28. El café de la estación
El café de la estación
La cafetería de la estación de Reus tiene el suelo de terrazo, cuatro mesas altas y una máquina de tabaco que ya no funciona, y a las doce del quince de agosto está vacía menos por un señor con una maleta.
Mireia llega a las doce y cuatro con dos bolsas.
—Perdona. Es que he tenido que pasar por la imprenta.
Me da dos besos. Deja el bolso en una silla. Y saca de una de las bolsas un sobre grande de cartón, lo abre y me pone encima de la mesa cuatro cartulinas.
—Mira, ya que estamos. Estos son los cuatro gramajes de las minutas. Este es el que te gustaba por la foto, el de trescientos, y este de aquí es el que yo te digo, que es de trescientos cincuenta y con relieve. Tócalos.
Los toco. Uno de ellos es más rígido.
—Se nota, ¿verdad? En la mano se nota muchísimo y en la foto no se nota nada. —Los va apilando—. Yo te digo el de trescientos cincuenta porque las minutas la gente se las lleva a casa. Es lo único que se llevan.
Pide un cortado. Le dice al camarero que le ponga el agua aparte.
Y ahora ya me mira.
—A ver. Dime.
Saco el teléfono gris del bolso y lo pongo en la mesa, entre las cartulinas.
Mireia lo mira dos segundos.
—Vale —dice.
—¿Vale?
—Vale, que ya está. Que ya ha aparecido. —Se echa hacia atrás en la silla—. Llevo dos años con esto en la cabeza y no me he atrevido a mirar en casa de nadie, y ahora está encima de una mesa. Pues vale.
—¿Sabías dónde estaba?
—No. Sabía quién lo tenía.
—¿Quién?
—Tu novio. —Lo dice sin ningún énfasis, como quien dice el nombre de un proveedor—. Desde enero o febrero de 2024. Eso lo sé.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque me lo dijo él.
El camarero trae el cortado. Ella le da las gracias por su nombre, Jordi, y espera a que se vaya.
—¿Álvaro te dijo que tenía el teléfono?
—Álvaro no me ha dirigido la palabra en dos años más que para preguntarme por dónde se sale al olivar. —Remueve—. Me lo dijo la otra persona. Que lo había perdido y que sabía quién se lo había cogido.
—¿Qué otra persona?
Mireia deja la cucharilla en el plato.
—Irene, aquí hay un señor con una maleta a cuatro metros y una cámara detrás de la barra. Yo en una cafetería no digo nombres.
—Entonces esto no sirve de nada.
—Esto sirve de una cosa. —Se inclina un poco—. Sirve para que sepas que yo no estoy en el otro lado.
—No sé qué es el otro lado.
—Yo tampoco del todo. —Y se encoge de hombros—. Eso también te lo digo.
Le sostengo la mirada.
—¿Qué son los cuatro contactos?
—No lo sé.
—¿No has visto la agenda?
—No he visto ese aparato en mi vida. —Señala la mesa con la barbilla—. Enséñamela y te digo si me suena algo.
No lo cojo. Ella no insiste. Se bebe la mitad del cortado.
—Nàdia Cots —digo.
Y esto sí le cambia la cara. No mucho. Un segundo.
—Nàdia.
—Sí.
—¿De dónde sacas tú a Nàdia?
—Me mandaste ayer su lista de invitados.
Mireia se queda quieta con la taza a media altura. Después la deja.
—¿Cuál te he mandado?
—La de Cots y Ribes.
Silencio. Cuatro segundos, cinco. Se pasa dos dedos por la ceja.
—Joder —dice, en voz baja—. Perdóname.
—¿Perdonarte qué?
—Es que las tengo por año y por mes, y agosto es agosto, y busco «lista buena» y cojo la primera. —Levanta la cara—. Es que yo esa boda no la hice, Irene. Esa boda no llegó a existir. La lista se me quedó ahí dentro con las demás.
Suena verdad. Ese es el problema de esta mujer y ya lo he entendido: todo lo que dice suena verdad, porque casi todo lo que dice es verdad.
—¿Qué pasó con ella?
Y me lo cuenta, y lo cuenta bien, y no le tiembla nada.
Que fue un lunes por la tarde de julio de 2021, con la finca cerrada.
Que la encontró Fermín, el del riego, a las siete y media.
Que ella estaba en Reus comprando y llegó cuando ya estaban los Bombers.
Que la finca estuvo cerrada tres semanas y que tuvo que cambiar de sitio dos bodas.
Que vino un perito, y una inspección, y que le pidieron vallar todas las balsas de la finca y que las valló al mes siguiente, las tres.
—Yo esa valla la tenía que haber puesto en 2019 —dice—. Eso lo llevo aquí y no se me va.
—¿Ella qué hacía allí?
—Nadie lo sabe. —Y me mira—. De verdad. Nadie lo sabe. Estaba a tres semanas de casarse y se metió por el camino de abajo un lunes que no había nadie. Los Mossos preguntaron mucho y no salió nada.
Se acaba el cortado.
—Irene, yo te voy a decir dónde estoy y luego tú haces lo que tengas que hacer.
—Dímelo.
—Yo tengo una finca con once personas trabajando en agosto y treinta y una bodas firmadas hasta octubre del año que viene.
—Va contando con la mano abierta, sin levantar la voz—.
Si esto sale ahora, y sale mal, y sale en el diario, a mí me cierran.
No me cierran los Mossos: me cierran las novias.
En una semana. Y a ti te dejan sin el doce de septiembre y sin las mil quinientas cosas que ya has pagado.
—Ya.
—Por eso no he ido yo a ningún sitio con esto. Que también te lo podría no decir. —Se queda callada un momento—. Y por eso llevo dos años esperando a que lo encontrara alguien que no fuera yo.
Empieza a meter las cartulinas en el sobre.
—Guárdate el aparato. No lo apagues. No se lo enseñes a nadie hasta que hablemos otra vez, y no hablemos por ahí. —Se levanta y se cuelga el bolso—. El de trescientos cincuenta, ¿eh. Que luego te arrepientes.
Deja un billete de diez debajo del platillo.
—Yo solo quiero que esto se resuelva bien, Irene.