Las novias de la línea muerta 32. La casa de Prades
44%

32. La casa de Prades

La casa de Prades

Prades está a cuarenta minutos de Reus por una carretera que sube y que se estrecha, y cuando llegas hay cinco grados menos y todo es de piedra roja. En agosto está lleno de coches de Barcelona.

La casa está a dos kilómetros del pueblo, en un camino, con un cartel de madera con el nombre y las estrellas de turismo rural.

Aparco en el ensanche y no bajo enseguida.

En el porche hay una familia comiendo. Un matrimonio, tres críos y una señora mayor.

Han sacado la mesa fuera, debajo de la parra, y tienen una piscina hinchable en la hierba con dos manguitos flotando.

Uno de los niños sale corriendo con una toalla y la madre le grita que no corra que se abre la cabeza.

Huele a carne a la brasa.

Me quedo un rato con las manos en el volante.

En esta casa, hace tres años y tres meses, una mujer de cuarenta y un años que se llamaba Carme Rosell, que había ganado un juicio de cuatro años por una espalda rota y que le corregía las cifras a sus amigas para que nadie fuera diciendo por ahí que le habían dado cien mil euros, se acostó una noche de mayo y no se despertó.

Y hay una parra y una piscina hinchable.

No voy a la casa. Voy al pueblo.

El dueño se llama Ramon y vive en la plaza, encima de un local que fue una tienda, y lo encuentro porque el teléfono del cartel es el suyo y lo coge a la primera.

Nos sentamos en el bar de al lado.

Y yo hago aquí una cosa que no está bien y la voy a escribir tal cual.

Le digo que trabajo en seguros.

Es verdad. Trabajo en seguros. Lo digo, y él me pregunta si vengo por lo de la casa, y yo le digo que vengo por un tema antiguo, y él da por hecho lo que da por hecho cualquiera, que es que vengo de la compañía, y empieza a hablar.

No le corrijo.

—Aquello me hundió —dice—. Se lo digo tal cual. Tres años me ha costado.

Me cuenta que la casa estuvo cerrada catorce meses. Que perdió dos temporadas. Que vino la inspección de industria, y el ayuntamiento, y un perito, y otro perito, y que él tenía los certificados de la revisión al día, y que aun así.

—¿La caldera qué pasó?

—La caldera. —Se pasa la mano por la cara—. La caldera tenía nueve años y estaba revisada. Lo que pasó fue que el conducto de evacuación estaba obstruido y el detector no saltó, porque yo detector no tenía, porque no era obligatorio en aquella casa.

—¿Y la cambió usted?

—Yo no cambié nada.

Deja el café.

—A ver, yo la cambié, en el sentido de que está cambiada. Pero yo no llamé a nadie ni pagué nada.

—¿Cómo que no.

—Que vino un señor. —Se pasa la mano por la nuca—.

A las dos o tres semanas de aquello, cuando yo estaba con la cabeza en otro sitio, se me presenta aquí un hombre y me dice que él se encarga.

Que la instalación hay que dejarla nueva antes de que vengan a mirar otra vez y que él conoce a gente.

Y a los cuatro días había una furgoneta de una empresa de Reus arriba, cambiando la caldera y el tubo entero.

—¿Y quién era ese hombre?

—Yo pensé que era de la aseguradora. O del abogado. En aquel momento aquí subía gente cada día y yo firmaba lo que me ponían delante.

—¿Le dio una factura?

—Nunca. —Y aquí me mira, y por primera vez parece incómodo—. Y eso yo lo dije en su momento, ¿eh. Yo pregunté dos veces por la factura, porque yo eso me lo tengo que deducir. Y me dijeron que no me preocupara.

—¿Le pidieron algo?

—A mí me dijeron que lo de la caldera lo pagaba quien tenía que pagarlo. Y sé que hubo dinero en mano ahí en medio, porque el chico de la empresa se lo comentó a mi cuñado. —Levanta las dos manos—. Yo eso no lo vi y no lo firmé y no lo quiero saber. Yo lo único que quería era abrir.

Nos quedamos callados.

—¿Y usted por qué me pregunta esto ahora?

—Por un cruce de expedientes antiguos.

Es la frase más cobarde que he dicho en mi vida y la digo sin que me tiemble la voz, porque es una frase que se dice en mi oficina cuatro veces por semana y que no significa absolutamente nada.

Ramon asiente, aliviado, y me habla veinte minutos más del ayuntamiento.

De vuelta paso otra vez por delante de la casa y aparco cincuenta metros más abajo.

La caldera nueva está en la pared de fuera, en el lateral, dentro de un armario metálico con la puerta entreabierta.

Se ve desde el camino. Blanca, limpia, con el tubo de acero inoxidable subiendo hasta el alero y una pegatina naranja de una empresa instaladora de Reus con un teléfono de nueve cifras.

Apunto el nombre y el teléfono.

En el porche, la abuela recoge platos y el matrimonio discute sin ganas sobre si a los niños les da tiempo a bañarse otra vez.

Una caldera de nueve años, revisada, en una casa precintada por una muerte con inspección abierta, sustituida entera con el conducto de evacuación a las tres semanas, sin factura, con dinero de por medio y por encargo de un hombre que el propietario no ha sabido nombrar en tres años.

Eso no es rapidez.

Eso es prisa.