Las novias de la línea muerta 53. La trampa era la boda
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53. La trampa era la boda

La trampa era la boda

No duermo en Riudoms. Duermo en mi casa y no duermo.

El domingo a las nueve de la mañana estoy otra vez en el patio, con la lata todavía en el bolso, y él ha hecho café para los dos y no se ha sentado.

—Explícame lo de ayer.

—¿El qué?

—Lo último que dijiste.

Álvaro deja la taza.

—La finca la elegí yo.

—Eso ya lo sé.

—La elegí en septiembre y la reservé yo solo y te la enseñé tres semanas después como si fuera una entre tres. —Lo dice de corrido, como quien ha ensayado esto muchas veces en la furgoneta—. Y la fecha también la puse yo, porque quería que fuera en septiembre y no en mayo.

—¿Por qué en septiembre?

—Porque en septiembre están montando y desmontando todo el rato y hay gente entrando y saliendo. En mayo aquello está vacío.

Me quedo con la taza en la mano.

—¿Y el teléfono?

—El teléfono lo puse detrás del rodapié en marzo del año pasado.

—Marzo.

—Sí.

—¿Y cuándo pensabas que lo encontrara?

Y aquí se le rompe algo por dentro que no se le nota por fuera, porque a este hombre no se le nota nada por fuera.

—Yo no pensaba nada —dice—. Yo lo dejé ahí y aflojé el rodapié un poco, y luego un poco más, y cada dos meses lo aflojaba otro poco. Y te mandaba a buscar cosas al taller. Los cables de las luces. La caja de las fotos de mi padre. Las alianzas.

—Cinco veces.

—Seis. —Se pasa la mano por la nuca—. Y no ibas nunca al fondo. Cogías lo tuyo y te salías.

—Y el uno de agosto sí.

—Y el uno de agosto sí.

Me levanto. Doy dos pasos hasta la pared del patio y me giro.

—¿Y por qué no me lo diste?

—¿Cómo?

—Que por qué no cogiste el aparato, me lo pusiste en la mano y me dijiste: Irene, mira esto. —Y ahora sí me sale la voz de otra manera—. Que llevamos cinco años. Que duermes en mi casa. Que me estás haciendo un cofre a mano para los sobres.

Álvaro no contesta enseguida.

—Porque entonces lo tenías que hacer por mí —dice.

—¿Y qué?

—Que si lo haces por mí, lo dejas cuando te canses de mí. —Levanta la cara—. Y si lo encuentras tú, ya no lo puedes soltar. Yo te conozco, Irene. Tú una cosa así no la sueltas.

Nos quedamos los dos callados. En el corral hay un bidón negro con la boca oxidada y no lo había mirado nunca.

—¿Y la boda?

—¿Qué pasa con la boda?

—Que si la boda es esto.

Y aquí es donde tiene la oportunidad de mentirme, y sería facilísimo, y no lo hace.

—La boda es esto —dice—. Y la boda es la boda.

—Eso no significa nada.

—Sí que significa. —Se levanta por fin—. Yo te llevé a esa finca porque necesitaba que entraras ahí con un motivo, y necesitaba que estuvieras seis semanas metida en esa casa haciendo preguntas que ahí dentro nadie puede contestar mal. Eso es verdad y lo hice a propósito y llevo un año haciéndolo.

—Vale.

—Y me caso contigo porque me quiero casar contigo.

—Álvaro.

—Las dos cosas —dice—. No hay una que tape a la otra. Yo he hecho las dos.

Me quedo mirándolo.

Y le hago la pregunta que llevo desde ayer sin hacer, y me sale con una voz que no reconozco, muy pequeña, casi administrativa.

—¿Tú me quieres?

—Sí.

No dice nada más. No dice claro que sí, ni cómo puedes preguntarme eso, ni ninguna de las cosas que dice la gente. Dice sí, y se queda ahí de pie con los dos vasos de ayer todavía sin lavar en la encimera de fuera.

Y yo le creo.

Ese es el problema. Que llevo cuatro días esperando pillarlo en una mentira y este hombre no me ha dicho una mentira en cinco años y no me la ha dicho hoy tampoco, y me habría dolido menos.

Hay una pregunta más que podría hacer ahora. La tengo entera, colocada, con las palabras puestas: ¿tú sabes lo de tu hermano y yo?

No la hago.

Y eso también lo apunto, porque a estas alturas ya sé perfectamente lo que soy.