Interludio
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«Mamá, tres cosas y me voy a la ducha.
Una: el aparador. Al final no lo lleva el chico de Riudoms, que me ha dicho que hasta septiembre no puede, y en septiembre ya me lo he casado, o sea que se queda como está y punto. Con su puerta torcida. Es de la abuela, ya está torcido de fábrica.
Dos: he vuelto a mirar lo de las sillas y sigue siendo una vergüenza, o sea que ni lo miro más.
Y tres. El domingo llevo la carpeta otra vez, ¿eh, que sé que te aburro, pero es que ya me queda poco. Me falta un impreso y que me den una cosa y ya lo tengo todo apartado y en su sitio. Y luego ya me olvido hasta después de la boda.
Y no pongas la cara, que te veo la cara desde aquí. Que está todo bien. Que me lo han explicado con papel y boli y lo he entendido perfectamente, que no soy tonta, que soy terapeuta ocupacional y sé leer.
Tú lo que tienes que hacer el domingo es decirme que muy bien a todo, como siempre, que es para lo que te uso.
Anda, va. Un beso, mamá.
Y mira lo de la mancha, que te lo digo desde mayo.»