Las novias de la línea muerta 38. Bea
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38. Bea

Bea

No hay ningún golpe. Eso lo digo para que conste, porque yo me esperaba un golpe.

Lo que hay es una cosa que se recoloca, despacio, como cuando te enseñan una figura de dos maneras y ya no puedes volver a verla de la primera.

Una línea de teléfono a nombre de una persona es de esa persona.

Nadie da de alta una línea en marzo, la usa cinco meses y la da de baja en septiembre porque se murió.

Esa línea no era de un amante. Esa línea era de mi prima.

Era una segunda línea, abierta en marzo de 2018, que no aparecía en la póliza del coche, que la familia no conocía, y que era el número de contacto de una cuenta de la que su madre no sabía nada porque su madre le había dicho que no le contara nada.

Sesenta y ocho mil euros entraron en junio.

El veintiséis de junio, un martes, alguien fue a una tienda y pidió un duplicado de esa tarjeta, y durante veinticuatro o cuarenta y ocho horas los mensajes de esa cuenta no le llegaron a ella.

En agosto la cuenta estaba a cero.

El catorce de agosto llamó doce veces a un número, entre las seis de la tarde y las once de la noche.

A las once y cuarto se plantó en Riudoms.

Ahora la parte que no se recoloca sino que se cae.

Durante ocho años yo he sostenido que mi prima tenía a alguien y se iba con el dinero.

Lo decidí una noche, a las tres de la madrugada, con cuatro líneas delante y sin leer las siete de abajo.

No lo comprobé con nadie. No lo contrasté con el banco.

Cogí una nota sin confirmar, la convertí en una historia completa, y a esa historia le puse encima una casilla que decía no relevante para la cobertura .

Y después la enterré para que mi tía no la oyera.

Yo le hice a Bea exactamente lo mismo que Mireia le hizo a Nàdia Cots en un WhatsApp a la una y veinte de la tarde: darle a una ausencia una explicación cómoda y decírsela a alguien que se la iba a creer.

La única diferencia es que Mireia se lo contó a una desconocida y yo me lo conté a mí.

Y hay otra cosa, y es la que me tiene sentada en esta silla desde hace cuarenta minutos sin moverme.

Vamos a ponerlo en orden, que es lo único que sé hacer.

A Bea la vaciaron en junio y en julio. Eso pasó antes de que yo tocara nada. Eso yo no lo permití, eso ya estaba hecho, y esa es la única frase que puedo escribir hoy en mi defensa y la voy a escribir: cuando yo entré en aquel expediente, el dinero de mi prima llevaba dos meses fuera.

Lo que yo hice fue otra cosa.

La nota de Ferran era una línea. Una línea económica, con un número, una cuenta, tres transferencias y una propuesta de derivación a una unidad que se dedica exactamente a esto.

Si esa línea sigue viva, alguien pide la titularidad de la cuenta, alguien pide el duplicado de la SIM, alguien mira quién entró en una tienda el veintiséis de junio con un documento que no era suyo.

En 2018.

Y no habría hecho falta que saliera nada más. Con que la operadora anotara un expediente ya habría bastado, porque lo que mata estas cosas no es que te cojan: es que quede constancia de que alguien miró.

En marzo de 2021 hubo otro duplicado. En enero de 2023, otro.

Y a los dos les pusieron dentro, como plantilla, el expediente de mi prima.

Cogieron el sitio donde yo había pasado la escoba y construyeron encima.

Eso es lo que hice. No abrí ninguna puerta: la puerta la abrieron ellos. Lo que hice fue firmar que la obra estaba en orden y que no hacía falta que viniera nadie a mirar.

Y encima les dejé los planos.

Nàdia Cots tenía treinta y cuatro años.

Carme Rosell tenía cuarenta y uno.

Me levanto, voy a la cocina, abro el grifo y lo cierro sin beber.

Quité la nota para que mi tía no la enterrase creyendo eso.

Y lo que enterró fue lo otro.