Las novias de la línea muerta 41. La prueba del vestido
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41. La prueba del vestido

La prueba del vestido

El taller de Pilar está en un entresuelo de la calle Sant Vicenç, tiene dos maniquíes, un espejo de tres cuerpos y un ventilador de pie que mueve el aire caliente de un lado a otro.

Son las cinco de la tarde y estamos a treinta y cuatro grados.

Mireia se ofreció el jueves, cuando le llevé la lista. Dijo que si quería se pasaba, que a veces el vestido te condiciona la entrada y es mejor verlo antes que descubrirlo el día doce con ciento dieciocho personas de pie. Le dije que sí sin pensarlo.

Llega a las cinco y cuarto con dos botellas de agua de la gasolinera.

—Perdona. Es que aquí arriba no hay quien pare.

Pilar me sube al taburete y empieza.

Lo que nadie te cuenta de la última prueba es que son dos horas de pie con los brazos separados del cuerpo.

Dos horas. Pilar trabaja por delante y por detrás, con la boca llena de alfileres, y cada vez que le tienes que pasar uno te dice que no bajes los brazos, y tú los bajas, y ella te los vuelve a levantar.

A la hora y cuarto empiezo a oír el ventilador de una manera rara.

—Pilar.

—Un momento.

—Pilar, para.

Bajo del taburete yo sola, mal, y llego al probador, que es un cubículo con una cortina, y me agacho con las manos en las rodillas. No echo nada. Se queda ahí, en la garganta, como una piedra.

Cuando salgo, Mireia está de pie con una de las botellas abierta.

—Bebe. Despacio.

—Es el calor.

—Es el calor y que no has comido.

—He comido.

—¿Qué has comido?

—Un café.

—Ya.

Pilar dice que abre la ventana y que en cinco minutos seguimos, y baja a la calle a fumar.

Me siento en la silla de mimbre con el vestido a medio hilvanar, con cuidado de no clavarme nada, y abro el bolso.

La caja está en el bolsillo pequeño, debajo de las llaves. Es una caja de cartón blanca, con el borde abierto por donde se abren siempre, y dentro hay un blíster empezado.

Parto uno por la mitad con la uña. Me tomo medio con el agua.

Y entonces hago lo que hace la gente cuando le da vergüenza una cosa que no tiene por qué darle vergüenza, que es explicarla más de lo necesario.

—No es que tome —digo—. O sea, no tomo. Esta caja me la dieron hace no sé cuánto. La receta es de las que se renuevan cuando hace falta, no de todos los días.

—Vale.

—Es que la gente oye esto y se piensa que…

—Irene.

—¿Qué?

—Que a mí me la sudan tus pastillas —dice, con toda la tranquilidad del mundo—. Hija, si yo he tenido aquí a una novia con una crisis de ansiedad que llamamos a una ambulancia. Y se casó al mes y estuvo divina.

Me río sin querer y me tira de un alfiler de la cintura.

—Toma. —Le doy la caja—. Guárdamela, que en el bolso se abre y se desparraman.

Mireia la coge, la mete en su bolso y se sienta a mi lado.

Pilar sube y seguimos otros cuarenta minutos.

Y en esos cuarenta minutos pasa una cosa que no me esperaba.

Mireia sujeta mi bolso en el regazo todo el rato, porque yo no puedo tenerlo.

Me quita el pelo de la cara dos veces cuando Pilar me hace girar.

Le dice a Pilar que me deje bajar un momento los brazos, que se ve que no puedo más, y Pilar refunfuña y me los deja bajar.

Contesta a una llamada mía que entra y le dice a Òscar que la novia está ocupada y que lo llama luego.

A las siete menos veinte, cuando Pilar dice que ya está, Mireia se levanta y me da la mano para bajar del taburete, porque con el vestido puesto no se baja un escalón de treinta centímetros sin que te den la mano.

Eso es lo que compruebo hoy, además de lo del bajo.

Con este vestido no se baja un escalón sola. No se sube a un coche sin que alguien te sujete la falda. No se anda deprisa. No se corre nada, ni por casualidad. Se va donde te llevan y a la velocidad a la que te lleven.

—Estás guapísima —dice Pilar, con los alfileres todavía en la boca.

—Está guapísima —dice Mireia.

Y yo me miro en el espejo de tres cuerpos, en un entresuelo a treinta y cuatro grados, con la cara del color de la pared, y me lo creo.

En la puerta, Mireia saca mi caja de su bolso y me la devuelve.

—Toma, que se me olvida y luego la llevo yo un mes.

—Gracias.

—Y come algo, ¿eh. Que quedan diecinueve días y te veo el hueso de la clavícula.

Bajo a la calle y todavía hace calor y son casi las siete de la tarde.

Llevo tres semanas sin que nadie me cuide y hoy me han cuidado dos horas, y ha sido agradable, y esa es la frase entera y no le voy a poner nada detrás.