35. Lo que hace una con eso
Lo que hace una con eso
El despacho de Nuria Sedó está en un segundo piso de la calle Sant Joan, a cuatro portales de mi tía, cosa que no descubro hasta que aparco.
Son dos habitaciones y una mesa de reuniones que ocupa media sala. Hay carpetas en el suelo. En la pared, un diploma y un cuadro de un barco.
Me ha dado hora a las nueve de la mañana de un viernes de agosto porque le he dicho por teléfono que era urgente y ella me ha dicho que urgente lo dice todo el mundo, pero que a las nueve está.
—Nuria Sedó. Siéntate.
—Irene.
Espera dos segundos.
—¿Irene qué más?
—Irene.
—Vale. —Se sienta, abre un cuaderno y escribe una línea—. Son noventa euros la hora y te los cobro aunque no vuelvas. ¿Seguimos?
—Sí.
—Cuéntame.
Le cuento un supuesto.
Le digo que una persona que trabaja en una compañía de seguros ha encontrado indicios de que hay tres expedientes manipulados.
Le digo que hay tres mujeres muertas en circunstancias accidentales y no relacionadas entre sí, en tres años distintos.
Le digo que hay una lista de teléfonos, que hay tres duplicaciones de tarjeta SIM hechas presencialmente y que hay un dato técnico que demuestra que alguien copió un expediente antiguo para crear otros dos.
Y le digo lo otro. Le digo que parte de esa información se ha obtenido pidiéndole un favor a una persona de una operadora, sin causa, y que hay accesos a expedientes que esa persona no tenía asignados.
Nuria escribe mientras hablo y no me interrumpe ni una vez.
Cuando termino, deja el bolígrafo.
—Primera cosa. No me hace falta que me digas que es una amiga.
—No he dicho que sea una amiga.
—No, es verdad. —Casi sonríe—. Eso te lo reconozco.
Se echa hacia atrás.
—Segunda cosa, y esta es la que has venido a oír aunque me hayas contado lo demás. Esa información no la puedes llevar a ningún sitio.
—¿Por qué no.
—Porque no es que no sirva. Es peor. —Levanta un dedo—. Tú apareces en una comisaría o en un juzgado con esto. Lo primero que va a hacer cualquiera, un fiscal, un instructor, el abogado de enfrente, no es mirar tus tres muertas. Es preguntarte de dónde has sacado tú lo que sabes.
—Ya lo sé.
—Bien. Pues entonces sabes también que en ese momento hay dos procedimientos: el que tú quieres abrir, y el tuyo. Y el tuyo va más rápido, porque el tuyo está documentado.
Coge el cuaderno.
—Y hay una tercera cosa, que es más aburrida y más importante. —Da un golpecito con el boli—. Lo que me acabas de contar no es un delito. Es una hipótesis.
—Hay tres mujeres muertas.
—Hay tres mujeres muertas de tres cosas distintas, con tres atestados, tres informes y ningún indicio de criminalidad en ninguno de los tres.
—Lo dice sin ninguna dureza—. Eso, jurídicamente, hoy, es nada.
Lo que tú tienes es un dato interno de una empresa privada que apunta a que alguien copió un formulario.
Eso puede ser un fraude laboral, puede ser una chapuza administrativa y puede ser la punta de algo. Pero eso no lo decides tú.
—¿Quién lo decide?
—Quien tenga la competencia y las herramientas. Y para que alguien con competencia se ponga, hace falta algo concreto. Un documento. Un movimiento de dinero. Alguien que declare. —Da un golpecito con el boli—. Una lista de números no es concreto. Es interesante, que no es lo mismo.
—¿Y lo de las tarjetas SIM?
—Eso sí me gusta más. —Apunta algo—. Pero eso lo tiene la operadora y lo tiene que aportar la operadora, no una amiga tuya en un bar. Y de protección de datos yo no te voy a hablar hoy porque no es lo mío y te contestaría mal. Eso lo miro y te lo digo.
Se queda callada un momento.
—Te voy a hacer una pregunta y no me contestes deprisa.
—Vale.
—¿Tú qué quieres?
—¿Cómo que qué quiero?
—Que hay tres cosas y no son la misma, y la gente viene aquí sin saber cuál quiere. —Levanta tres dedos—. Una: quieres que alguien acabe en la cárcel. Dos: quieres que te dejen en paz y que esto se pare. Y tres: quieres que a ti no te pase nada.
—Las tres.
—No. —Y aquí sí se pone seria—. Las tres no se pueden. En este supuesto tuyo, la una y la tres son incompatibles casi siempre, porque para que alguien vaya a la cárcel hace falta que se abra todo, y cuando se abre todo se abre también lo tuyo. Y la dos no depende de ti.
Miro el cuadro del barco.
—No lo sé —digo.
—Vale. —Cierra el cuaderno—. Pues vuelve cuando lo sepas, que te va a salir más barato.
Pago con tarjeta en el datáfono que tiene encima de una pila de carpetas. Me da un recibo y una tarjeta suya, de cartulina fina, con el móvil escrito a mano por detrás.
—Una cosa —dice, en la puerta.
—Dime.
—Cuando vuelvas, tráeme el nombre. —Se apoya en el marco—. Puedo trabajar con un supuesto una hora. No puedo trabajar con un supuesto dos.
Bajo a la calle y son las diez y diez y hace un calor que raja.
Mi tía vive a cuatro portales. Veo el balcón desde aquí, con las persianas bajadas y la ropa tendida en la galería.
Me meto en el coche sin subir.