39. Dos muertas después
Dos muertas después
Domingo. Álvaro está en Cambrils desde ayer con lo del señor de la cómoda, que ahora quiere también una vitrina.
Yo me quedo en casa y hago la única cosa que sé hacer cuando algo me supera, que es ponerlo en una hoja.
En la mesa del comedor tengo el talonario de invitaciones que sobraron. Encargué ciento cuarenta y usé ciento dieciocho. Son de cartulina crema, con nuestros nombres en gris y la fecha, y quedan veintidós.
Cojo la primera y le doy la vuelta.
En el reverso, con lápiz, escribo tres fechas.
21/08/2018.
12/07/2021.
03/05/2023.
Entre la primera y la segunda hay mil cincuenta y seis días. Entre la segunda y la tercera, seiscientos sesenta. Lo he calculado con el móvil dos veces porque no me fío.
Y ahora, porque si no esto es una tabla, escribo lo que sé de las dos mujeres que caben en ese hueco.
Nàdia Cots Bertran. Treinta y cuatro años.
Comercial de artes gráficas en una imprenta de Reus que sigue abierta y que en 2019 la puso en la última página de un catálogo con su nombre, su correo y su móvil.
Vendió su piso de Barcelona en junio de 2021 y firmó un jueves.
Se iba a casar el treinta y uno de julio con un hombre que se apellida Ribes y cuya familia ocupaba tres mesas enteras.
Hizo una lista de invitados de noventa y seis nombres con las alergias en la última columna y las mesas asignadas, y esa lista está tan bien hecha que Mireia la usa como modelo cinco años después.
En la esquela hay una foto en blanco y negro de una mujer con el pelo recogido riéndose de algo que está fuera del encuadre.
Tenía una hermana. Un lunes de julio, con la finca cerrada y sin nadie, se metió por el camino de abajo.
Carme Rosell Piñol. Cuarenta y un años. Auxiliar de enfermería.
En 2016 puso un anuncio en internet ofreciéndose para cuidar a personas mayores, noches y fines de semana, y escribió la palabra seriedad , y ese anuncio sigue publicado hoy.
Ganó un juicio de cuatro años por una espalda que se le rompió trabajando y le quedaron noventa y cinco mil euros menos el ocho por ciento del abogado.
No tuvo hijos. En la esquela firman su hermano, su cuñada y sus sobrinos, y no hay foto, porque hay gente que no pone foto.
Se fue sola dos días a una casa en la montaña en mayo, que era cuando allí arriba todavía se dormía con manta.
Dejo el lápiz.
Y a las siete y media llamo a su hermano.
El nombre y el teléfono están en el acuerdo transaccional de 2024, que es un documento de mi compañía que yo miré el diez de agosto sin tener ningún motivo para mirarlo. Se llama Jaume y trabaja en el matadero de Riudecols y me contesta con la tele puesta y me la baja.
Le digo que llamo por un tema antiguo de su hermana y me dice que dispare, sin preguntarme nada, con la voz de un hombre al que ya le ha llamado mucha gente.
Le pregunto por mayo de 2023 y por la casa de Prades.
—Se fue dos días ella sola —dice—. Eso lo hacía. Cuando tenía que pensar una cosa cogía y se iba, y no avisaba, y volvía el domingo.
—¿Y qué tenía que pensar?
Un silencio.
—Es que se casaba.
Me quedo con el lápiz encima de la invitación.
—¿Se casaba?
—El treinta de septiembre. Con uno de Cambrils, un tío que llevaba con ella desde el catorce o el quince. Buena gente. Todavía viene por casa por Navidad.
—No sale en la esquela.
—Porque no estaban casados y mi madre era de las de antes. —Lo dice sin ninguna carga—. Eso es cosa nuestra.
—¿Y dónde se casaban?
—En una masía de por aquí. De Riudoms. —Se para a pensar—. Perdimos la señal, ¿eh. Mil doscientos euros. Nos escribieron a los quince días diciendo que lo sentían mucho pero que la fecha ya no la podían mover.
Miro la última hoja de mi libreta, donde tengo escritas cinco líneas sobre las capas de una finca.
—¿Se acuerda del nombre?
—Uf. —Chasquea la lengua—. Ahí me ha pillado. Una de esas que salen en las fotos con cipreses. Mi cuñado lo tendrá apuntado.
Le doy las gracias y le digo que lo llamaré otro día y él me dice que sí, que cuando quiera, y que si averiguo algo del dinero se lo diga, porque en casa nunca han entendido lo del dinero.
Cuelgo.
Carme Rosell Piñol iba a casarse el treinta de septiembre de 2023, cinco meses después de morirse, en una finca del término de Riudoms con una hilera de cipreses jóvenes atados a sus tutores.
Y ahora la parte honesta, que es la que me obliga a seguir escribiendo con esta letra pequeña en el reverso de mi propia invitación de boda.
De estas dos mujeres yo sé lo que se sabe de un expediente.
Sé sus edades y sus profesiones y sus cifras. Sé el gramaje de la cartulina de una y el titular de un anuncio de la otra. No sé si a Nàdia le gustaba su trabajo. No sé si Carme dormía por las tardes después de los turnos. No sé de qué se reían.
Sé de ellas exactamente lo mismo que sabía de las cuatrocientas personas cuyos siniestros he cerrado en once años: los datos que sirven para decidir si se paga.
Y a las tres de la mañana del veintiuno de agosto de 2018 yo marqué una casilla y no se me cayó la mano.
Miro las tres fechas.
Yo, hasta ayer, tenía una culpa que se podía llevar puesta. Era grande y era vieja y era mía y no tenía número. Era una noche mala, una decisión de una mujer de veintiocho años que quería que su tía durmiera.
Desde ayer tiene número.
Son dos.
Y la letra de las invitaciones, por delante, es la misma con la que se imprimió nuestro nombre.