24. Prueba de sonido
Prueba de sonido
La prueba de sonido es a las once de la mañana de un jueves, que es un día raro para hacerla, pero es cuando puede el DJ.
Cuando llego, en el patio hay tres furgonetas y un camión.
Están sacando de la sala nueva las mesas de la boda del sábado pasado, apiladas de seis en seis en un carro, y a la vez están metiendo por la otra puerta las sillas de la de este sábado, que son distintas, doradas, y que vienen envueltas en plástico de burbujas.
Hay dos mujeres con guantes contando cristalería sobre una mesa de caballete.
En el aparcamiento, una furgoneta de una lavandería industrial de Valls carga sacos blancos con los manteles del sábado pasado.
En el suelo del patio, entre la gravilla, hay confeti seco pegado. Debe de llevar cinco días ahí.
Mireia está en medio de todo eso con el móvil en la mano y una carpeta bajo el brazo.
—¡Ya está aquí la novia! —Me da dos besos sin dejar de mirar el carro de las mesas—. Perdona el circo. Es que hoy tenemos las dos cosas encima.
—¿Quieres que vuelva otro día?
—Ni se te ocurra. —Levanta un dedo hacia uno de los chicos—. Marc, esas van al almacén dos, no al uno. Al dos. —Vuelve a mí—. Nosotros para agosto ya no somos personas. Somos una cinta transportadora.
El DJ se llama Òscar y ha venido con un altavoz de prueba y un maletín.
Lo que se hace en una prueba de sonido de una boda es esto, y no lo sabía nadie hasta que me tocó a mí: se comprueba de dónde sale la corriente, se comprueba dónde está el limitador acústico, se decide a qué hora se cierra y se mira si el ruido llega a la casa más próxima.
—El límite lo tenéis en el cuadro —dice Mireia—. Está precintado, no lo toques, que ya me han abierto un expediente una vez.
—¿Y la casa de ahí abajo?
—A cuatrocientos metros, y es de unos alemanes que vienen en Semana Santa. —Se guarda el móvil en el bolsillo del vestido—. Pero a las dos y media se corta igual, que es lo que dice la licencia.
Òscar quiere saber dónde enchufa.
—Detrás del muro. Ahí tienes el generador y una toma de treinta y dos.
—¿Y la furgoneta la puedo meter?
—Métela por el aparcamiento nuevo, que hay rampa. —Señala con la carpeta—. Antes esto era un desastre: la gente aparcaba en el camino y los proveedores se metían con la furgoneta por el olivar y me lo destrozaban. Hasta el veinticuatro, que hicimos el aparcamiento y se acabó el problema.
Lo dice entre dos frases sobre una rampa. No lo dice para nada. Está pensando en furgonetas.
Yo saco la libreta, hago como que apunto lo del limitador, y apunto otra cosa.
Porque llevo desde el martes con una idea que en el trabajo es lo primero que hago con una nave, con un local o con una casa que se ha quemado: datar las capas.
Un edificio miente peor que las personas. Un edificio tiene juntas, tiene tonos de mortero, tiene remates, tiene instalaciones que se ven a simple vista si has entrado en cuatrocientos siniestros. Se sabe qué es original, qué se levantó después y en qué orden.
Y esta finca, escrita en la última hoja de mi libreta de boda, es esto:
Masía y sala vieja — antiguo.
Sala nueva — 2022. Piedra de un desmonte de Vinyols.
Aparcamiento y piscina — 2024.
Cipreses — recientes, con tutor.
Valla de la balsa — menos de cinco años.
Miro la lista un rato con el lápiz apoyado en el papel.
Òscar y Mireia discuten a diez metros sobre si el enchufe de treinta y dos aguanta, y ella le dice que aguanta porque lo dimensionaron para el doble, y él le dice que eso lo dice todo el mundo.
Cuando terminamos, a la una, Mireia me acompaña hasta el coche y en la mesa de la entrada coge un cuaderno grapado y me lo da.
—Toma, llévate esto.
—¿Qué es?
—Los proveedores con los que trabajamos. Fotógrafo, vídeo, coche, peluquería, los de las letras de luz, todo. —Le da un golpecito con el nudillo—. No tienes que coger a ninguno, ¿eh. Pero si coges a uno de estos, yo puedo empujar. Si coges a uno de fuera, ya no.
Lo dejo en el asiento del copiloto.
Y de camino a Reus, en la recta antes de la rotonda, con el aire dándome en la cara, pienso una cosa que llevo pensando desde que he escrito las cinco líneas.
Cuando dato un edificio no lo hago por curiosidad. Lo hago porque cada capa se pagó con algo, y lo que a mí me pagan por averiguar no es de qué año es una pared.
Es de dónde salió el dinero.