43. Nàdia hablaba muy rápido
Nàdia hablaba muy rápido
A la imprenta llamo el martes a las nueve y media, y les digo la verdad a medias, que es lo único que sé decir últimamente: que estoy intentando localizar a la familia de una antigua comercial suya, Nàdia Cots, por un tema antiguo.
Me pasan con una señora que se llama Roser también, cosa que me sienta mal sin motivo, y que lleva veintidós años allí.
—Ay, la Nàdia.
—Sí.
—Pobreta.
Y me da el número de la hermana sin pensárselo, porque la gente da los teléfonos, porque en este país los teléfonos se dan.
Llamo a las diez.
Contesta y cuelga cuando digo «seguros».
Llamo a las diez y cinco. Descuelga y no dice nada, y yo digo «no le voy a vender nada», y cuelga otra vez.
A las diez y cuarto lo intento por última vez, y cuando descuelga y oigo la respiración digo una sola frase, que es la única que tengo.
—Su hermana no se fue con el dinero.
Silencio.
Silencio largo, siete u ocho segundos.
—¿Quién es usted?
—Me llamo Irene Sarrià. Trabajo en investigación de siniestros. No la llamo de parte de nadie y no vengo a pedirle nada.
—Entonces no me sirve.
—Ya lo sé.
Otro silencio.
—¿Por qué dice eso?
—Porque me lo dijeron a mí también.
—¿El qué.
—Que una prima mía se fue con el dinero.
Sara Cots tarda mucho en contestar. De fondo hay una radio y un ruido de cajas.
—Yo estoy trabajando.
—¿A qué hora sale?
—A las dos.
—La llamo a las dos.
—No. —Y aquí cambia el tono—. Llámeme ahora, va. Que a las dos me arrepiento.
Me habla veinticinco minutos.
Me cuenta que su hermana hablaba muy deprisa.
Que era incapaz de escribir un mensaje: mandaba audios, siempre de menos de un minuto, y siempre empezaban igual, con «dos cosas rápidas», y luego eran cuatro.
Que se disculpaba por todo. Que si te llamaba a las nueve de la noche empezaba pidiendo perdón por llamar a las nueve de la noche.
—Y era la mejor de los tres —dice—. Se lo digo yo, que soy la mayor. La mejor con diferencia.
Me cuenta lo del piso. Que lo vendió en junio de 2021 y que fueron doscientos diez mil, y que ese piso era de la abuela y estaba a su nombre desde 2014.
Y me cuenta lo otro.
—Nos peleamos en junio.
—¿Por qué?
—Por eso. Por el dinero. —Se le nota que esto lo ha contado pocas veces—. Mi madre se enteró de lo del piso por una vecina y se puso hecha una furia, porque Nàdia no se lo había dicho. Y le preguntó qué había hecho con el dinero. Y ella no contestó.
—¿No contestó?
—Dijo que lo tenía guardado. Que estaba en un sitio aparte y que era lo mejor. —Se para—. Y mi madre le dijo que qué le habían metido en la cabeza, y ella se levantó y se fue.
—¿Y después?
—Después nada. Tres semanas sin hablarnos. Yo le mandé dos audios y no me los contestó. —Ahora sí se le rompe un poco—. Y el doce de julio me llamaron.
La dejo respirar.
—Y a nosotros nos quitaron de la lista de la boda, ¿sabe? —dice—. Eso lo supimos después. Bueno, lo supo mi cuñado, que nos lo dijo en el tanatorio como quien te da un puñetazo.
—¿Y la cuenta?
—La cuenta estaba a cero.
Lo dice sin ningún énfasis.
—Cuando fuimos al banco a arreglar lo del entierro, en la cuenta de siempre había mil doscientos euros. Y del piso, nada. Y nosotros dijimos: bueno, estará en otro sitio. Y sí, había otro sitio. Había una cuenta que había abierto ella en marzo, en un banco por internet, y esa estaba a cero también.
—¿Y qué hicieron?
—Reclamamos. —Se le seca la voz—. Fuimos al banco, luego a esos del servicio de reclamaciones, y al final resultó que la cuenta esa llevaba un seguro, uno de esos de protección que te meten y no sabes ni que lo tienes. Y presentamos.
—¿Y qué les dijeron?
—Que no.
—¿Con qué motivo?
—Con el motivo de que las transferencias las había ordenado ella. —Y ahora habla más despacio, midiendo—. Eso nos lo dijeron por escrito. Que las operaciones se habían hecho desde su acceso, con sus claves, y que ella las había autorizado. Y que por lo tanto no había fraude.
Cierro los ojos.
—Y a partir de ahí ya no hubo nada que hacer —dice—. Y a partir de ahí, en mi casa, se instaló la idea. Que si se lo había dado a alguien. Que si se iba a marchar. Que si mi hermana era tonta.
—¿Usted se lo creyó?
—Yo qué sé lo que me creí. —Un ruido de cajas—. Yo lo que sé es que llevo cinco años pensando que mi hermana se murió enfadada conmigo.
—¿Guardan los papeles?
—Los tengo yo. En una carpeta, en casa de mi madre.
—¿Me los enseñaría?
Y ahí se para en seco.
—Mire. Usted me ha dicho una frase por teléfono y yo me he puesto a hablar como una idiota. —Coge aire—. Yo a usted no la conozco de nada. No sé de qué compañía es, ni si esto es una llamada de verdad, ni por qué me llama cinco años después. Y esa carpeta es lo único que tengo.
—Lo entiendo.
—No, si no lo entiende. —Y aquí sube la voz por primera vez—. Es que si esto sale mal otra vez, la que se lo tiene que contar a mi madre otra vez soy yo.
Nos quedamos las dos calladas.
—Déjeme pensarlo —dice.
Y cuelga sin despedirse.