Las novias de la línea muerta 29. Lo que le debo a Ferran
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29. Lo que le debo a Ferran

Lo que le debo a Ferran

Domingo. Le llamo a las ocho de la tarde.

Contesta con ruido detrás: platos, una tele, un niño.

—¿Irene?

—Perdona que te llame un domingo.

—No, no, si estamos aquí en casa de mis suegros muertos de calor. Dime.

Se lo pido como se piden estas cosas: metiéndolo dentro de algo grande y aburrido.

Le digo que en la unidad nos han pedido preparar una muestra de expedientes anteriores a 2019 para la migración, para ver qué se pierde al normalizar los campos.

Le digo que estoy montando la muestra y que quiero meter dos o tres reclasificados, de esos que cambiaron de código a mitad, porque son los que peor van a migrar.

Todo esto es verosímil y la mitad es verdad: el correo del 3 de agosto existe y la migración existe y alguien va a tener que hacer una muestra.

—Y me acordé de lo que me contaste el otro día —digo—. Lo del expediente que se te cerró solo.

—Ah.

—Si tú tuvieras una copia de cómo estaba antes, eso me serviría muchísimo. Para comparar.

—¿De 2018?

—De 2018.

Ferran se calla. Oigo que se levanta y que el ruido de la tele baja, y luego una puerta y de golpe el ruido de la calle.

—Espera, que salgo.

Vuelve.

—A ver. En aquella época yo exportaba —dice—. ¿Te acuerdas de que hacíamos la revisión de calidad el primer viernes de mes? Pues yo, para no tener que ir abriendo, me exportaba a PDF lo que llevaba y lo dejaba en mi carpeta del volumen compartido. Todo el mundo lo hacía.

—Y esa carpeta.

—Esa carpeta estará. Bueno, estará en la cinta, o en lo que sea que hayan hecho con el volumen antiguo. Eso lo desmontaron en 2020 y lo pasaron a archivo frío.

—¿Se puede recuperar?

—Se puede pedir. —Chasca la lengua—. Es un formulario y luego que Miquel tenga el día.

—¿Cuánto tarda?

—Tres días. Cuatro. Depende de si está Miquel, que está de vacaciones hasta el jueves. —Una pausa—. Oye.

—Dime.

—Si sale, yo lo miro.

—Vale.

—No, digo que lo quiero mirar yo. —Y baja la voz, aunque está en la calle y no hay nadie—.

Que llevo ocho años con esto. Que no te lo digo por darte la brasa, ¿eh, si es tu prima y yo no soy nadie.

Pero es que yo abrí esa alerta un lunes y el viernes no estaba, y no me han dado una explicación en ocho años, y ahora resulta que me voy a Zaragoza.

—Ya lo sé.

—Pues eso. —Se ríe un poco—. Mañana lo pido a primera hora.

Colgamos.

Me quedo de pie en el comedor, entre las cajas, con el móvil en la mano.

Ferran Ibars, que tiene cuarenta y ocho años, dos niños, una mujer que ha entrado en un hospital de Zaragoza y un traslado sin resolver desde mayo, va a entrar mañana lunes a las ocho en la intranet, va a rellenar un formulario de recuperación de archivo frío y va a llamar a Miquel el jueves si hace falta.

Lleva ocho años queriendo saber quién le cerró aquello.

Va a hacerlo porque se lo he pedido yo.

Y lo que va a salir de esa cinta, si sale, es un PDF exportado el 20 de agosto de 2018 por la tarde, con el expediente tal y como estaba antes de las tres y doce de la madrugada siguiente.

Con la alerta dentro.

Con las cuatro líneas.

Con el número.

Acabo de pedirle a Ferran que desentierre la única prueba que existe en el mundo de lo que hice, y ha dicho que sí, y me ha dado las gracias.