Las novias de la línea muerta 34. La versión de Mireia
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34. La versión de Mireia

La versión de Mireia

Le llevo la lista en mano porque hay que darla hoy y porque quiero ir.

Salgo de la oficina a las cinco y a las seis menos cuarto estoy en la finca. En el patio hay dos hombres montando un arco de hierro para las flores del sábado y una furgoneta de bebidas descargando cajas de cava.

El móvil lo llevo en el bolso, grabando desde el aparcamiento.

Mireia está en la oficina de la masía, que es un cuartito con dos mesas, una impresora y un calendario de pared lleno de rotulador de colores.

—Trae. —Coge la lista, se pone las gafas y la va bajando con el dedo—. Ciento dieciocho. Muy bien. Las alergias aquí, perfecto. ¿Y este de la trece qué es, celíaco o intolerante?

—Celíaco.

—No es lo mismo, ¿eh. Si es celíaco te lo emplatan aparte en cocina y no toca nada.

Lo apunta.

—Ponlo aquí encima, mujer —dice, sin mirarme, señalando la mesa con el bolígrafo—. Que en el bolso se te raya la pantalla.

Saco el móvil del bolso y lo dejo boca abajo encima de la mesa, al lado de la lista.

Ella sigue leyendo.

—Mireia.

—Dime.

—El sábado me dijiste que llevabas dos años esperando.

—Sí.

—Quiero entender cómo funciona esto.

Levanta la vista. Se quita las gafas y las deja colgando del cordón.

—¿Cómo funciona qué?

—Tu negocio.

Y se ríe. Se ríe de verdad, con ganas, y se echa hacia atrás en la silla y me dice que me siente.

Lo que viene después dura cincuenta y un minutos y lo voy a poner tal cual, porque lo tengo entero.

—A ver. Yo hago ochenta bodas al año. En agosto, cuatro por fin de semana. —Va contando con los dedos—. La primera visita es un año antes, o catorce meses. Ahí vienen los dos, o vienen con la madre, y ahí no se ve nada, porque ahí todo el mundo está contento y todo el mundo dice que sí a todo.

—¿Y dónde se ve?

—A seis semanas.

Se levanta, abre un armario y saca una carpeta azul igual que la mía.

—A seis semanas pasa todo a la vez. Pagas el segundo plazo, que es el gordo.

Cierras la lista, que es cuando descubres a quién no quieres en tu boda.

Y vienes a la prueba de menú, que es la primera vez que ves la sala montada de verdad.

—Deja la carpeta azul en la mesa—. Eso es una picadora.

Yo he visto anular cuatro bodas en catorce años y las cuatro se cayeron entre la semana seis y la cuatro. Ninguna antes. Ninguna después.

—¿Por qué ninguna después?

—Porque a partir de la tres ya te casas aunque no quieras. —Cierra el armario—. Ya has pagado, ya lo sabe todo el mundo y tu madre ya tiene el vestido. A partir de la tres la gente se casa y se divorcia en dos años, que es más caro pero se ve menos.

Suena un teléfono. Lo coge. Habla cuarenta segundos con alguien de la empresa de bebidas sobre si el cava va a diez o a doce grados. Cuelga.

—Perdona. ¿Por dónde iba?

—Por las seis semanas.

—Ah, sí. Pues eso. Yo, a seis semanas, sé cómo va a acabar una pareja mejor que ellos.

—¿Cómo.

—Se ve. —Se pone un dedo debajo del ojo—. Se ve quién paga. Se ve quién elige. Se ve quién dice «es que él dice que» tres veces en media hora. Se ve la que viene sola a todas las citas y dice que él trabaja mucho. Y se ve la que me pregunta por la cláusula de cancelación.

—¿Eso lo pregunta alguien?

—Una de cada quince. Y siempre lo preguntan cuando el otro ha ido al baño.

Lo dice sin ninguna maldad, con el orgullo tranquilo de quien lleva catorce años haciendo bien una cosa que nadie valora.

—¿Y el formulario?

—¿El Pla Núvia? —Ni parpadea—. Eso lo monté yo en 2019.

—¿Por qué?

—Porque me harté. —Se acerca—. Mira, aquí entra gente que se casa sin haber mirado nunca una cuenta juntos.

Nunca. Y a mí me tocaba ver a mujeres de cuarenta años, con un piso y una nómina, firmando cosas que no entendían porque el novio decía que ya se ocupaba él.

Y yo no soy nadie para meterme, pero tampoco soy nadie para callarme.

—¿Y cuántas lo rellenan?

Se para un segundo.

—Todas.

—¿Todas?

—Todas, Irene. —Y por primera vez baja un poco la voz—. Yo les digo que es voluntario, que no lo pide nadie, que si quieren lo tiran. Y me lo devuelven relleno con la letra bonita y con las cantidades exactas. Todas. Y luego esas mismas mujeres no le dicen a su pareja lo que ganan.

Fuera, uno de los hombres del arco le grita algo al otro. Ella se asoma, dice «al otro lado» y vuelve.

—¿Y qué haces con eso?

—Nada. Lo guardo. —Da un golpecito en la carpeta—. Y si veo que hay algo que hay que mirar, le digo con quién.

—¿Con quién.

—Con un asesor.

—¿Cuál?

Mireia coge la lista otra vez y busca el celíaco de la mesa trece, y lo rodea con el bolígrafo, y contesta sin levantar la cabeza.

—Uno que trabaja con nosotros.

—¿Y qué hace ese asesor?

—Escuchar.

Deja el bolígrafo.

—Es que la gente se cree que a una mujer se la convence hablando.

Y no. —Me mira—. A una mujer de cuarenta años que lleva un año organizando una boda que no le apetece, nadie le ha preguntado nada en ese año.

Nadie. Todo el mundo le ha dicho lo que tiene que hacer.

Y entonces llega uno y le hace una pregunta, y luego otra sobre lo que ella ha contestado, y le cuenta algo suyo, algo feo, para empezar él.

Yo tengo la mano izquierda encima de la rodilla y me quedo mirándome los nudillos.

—Y a las dos horas esa mujer se ha oído a sí misma por primera vez en un año —dice Mireia—. Y eso no se paga con dinero.

—Ya.

—Gabriel no seduce, Irene. Escucha. Yo solo le digo a quién.

Suena otra vez el teléfono. Lo coge. Es el del arco.

Cuando cuelga, dobla mi lista en tres, la mete en la carpeta azul, se levanta y me acompaña hasta el patio hablando del cava y de que este año viene malísimo el moscatel.

En el coche, en el camino de los cipreses, paro en el ensanche y saco el móvil.

Cincuenta y un minutos y catorce segundos. Se oye todo. Se oye hasta el teléfono del cava.

Me ha descrito a mí durante cincuenta y un minutos.

Ha dicho el nombre de su hermano y no ha dicho el mío ni una sola vez.