Las novias de la línea muerta 45. Esto todavía no prueba nada
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45. Esto todavía no prueba nada

Esto todavía no prueba nada

En el coche, en el camino de los cipreses, no arranco.

Y hago lo que llevo once años haciendo con los informes que me llegan de comercial escritos en mayúsculas y con signos de exclamación, que es sentarme encima de la euforia hasta que se enfría.

Porque hay una parte de mí que quiere llamar ahora mismo a Nuria Sedó, decirle que ya tengo el nombre y contarle esto en cuatro frases. Y sé exactamente lo que me contestaría, porque me lo contestaría yo.

Una licencia de obras demuestra tres cosas: que alguien pidió permiso, qué día se lo dieron y qué presupuesto declaró.

No demuestra quién la pagó.

No demuestra con qué.

Doscientos diez mil y doscientos catorce mil ochocientos es una coincidencia preciosa y no es nada.

Una obra de esas se financia con un préstamo, con ahorros, con la entrada de un socio o con las tres cosas a la vez, y en este país hay cuatro mil masías que se han reformado en los últimos diez años.

Y los meses tampoco. Cuatro meses y cinco meses después de dos muertes que ocurrieron en julio y en mayo, y las obras en el campo se empiezan cuando acaba la temporada, que es en octubre y en noviembre. Cualquiera de los dos me lo tira en diez segundos.

Lo que tengo, escrito honestamente, es esto: una correlación bonita entre dos muertes y dos reformas, y un dato interno que dice que alguien copió un expediente.

Lo que me falta, para que esto se convierta en algo, son tres cosas. Y las tres las sé decir sin pensar, porque son las mismas tres que le pido yo a un perito cuando me trae una intuición.

Uno. El movimiento. Los extractos de la cuenta de Nàdia Cots: quién ordenó las transferencias, desde dónde, a qué cuentas y en qué fechas. Sin eso no hay dinero, hay una suposición sobre un dinero.

Dos. La entrada. Qué hizo Mas Ventalló, S.L.

con lo que sea que entrara en 2022 y en 2024.

Y esto es lo raro de todo esto: esto es público.

Las cuentas anuales de una sociedad limitada se depositan en el Registro Mercantil y las puede pedir cualquiera por catorce euros, y ahí figuran las ampliaciones de capital, los importes y de dónde salen.

Eso lo puedo hacer mañana, a plena luz, con mi nombre y mi tarjeta, y no me lo puede reprochar nadie.

Tres. Alguien que declare. Y ahí está Sara Cots, que tiene una carpeta en casa de su madre y que me ha colgado sin despedirse.

Miro los veintidós cipreses por el retrovisor.

Y ahora la parte que llevo esquivando desde las siete y media.

El uno también existe.

La reclamación que presentó la familia de Nàdia en 2021 no fue contra el banco: fue contra un seguro de protección asociado a la cuenta. Un seguro de esos que van dentro del paquete y que no sabe nadie que tiene. Y esos seguros los llevan cuatro compañías en este país.

Si esa reclamación se tramitó y se denegó, hay un expediente. Con los extractos dentro, porque para denegar por ese motivo hay que tener los extractos delante y hay que haberlos leído.

Y si ese expediente es de mi compañía, está a dos clics de mí.

No es mío. No está asignado a mi unidad. No hay ninguna causa por la que yo tenga que abrirlo, y no existe ninguna manera de abrirlo que no quede escrita con mi usuario, la fecha, la hora y la operación, en una tabla que dentro de tres meses va a leer un técnico de Madrid junto con todo lo demás.

Arranco.

De camino a Reus, en la recta de antes de la rotonda, con el aire dándome en la cara, hago la cuenta que hace la gente que va a hacer una cosa: cuánto tardaría, desde qué terminal, y qué diría si me preguntan.

Y luego apago la radio, que no estaba encendida.

Hoy no lo abro.