Las novias de la línea muerta 40. La primera vez que le mentí a Álvaro
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40. La primera vez que le mentí a Álvaro

La primera vez que le mentí a Álvaro

Álvaro vuelve a las ocho con dos cajas de melocotón que le ha dado el señor de Cambrils y que no sabemos dónde meter.

Cenamos en el patio, que es lo único que se puede hacer a esta hora, con el mantel de hule y el ventilador que sacamos fuera con un alargador.

—Oye —digo—. Tengo que escribir una cosa para la minuta.

—¿Qué es la minuta?

—La cartulina que se pone en el plato con el menú.

—Ah.

—Pues detrás va un texto. Dos líneas. De por qué elegimos el sitio.

Álvaro corta pan.

—¿Y eso quién lo lee?

—Nadie. Se lo llevan a casa.

—¿Y para qué lo escribes?

—Porque se hace.

Parte el pan y me da un trozo.

—¿Y qué escribo?

—Lo que quieras.

—Es que lo tengo que escribir yo pero es tuyo. —Bebo—. El sitio lo encontraste tú.

—Ya.

—¿Por qué ese?

Álvaro se limpia con la servilleta de papel y se queda un momento con los ojos en la mesa, y por un segundo pienso que va a decir algo largo, como lo del taller.

—Me gustó la piedra —dice.

—¿La piedra?

—La pared del fondo de la sala. —Coge otro trozo de pan—. Eso es de un desmonte. Setenta toneladas y dos años debajo de una lona. Y luego hay que encontrar a alguien que sepa colocarla, que ya no queda nadie.

—Eso me lo dijo ella.

—Es verdad. —Asiente—. Yo eso lo miré y dije: aquí alguien se ha gastado un dinero en hacer una cosa bien cuando podía haber puesto plaqueta y nadie se habría enterado.

—¿Y por eso?

—Y por eso. —Me mira—. Si a alguien le importa una pared que nadie va a mirar, la comida estará buena.

Es una respuesta de Álvaro. Es exactamente una respuesta de Álvaro, del tamaño de una respuesta de Álvaro, y encaja con el hombre que no encola las juntas de un cofre para las cartas de la gente.

Se va a la una, porque mañana tiene que estar a las siete en Riudoms.

Yo me quedo con las dos cajas de melocotón en la cocina y la casa en silencio.

Y a la una y cuarto saco la carpeta azul oscuro de la estantería.

No voy a los menús. No voy a los horarios. Voy al principio, a lo que está antes del contrato, a las dos hojas que uno pasa siempre porque son las de la burocracia.

Hoja de reserva de fecha.

Mas Ventalló, S.L. Fecha reservada: 12/09/2026. Solicitante: Álvaro Vilaplana Sardà. Fecha de solicitud: 22/09/2025. Señal: 1.500 €. Recibida por transferencia. Atendido por: M. Bosch.

Una firma. La suya. La mía no está.

Debajo, grapado, el resguardo de la transferencia. Cuenta de él. Veintidós de septiembre de 2025, a las 10:41 de la mañana.

Nosotros fuimos a ver Mas Ventalló el catorce de octubre.

Veintidós días después.

Me acuerdo de aquella semana. Me acuerdo de que él estuvo raro, con esa manera suya de estar raro que consiste en estar exactamente igual pero hacer una cosa de más, y me acuerdo de que un domingo me dijo que había llamado a unos cuantos sitios y que había uno cerca que tenía libre el doce.

He llamado a unos cuantos sitios.

Eso me dijo. Y era verdad, seguramente. Uno llama a unos cuantos sitios.

Y luego, un lunes por la mañana a las diez y cuarenta y uno, sin decírmelo, transfirió mil quinientos euros y bloqueó una fecha en una finca que yo no había visto, en un sitio al que me llevó tres semanas más tarde a que yo eligiera entre esta y otras dos.

Me quedo de pie en el comedor con la hoja en la mano y las cajas de melocotón detrás.

La piedra.