27. M-04 no es una víctima
Mi tía va al cementerio el quince de agosto a las nueve de la mañana desde hace ocho años y no se lo ha pedido a nadie nunca. Se lo pregunto yo cada año el día antes y cada año dice que no hace falta, y cada año la llevo.
Está a las afueras, en la carretera de Riudoms, y a las nueve todavía se puede estar.
Roser lleva un cubo de plástico con agua del grifo de casa porque dice que la del cementerio sale marrón. Cambia las flores, tira las de julio en el contenedor de la entrada, moja el mármol con una bayeta y frota la letra.
No dice nada. Yo tampoco.
A los veinte minutos dice:
—Aquí hace más fresco que en casa.
—Sí.
—Es por los cipreses.
La dejo en la calle Sant Joan a las diez y cuarto. Sube sola los tres pisos porque no me deja ayudarla y porque, dice, si un día no puede subir ya se enterará ella la primera.
Me quedo en el coche, aparcada en doble fila con los intermitentes puestos.
Saco el teléfono gris.
Marco M-04.
Da un tono. Uno solo.
—Sí.
Es de día y estoy en una calle de Reus con un camión de reparto detrás y no hay ninguna música al fondo esta vez, solo una puerta, un extractor y ese ruido de sala grande que ya reconozco.
—Soy yo —digo.
—Ya lo sé. —Un segundo—. ¿Estás bien?
—¿Por qué me sabes el nombre?
—Porque lo sé. —Sin defenderse, sin dar explicaciones, con el tono de quien contesta la hora—. Mira, esto por teléfono no lo vamos a hacer. ¿Puedes venir a Reus?
—Estoy en Reus.
—Uy, pues mejor. —Se oye que anda—. Yo hoy tengo boda a las seis, o sea que a las cinco ya no soy persona. ¿A las doce?
—¿Dónde?
—En la cafetería de la estación. Es fea pero está vacía en agosto y hay aire.
Yo tengo el codo en la ventanilla y estoy mirando el retrovisor y hasta este momento sigo pensando que estoy hablando con una desconocida.
—No sé quién eres —digo, otra vez, como el día uno.
—Ya lo sé. Y no te voy a contar quién soy por teléfono, porque cuando te lo cuente vas a querer levantarte y no quiero que te levantes conduciendo. —Y añade, deprisa, como quien cierra un tema—: Tú no te agobies, que yo te acompaño en esto.
Y entonces, sin apartar el aparato de la boca, gira la cabeza y dice hacia otro lado, dos tonos más alto:
—¡Marc! Al dos, cariño, no al uno. Al dos.
El camión de reparto de detrás toca el claxon porque le estoy tapando media calle.
Yo no me muevo.
Hay una manera de decir «al dos, no al uno» que es de esta mujer y de nadie más. La oí el jueves a las once de la mañana, a doce metros, con un carro de mesas de por medio, dicha exactamente igual, con la misma subida en la última sílaba y con el mismo cariño metido en medio de la orden.
—¿Irene?
—Sí.
—¿A las doce entonces?
—A las doce.
—Vale, guapa. Hasta ahora.
Cuelga.
Me quedo con el teléfono en la mano y el motor en marcha y el camión pitando otra vez.
La mujer que lleva dos años esperando a que yo encontrara ese teléfono es la mujer que el lunes me eligió los centros de mesa y me quitó ciento sesenta y ocho euros de la factura de la floristería.