Las novias de la línea muerta 23. Gabriel llamó
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23. Gabriel llamó

Gabriel llamó

A las cuatro y diez de la mañana estoy despierta boca arriba en la cama de Riudoms, con él dormido al lado, y lo que hago no es investigar nada.

Lo que hago es releer.

Todo lo que necesito lo tengo desde hace ocho años. Está en mi cabeza y no hay que ir a buscarlo a ningún sitio, y esa es exactamente la razón por la que nunca lo he mirado.

El atestado decía la verdad. Salieron del domicilio a las tres menos diez con intención de dirigirse a Torredembarra. Álvaro lo declaró aquella noche, en el hospital, con la sangre extraída y un agente delante, y nadie escribió nada distinto.

Y nadie preguntó quién le había llamado a las dos y cuarenta.

No lo preguntaron porque no hacía falta.

Cuando tienes un conductor con 0,68, una salida de vía y un talud, la investigación está terminada antes de empezar.

La causa está clara y la responsabilidad tiene nombre y apellidos y el nombre y los apellidos están conformes.

A nadie le interesa por qué dos personas cogieron un coche a las tres de la mañana el quince de agosto.

La gente coge coches a las tres de la mañana el quince de agosto.

Ahora la nota de Ferran, que también me sé de memoria y que también borré yo.

En el registro de llamadas del terminal de la fallecida figura un número no identificado con doce llamadas salientes el 14 de agosto entre las 18:00 y las 23:00 horas.

Doce llamadas entre las seis de la tarde y las once de la noche.

Y a las once y cuarto se plantó en Riudoms.

Todo este tiempo yo he tenido eso colocado de una manera y hoy se ha girado, y no se ha girado porque haya aparecido un dato nuevo. Se ha girado porque he preguntado en la cama a las dos de la mañana.

Lo que yo entendí en 2018: mi prima llamó doce veces a un hombre, no le cogió el teléfono, fue a buscarlo y no lo encontró.

Lo que sé ahora: fue a buscarlo a casa de Álvaro.

Y hay una tercera cosa que se me coloca sola a las cuatro y media de la mañana y que llevo dos semanas sin ver porque tenía las piezas separadas en dos cajones.

En ese teléfono hay cuatro contactos. Uno de ellos, B-01, es una línea que se dio de alta en marzo de 2018 y que se dio de baja en septiembre de 2018. Seis meses de vida, y los seis meses son los seis últimos meses de mi prima.

Y en el expediente de mi prima hay un número no identificado al que llamó doce veces el día antes de morir.

Es el mismo. Tiene que ser el mismo. No existe una segunda línea desconocida en esta historia.

B-01 es el número al que Bea llamó doce veces.

B-01 es el hombre.

Lo escribo en la última hoja de la libreta, a lápiz, debajo de las cuatro cifras, y lo subrayo dos veces, y me lo llevo puesto los quince días siguientes como quien lleva una piedra en el zapato y decide que es del zapato.

Nadie va a casa de un desconocido. Bea fue a Riudoms, a esa casa concreta, en fiesta mayor, a las once de la noche, y preguntó por Gabriel. Sabía que él pasaba por allí. Sabía dónde vivía la familia. Sabía a qué puerta llamar.

Y tres horas y media después, Gabriel llamó a su hermano y le dijo que la sacara de allí.

Voy a poner las dos cosas juntas despacio, porque es de madrugada y porque cuando se hacen estas cosas de madrugada salen mal.

Uno. Gabriel sabía que Bea estaba en esa casa. Alguien se lo dijo, o ella se lo dijo, o llamó él en algún momento y se lo contó Álvaro. No importa cómo.

Dos. Gabriel no fue.

Tres. Gabriel organizó que ella no estuviera allí durante dos horas.

Un hombre que quiere hablar con una mujer que lo está buscando, va. Un hombre que no quiere que esa mujer esté donde va a estar él, la aparta.

Eso no es un asesinato. Que quede claro, porque a las cuatro de la mañana todo parece otra cosa.

Eso es un tío de treinta y dos años que se estaba acostando con una mujer que se casaba en tres semanas y que no quería que se le presentara en casa de su madre en fiesta mayor.

Esto pasa todos los días en todos los pueblos de esta provincia y no mata a nadie.

Lo que mató a Bea fue media botella de ginebra y una curva.

Pero hay una cosa que sí me puedo decir sin que se me rompa entre las manos, y es esta: durante ocho años yo he creído que mi prima tenía a alguien y que se iba con el dinero.

Tenía a alguien.

Y ese alguien, con toda probabilidad, es el hombre que llamó a las dos y cuarenta.

Y el número al que Bea llamó doce veces el 14 de agosto está en un solo sitio en el mundo: en una nota interna de cuatro líneas y un adjunto, en el bloque financiero de un expediente del sistema antiguo.

Y esa nota la borré yo.

Me levanto sin hacer ruido, salgo al patio y me siento en el escalón con el móvil en la mano, sin desbloquearlo.

Amanece a las siete menos algo. Yo llevo aquí desde las cuatro y media, y lo único que soy capaz de pensar, dando vueltas, siempre lo mismo, es que llevo ocho meses acostándome con la única persona que podría decirme cuál era ese número.