31. Cuatro días
Cuatro días
Hoy es martes y me he dado cuenta a las siete y cuarto de la mañana, delante del espejo, y he tenido que pararme un segundo con el cepillo en la boca.
Llevo dos días mirando los martes.
En la oficina hago lo que hay que hacer.
Cierro un expediente de un taller de Valls que lleva desde mayo facturando dos veces el mismo faro.
Llamo al catering y les digo que la lista se la mando el jueves, que es lo que hemos quedado, y la chica me dice que perfecto y que si puedo mandar las alergias en la misma hoja.
A las once paso por delante de la mesa de Ferran.
—¿Se sabe algo?
—Miquel vuelve el jueves. —Ni levanta la vista—. He puesto la solicitud el lunes a las ocho y cuatro. Está en cola.
—Vale.
—Irene.
—Dime.
—Que está en cola quiere decir que está. —Ahora sí me mira, por encima de las gafas—. Que no me lo preguntes tres veces al día, que me pongo nervioso yo también.
Por la noche ceno en Riudoms y Álvaro tarda una hora en decirme lo que me quiere decir. Se le nota porque friega los platos dos veces.
—Oye.
—Dime.
—Lo de Menorca.
—¿Qué pasa con Menorca?
—Que si en vez de Menorca nos vamos a otro sitio. —Se seca las manos—. Y que si nos vamos ahora.
Levanto la cabeza.
—¿Ahora cuándo?
—Ahora. La semana que viene. Cuatro días, cinco. —Se apoya en la encimera—. Antes del doce.
Álvaro Vilaplana no propone nada. En cinco años no ha propuesto un restaurante. Yo elijo, y él dice que muy bien, y va, y lo pasa bien de verdad, y no propone nunca. Que este hombre me plantee un viaje a nueve días de dar la lista al catering es tan raro como si se pusiera a cantar.
—¿Y adónde?
—Donde tú quieras. Lejos.
—¿Lejos lejos?
—Lejos. —Se seca las manos otra vez—. Portugal. O más.
Y hago lo que hago, que es sacar el móvil y empezar a mirar.
Le pido el DNI para meter los datos y me lo trae de la cartera. Y cuando le digo que para según qué sitios me hace falta el pasaporte, se queda un momento parado en medio de la cocina.
—Estará en el cajón de arriba.
Está en el cajón de arriba, debajo de una funda de gafas y de dos cargadores viejos. Es de los antiguos, granate, con la esquina levantada.
Caducado el 3 de marzo de 2021.
—Álvaro.
—Ya.
—Esto lleva cinco años caducado.
—Ya lo sé.
—¿No lo has renovado?
—No he ido a ningún sitio.
Lo dice sin ninguna carga, secándose una taza, y es verdad, y es la respuesta correcta, y es exactamente lo que diría cualquiera de los hombres que conozco de este pueblo.
Yo me quedo con el librito en la mano.
Un pasaporte se renueva con cita previa y cuesta treinta euros y se hace en veinte minutos. Yo renové el mío en 2023 sin necesitarlo, porque me llegó el aviso y porque soy así. Hay gente que no lo hace, claro que la hay, y no significa nada.
Pero un hombre que en marzo de 2021 dejó caducar el suyo, que en 2023 recuperó el carné y no pensó en el pasaporte, que lleva cinco años sin que se le pase por la cabeza que un día podría querer coger un avión, es un hombre que no ha contado con irse a ninguna parte.
Y acaba de decirme «lejos».
—Se puede sacar en dos semanas si pillas cita —digo.
—Vale.
—¿Lo miro yo?
—Míralo tú.
Y se pone a barrer.
Guardo el pasaporte donde estaba, debajo de la funda de gafas, y cierro el cajón, y no digo nada más, y no saco ninguna conclusión.
Lo apunto, que es lo que hago con los ruidos.