Las novias de la línea muerta 47. Faltan cuatro
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47. Faltan cuatro

Faltan cuatro

Esta noche cenan juntas por primera vez.

Lo montó Rosa hace tres semanas y yo dije que sí porque no se podía decir que no. Cena en Riudoms, en su casa, mi tía y ella, para hablar de la ropa y de la mesa uno y de quién se sienta al lado de quién.

Mi tía Roser va a cenar en el pueblo del hombre que sacó a su hija de una casa a las tres menos diez de la mañana, en la mesa de la madre de ese hombre, y va a hablar de si el verde es color de boda.

He quedado en recogerla a las ocho menos cuarto.

A las siete y veinte, vestida y con las llaves en la mano, abro el bolso.

La caja no está en el bolsillo pequeño.

En el bolsillo pequeño están las llaves de la oficina, un pintalabios y un cargador. La caja va ahí desde hace no sé cuántos meses. Va ahí porque es donde la puse el primer día y porque yo no cambio las cosas de sitio.

Vacío el bolso encima de la cama.

Aparece debajo de todo, al fondo, debajo del faldón de la costura del forro, con una esquina doblada.

Muy bien. Se me ha caído, se ha metido ahí, pasa.

La abro por costumbre, no por otra cosa.

Es un blíster de veinticinco, en cinco filas de cinco. Yo tengo esta caja desde hace un año y medio y esta caja la he usado poquísimo: en el aniversario, en una noche de febrero que no viene al caso, y el otro día en el probador de Pilar.

Yo empiezo siempre por el mismo lado, el de arriba a la izquierda, el del lote impreso. Eso no lo decido: es que se empieza por donde se empieza y ya está.

Cuento.

De la primera fila faltan tres, y en la cuarta casilla está el medio comprimido que me dejé el lunes, partido con la uña, encajado en su alvéolo.

Eso es lo mío. Tres enteros y medio. Es exactamente lo que me he tomado en año y medio y podría jurarlo delante de quien fuera.

Y en la última fila, la de abajo del todo, la del otro extremo, faltan cuatro.

Cuatro casillas vacías seguidas, con el aluminio reventado desde detrás, empujadas hacia fuera.

Me siento en el borde de la cama con la caja en la mano.

Y lo primero que pienso, lo primero, sin ningún esfuerzo, con una naturalidad que me da asco escribir, es: Álvaro.

Álvaro, que entra en esta casa. Álvaro, que duerme aquí dos noches por semana. Álvaro, que lleva un mes callado de una manera distinta a como está callado siempre, que ha propuesto un viaje que no ha propuesto nunca y que tiene el pasaporte caducado desde hace cinco años.

Me quedo con eso encima como treinta segundos y después me da tanta vergüenza que tengo que levantarme.

Vamos a hacerlo bien, aunque sea una vez.

Uno: me los he tomado y no me acuerdo. Yo, que la semana pasada descubrí que cuatro favores eran cuatro y no dos.

Dos: se los di a alguien. A mi madre en enero, cuando lo del perro. Le di uno. ¿Le di uno o le di dos?

Tres: el bolso se abrió. Yo llevo este bolso a todas partes, lo dejo en el suelo de las cafeterías, lo cuelgo del respaldo, se me ha caído dos veces.

Cuatro: hay veinticinco casillas y a lo mejor la caja no venía llena.

Esa es mentira y lo sé mientras la escribo.

Y hay una cosa que no encaja en ninguna de las cuatro y por eso es la única que importa: el otro lado .

Yo empiezo por arriba a la izquierda. Siempre. Si yo me hubiera tomado cuatro y no me acordara, esos cuatro estarían al lado del medio comprimido, en la segunda fila, siguiendo. No estarían al final del blíster, en la esquina contraria, como quien coge de donde cree que no se va a notar.

A las ocho menos cuarto recojo a mi tía.

La cena dura dos horas y cuarto.

Rosa saca el conjunto verde y se lo enseña a Roser encima de la cama, y mi tía dice que es precioso y que el verde va muy bien con el pelo blanco.

Rosa dice que ella el pelo se lo tiñe. Hablan de la mancha de la galería.

Hablan de un cuñado de Rosa que tuvo una gotera. Se sirven vino y no se lo beben.

Nadie dice ningún nombre.

Álvaro se levanta cuatro veces: a por el pan, a por agua, a por el postre, a por hielo.

Nunca está sentado más de diez minutos seguidos, y no es nerviosismo, es lo que hace él para no tener que estar.

Y en un momento, mientras Rosa cuenta lo del cuñado, veo que mi tía lo mira ir hacia la cocina.

Un segundo y medio. Y vuelve a la conversación.

A las once dejo a Roser en la calle Sant Joan y sube ella sola los tres pisos.

En casa, a la una menos cuarto, abro las notas del móvil y escribo:

26/08. Caja lorazepam en el fondo del bolso, no en su sitio. Faltan 4 de la última fila. Yo empiezo por la primera.

Lo leo.

Y lo borro.

Lo borro y lo sé mientras arrastro el dedo por la pantalla, con esa claridad horrible que se tiene a la una de la mañana: yo ya he hecho esto. Yo ya cogí una vez una anotación que decía una cosa incómoda y la quité del sitio donde estaba, y me dije que no estaba confirmada, y me acosté.

Lo borro igual.