hasta que llamaron a la sala.

Gabriel no dice nada.

—Y no me levanté —digo—. Ya está. Eso es todo. Llevo siete años sin levantarme.

Sigue sin decir nada. Mira la mesa. Le da la vuelta al tenedor.

Después nos vamos a la habitación.

Y ahora la parte que tengo que escribir bien porque si la escribo mal me estaré haciendo un favor.

Yo esta noche estoy comprobando una cosa.

Estoy en la cama de un hombre al que le he hecho tres preguntas seguidas sobre una fecha, y mientras él hace lo que hace, con las persianas dejando las tres rayas de luz de siempre en la pared, yo estoy repitiendo por dentro dos mil cinco, diecinueve, veinticuatro días, para no perderlo.

Le miro la cara para ver si me está mintiendo.

Eso es lo que hago con un cuerpo esta noche. No hay otra cosa. Y no me lo voy a contar de otra manera dentro de un año.

Él está en otro sitio. Empieza y para, y se disculpa, y luego sí, y en un momento se queda quieto encima de mí con la frente en mi clavícula y me dice al oído una cosa que no entiendo, dos palabras, y no le pido que las repita.

Después se queda tumbado boca arriba con el brazo sobre los ojos.

—Quédate.

—No puedo.

—Ya.

Me visto de espaldas, como siempre. Él no se levanta.

En la puerta, cuando ya tengo el bolso, dice:

—Irene.

—Dime.

Y espera. Espera de verdad, tres o cuatro segundos, con el brazo todavía sobre la cara.

—Nada —dice—. Conduce con cuidado.

Bajo los cuatro pisos y salgo a la calle y hace la temperatura que hace a las once y media de la noche a finales de agosto en Tarragona, que es la única hora buena del día.

En el coche, antes de arrancar, me lo repito una vez más.

Dos mil cinco. Diecinueve. Veinticuatro días.

Lo he comprobado dos veces y todavía no sé para qué me sirve.