36. Comida en casa de Roser
Comida en casa de Roser
A las dos vuelvo a la calle Sant Joan y esta vez sí subo.
Le he dicho por teléfono desde el coche que estaba por aquí. Me ha dicho que hay arroz de ayer y que lo caliento yo, que ella con este calor no enciende el fuego a mediodía.
En la calle han vuelto los de la obra. Llevan desde febrero con la canalización y ahora están con un martillo neumático a la altura del número once, y en el tercero se oye todo.
—Es que no acaban —dice Roser—. Cierra el balcón, anda.
—Con el balcón cerrado te asas.
—Pues me aso.
Cierro el balcón.
Comemos con el ruido amortiguado y el ventilador de pie girando en el pasillo. Ella habla de la obra, del arroz, de que el bacalao seco lo ha comprado en el mercado y no en el súper, de la vecina del segundo y sus maletas.
Yo espero al café.
—Tía.
—Dime.
—¿Tú te acuerdas de aquel julio?
No le hace falta preguntar cuál. Se levanta a por la leche.
—Me acuerdo de todo.
—Digo antes.
—Ya sé lo que dices.
Vuelve, se sienta y remueve el café mucho rato.
—Estaba contenta —dice.
—¿Contenta?
—Contentísima. —Y lo dice sin ninguna dulzura, con una especie de rabia vieja—. Yo eso lo he pensado mil veces y siempre me sale lo mismo. Aquel julio estaba contenta.
—¿Por la boda?
—Yo pensé que era la boda. —Deja la cucharilla—. Venía aquí los domingos con una carpeta de esas de gomas, azul, y se ponía ahí, en esa silla donde estás tú, y me sacaba papeles.
—¿Qué papeles?
—Papeles del banco. —Coge la cucharilla y no la usa—.
A mí me enseñaba unos y me hablaba de otros.
Que si el impreso este, que si esto hay que firmarlo antes de agosto.
Yo de eso no entiendo y ella lo sabía, y creo que le gustaba explicármelo precisamente por eso, porque yo le decía que muy bien a todo.
—¿Y estaba nerviosa?
—Nerviosa no. —Se queda pensando—. Estaba como cuando aprobó las oposiciones. Así. Como quien ha resuelto una cosa.
Me quedo con la taza en la mano.
—Y de lo de su padre —digo—. De lo que le quedó.
—De eso no hablábamos.
—¿Nunca?
—Es que yo no quería. —Ahora sí levanta la voz un poco—. Irene, a mí me daba una cosa horrible ese dinero. Es dinero de un hombre que se fue de esta casa en el noventa y siete y que se acordó de su hija cuando estaba en una cama. Yo le dije: haz lo que quieras con eso y a mí no me lo cuentes.
Se levanta a poner los platos en la pila.
—Y ella qué hizo.
—Pues lo que le dije. No me lo contó.
Me quedo mirando la silla vacía de enfrente.
—Y luego, después —digo—, ¿vino alguien a preguntar?
—Al principio. —Abre el grifo—. La semana esa. Vino gente y llamaron por teléfono y me pidieron papeles. Yo di lo que tenía.
—¿Y qué te dijeron?
—Nada. —Cierra el grifo—. Se acabó. No volvió a llamar nadie.
Se seca las manos en el trapo y se gira, y lo dice como quien constata que la lluvia paró.
—Menos mal.
Yo tengo la taza a medio camino de la boca y me quedo así.
—Menos mal —repite, más bajo—. Porque yo aquellos días pensé que iban a salir cosas. No sé qué cosas. Cosas. Y no salió nada, y a mí eso me quitó veinte años de encima.
—Ya.
—Es lo único bueno de aquello. Que no salió nada. —Cuelga el trapo—. ¿Quieres más café?
—No.
Se sienta otra vez.
—Oye, ¿y la carpeta esa? —digo—. ¿La azul?
—Estará en su cuarto, con lo demás.
—¿Quieres que un día te ayude y vaciamos aquello?
Roser mira hacia el pasillo, hacia la puerta cerrada, y hace el gesto que hace siempre, que es no hacer ninguno.
—Un día que tenga el cuerpo.
Y después, sin transición, con la voz de todos los días:
—Oye, ¿y las flores al final de qué color?