42. Vidal Obres
Vidal Obres
Ya está aquí. Dos años de trabajo. Gracias a los que la habéis levantado piedra a piedra.
Las fotos son de la obra. Se ve el solar, se ven las lonas del campo de detrás, se ve el montón de piedra numerada con tiza, se ve un andamio y se ven dos hombres a caballo del muro.
En la séptima foto, en la esquina, hay una hormigonera azul con un rótulo.
VIDAL ObrES, S.L. — Riudoms.
Vidal Obres, S.L. está disuelta desde noviembre de 2023. Lo miro en el registro y son cinco euros más.
El hijo se llama Xavi Vidal y ahora trabaja para una empresa de reformas de Reus, y lo encuentro porque su número está en un anuncio de una furgoneta de segunda mano que puso el año pasado y que nadie ha borrado.
Me coge a la segunda.
—¿Sí?
—Buenas tardes. ¿Xavi Vidal?
—Sí.
—Le llamo por una obra que hizo su padre. La sala de Mas Ventalló, en Riudoms.
Un silencio corto.
—¿Usted quién es?
—Trabajo en seguros. —Otra vez—. Estoy con un tema de una finca de la zona y necesito situar unas fechas.
—Uf. —Se ríe sin ganas—. Mire, la empresa la cerramos en el veintitrés. Yo lo que le pueda decir se lo digo, pero papeles no tengo. Los papeles están en un trastero.
—No busco papeles. Busco lo que se acuerde.
Y se acuerda perfectamente, porque la gente se acuerda de las obras como se acuerda de los partos.
—Aquello nos duró catorce meses. —Se le nota que le gusta hablar de ello—. Empezamos en noviembre y no lo entregamos hasta enero del año siguiente. Y lo peor no fue levantarla, ¿eh. Lo peor fue la piedra.
—¿La piedra?
—Piedra de desmonte. Setenta toneladas tiradas en un campo con lonas desde hacía dos años.
Eso venía todo revuelto: sillares, mampuesto, dinteles, cascote.
Hubo que clasificarla a mano y hubo que traer a un hombre de la Terra Alta que ya tenía setenta y tres años, porque colocar eso no lo sabe hacer nadie de menos de sesenta.
—¿Y salía caro?
—Salía carísimo. —Chasquea la lengua—. Mi padre le hizo tres presupuestos, uno con plaqueta, uno con piedra artificial y uno con la del desmonte. Y el hombre cogió el de la piedra sin regatear.
Ahí me paro.
—¿El hombre?
—El que llevaba la obra.
—¿No era la propietaria?
—La propietaria estaba, claro. La señora venía cada dos por tres y nos preguntaba cuándo acabábamos. —Xavi hace una pausa—. Pero con quien tratábamos era con él. El de los números.
—¿Se acuerda del nombre?
—Gabriel.
Estoy sentada en el sofá con el portátil en las rodillas y no me muevo.
—¿Y qué hacía Gabriel?
—Todo lo de pagar. Certificaciones, plazos, anticipos. —Y aquí se anima—. Y mire, le voy a decir una cosa que me acuerdo perfectamente porque mi padre lo decía en el bar. En esa obra no tuvimos que reclamar ni un euro. Ni uno. A treinta días, por transferencia, y dos veces nos pagó antes.
—¿Eso es raro?
—¿Raro? —Se ríe de verdad—. Señora, yo he estado catorce años detrás de gente que me debía tres mil euros de cambiar un baño. Nosotros cerramos en el veintitrés porque nos comió un promotor que nos dejó a deber ciento veinte mil. Y usted me pregunta si es raro que uno pague antes de tiempo.
—Ya.
—Mi padre decía que ese señor era el único cliente que llamaba él para pagar. —Baja el tono—. Y luego, ya sabe cómo es esto: uno se fía de quien paga.
Le doy las gracias y le pregunto si le puedo volver a llamar y me dice que sí, que sin problema, que le mande un mensaje antes porque en la obra no oye.
Cuelgo.
En Instagram, en la novena foto del carrusel, se ve la pared terminada, con las lámparas colgadas y el suelo todavía sin pulir, y siete personas de pie delante sonriendo.
Amplío con dos dedos.
En el extremo de la derecha, separado, con las manos en los bolsillos y sin mirar a la cámara, hay un hombre con camisa clara.