30. Duplicados
Duplicados
Sílvia me llama el lunes a las dos y diez, mientras estoy comiendo un sándwich en el coche en el aparcamiento de la oficina.
—No me has escrito —dice.
—Me dijiste que no te escribiera.
—Ya. —Se oye que está en la calle—. Escúchame, que esto lo digo una vez y luego cuelgo.
—Vale.
—El viernes no dormí. El sábado tampoco. Y el domingo me metí en mi base, que no es la de clientes.
—¿Qué base?
—La de incidencias de antifraude. La mía.
Ahí guardamos las incidencias desde 2015, y no guardamos titulares.
—Habla deprisa—. Guardamos línea, fecha, tipo de incidencia, código de punto de venta y motivo de la reclamación.
Es una tabla técnica. Se conserva porque nos sirve para detectar patrones y no lleva datos personales de nadie.
—¿Y?
—Que las tres están.
Dejo el sándwich en el asiento.
—¿Las tres?
—Las tres. Incluida la primera, la de 2018, la que te dije que estaba purgada. Y estaba purgada. Purgado está el cliente. La incidencia no.
Cojo la libreta de la guantera y un boli.
—Dime.
—Duplicado de SIM presencial, con exhibición de documento de identidad del titular, en establecimiento propio. Los tres. Con reclamación posterior por interrupción del servicio, los tres, entre veinticuatro y cuarenta y ocho horas después.
—Fechas.
—Veintiséis de junio de 2018. Dieciséis de marzo de 2021. Veinticuatro de enero de 2023.
—Puntos de venta.
—Tres códigos distintos. Y no te voy a decir dónde están, pero te voy a decir que no están en el mismo sitio ni son de la misma provincia los tres.
Lo apunto todo.
—Sílvia.
—Qué.
—Gracias.
—No me des las gracias. —Un segundo—. Prométeme una cosa. Si esto acaba en un juzgado, tú a mí me dejas fuera hasta que no quede más remedio. Y cuando no quede más remedio, me avisas antes. Con un día. Para poder contárselo yo a mi jefe antes de que se lo cuente otro.
—Te lo prometo.
—Vale.
Cuelga.
Me quedo en el coche con el aire puesto y la libreta apoyada en el volante.
Tres fechas.
Abro el calendario del móvil y voy una por una, y esto tarda cuarenta segundos y es la clase de comprobación que hago cuatro veces al día.
26 de junio de 2018. Martes.
16 de marzo de 2021. Martes.
24 de enero de 2023. Martes.
Me quedo mirando las tres líneas.
Vamos a hacer esto despacio, porque es lo único que tengo y porque no me lo puedo permitir mal.
Un duplicado de SIM presencial funciona así, y lo he explicado yo en una formación: alguien entra en una tienda con el documento de identidad de otra persona, dice que ha perdido la tarjeta, y sale con una nueva.
En ese momento la SIM del titular se apaga.
El titular se pasa entre uno y dos días pensando que se le ha estropeado el móvil, y durante esos dos días los mensajes que le manda su banco entran en el aparato del otro.
Para eso hacen falta tres cosas. Hace falta tener el documento de identidad de la titular en la mano, físicamente. Hace falta parecerse lo bastante o que a nadie le apetezca mirar. Y hace falta plantarse en un mostrador y sostener una conversación de siete minutos con una persona que trabaja allí.
Eso no lo hace un ordenador. Eso lo hace alguien de pie, con el documento de otra mujer en la cartera, diciendo buenos días.
Tres veces. En tres tiendas distintas, en tres provincias que no son la misma, con cinco años de diferencia entre la primera y la última.
Y las tres, un martes.
Si eso fuera casualidad, la probabilidad sería de una entre trescientas cuarenta y tres. Lo he calculado en el móvil porque no me fío de mi cabeza para estas cosas.
Pero es que además tiene sentido, y eso es lo que me pone la piel de otra manera.
El martes por la mañana es el peor día del comercio: no hay cola, no hay nadie detrás de ti metiéndote prisa, está la persona con menos experiencia del turno y nadie te va a mirar dos veces.
Y si lo haces un martes a las diez, tienes el martes entero y el miércoles antes de que la titular se dé cuenta de que su móvil no es que se haya estropeado.
Un martes no es una casualidad. Un martes es una decisión que alguien tomó una vez, que le salió bien, y que repitió otras dos.
Y ahora la parte que no me encaja y que voy a doblar hasta que encaje, porque es lo que hago.
Si B-01 es el hombre al que llamó mi prima, ¿por qué le duplicaron a él la tarjeta?
A un hombre que roba no se le duplica la línea. La línea se le duplica a la que va a perder el dinero.
Le doy tres vueltas en el aparcamiento con el sándwich enfriándose en el asiento y encuentro una explicación, y la explicación es buena, y por eso me la creo: que a él también lo estaban usando.
Que hubo alguien por encima. Que el veintiséis de junio de 2018 alguien entró en una tienda con el documento de ese hombre y le quitó el control de su propio teléfono, igual que se lo quitaron después a Nàdia Cots y a Carme Rosell.
Encaja. Encaja perfectamente y me deja a mi prima donde llevo ocho años poniéndola, que es fuera.
Lo apunto y sigo.
Saco del bolso el sobre de cartón que me dejó Mireia el sábado y una de las cartulinas de trescientos cincuenta gramos, la del relieve, la que ella dice que la gente se lleva a casa.
Y por detrás, con el boli, escribo las tres fechas.