Las novias de la línea muerta 22. La noche de la N-340
30%

22. La noche de la N-340

En Riudoms, en agosto, la casa de Álvaro se queda con el calor del día dentro y no hay manera. Dormimos con la ventana del patio abierta y el ventilador de techo, y aun así a la una de la mañana las sábanas están tibias.

Esta noche no espero.

No sé explicar bien por qué esta noche voy yo, y no me apetece explicarlo.

Se lo quito de las manos, le paso una pierna por encima, le digo que no y le sujeto las muñecas contra el colchón cuando intenta ir despacio, porque Álvaro va despacio, porque este hombre lleva cinco años tratándome como trata la madera, con paciencia y sin forzar la veta.

Hoy no quiero eso.

—Así no —digo.

—¿Cómo?

—Como si te diera igual.

Se queda quieto un segundo. Y luego lo hace. Lo hace como se lo he pedido, sin decir nada, con los ojos abiertos todo el rato, mirándome, que es lo peor de todo, porque no aparta la vista ni cuando le tiembla el brazo. Nunca la aparta.

Después nos quedamos tumbados sin tocarnos, cada uno con un pie fuera de la sábana, y el ventilador da vueltas y en el patio hay un grifo que gotea desde marzo.

A oscuras se pueden preguntar cosas. Es lo único bueno que tiene la oscuridad.

—¿Qué pasó aquella noche antes de que subierais al coche?

No se mueve.

—¿Por qué ahora?

—Por la boda.

Deja pasar cuatro o cinco segundos.

—Vale.

Y me lo cuenta.

Me cuenta que era la fiesta mayor, que él llevaba desde la comida y que a las once de la noche estaba en casa solo con la tele puesta y una botella de ginebra que había abierto a las siete. Me dice el número: llevaba media botella. Lo dice como se dice una medida, sin adornar.

Me cuenta que Bea llegó sobre las once y cuarto, llamó al timbre, él abrió y ella preguntó por Gabriel.

Que Gabriel no estaba. Que Gabriel no vivía allí desde 2015 pero pasaba mucho, y que Bea sabía que a veces estaba.

Que la hizo pasar porque en la calle hacía calor.

Que Bea se sentó en la butaca del salón, no en el sofá, y estuvo tres horas allí.

Que llamaba por teléfono. Que se levantaba, salía al patio, llamaba otra vez y volvía a entrar.

Que en tres horas no se tomó nada más que un vaso de agua.

Que él le preguntó dos veces si quería que la llevara a su casa y ella dijo que no.

Que él siguió bebiendo mientras tanto, sentado enfrente, sin saber qué decirle.

—¿De qué hablasteis?

—De los muebles. —Silencio—. Me preguntó si le podía arreglar un aparador de su abuela. Estuvimos media hora con eso.

Que a las dos y cuarenta sonó su teléfono y era su hermano.

Y aquí Álvaro se para y coge aire, y es lo único que hace en toda la noche que se parezca a algo.

—Me dijo: «¿Está ahí?». Y yo le dije que sí. Y me dijo: «Sácala de ahí. Dos horas. Llévatela a dar una vuelta».

—¿Y tú qué dijiste?

—Dije vale.

—¿No le preguntaste por qué?

—No.

—¿Ni una palabra?

—Ni una palabra. —Y ahora sí gira la cara hacia mí en la oscuridad—. Irene, yo a mi hermano no le he preguntado nunca nada. Desde los ocho años. Él dice una cosa y yo la hago.

Me cuenta lo último con la voz igual que todo lo demás.

Que se levantó, cogió las llaves y le dijo a Bea que Gabriel estaba en Torredembarra y que la llevaba.

Que era mentira. Que no sabía dónde estaba su hermano.

Que Bea se puso de pie, cogió el bolso y se subió al coche con él porque él le dijo que la llevaba con Gabriel.

Que salieron de Riudoms a las tres menos diez.

—Yo no me acuerdo de la curva —dice—. Me acuerdo de la rotonda de la Canonja y me acuerdo del hospital. En medio no hay nada.

Me quedo mirando el techo.

—¿Y no se lo dijiste a nadie? ¿Lo de la llamada?

—Se lo dije a la Guardia Civil esa misma noche. Está en el atestado. —Se incorpora sobre un codo—. Está escrito. Que salimos de mi domicilio a las tres menos diez con intención de ir a Torredembarra. Está ahí.

—¿Y lo de tu hermano?

—Nadie me preguntó quién me había llamado.

Se sienta en el borde de la cama, de espaldas, con los pies en el suelo.

—Y aunque me lo hubieran preguntado. —Se pasa la mano por la nuca—. Irene, mírame. Yo llevaba media botella. Yo cogí el coche. Yo saqué a tu prima de mi casa con una mentira y yo la maté en una curva que me sé de memoria porque he pasado por ahí cuatro mil veces. Eso no cambia por quién me llamara.

—No he dicho que cambie.

—Ya. —Se queda ahí sentado—. Pero lo estás pensando.

No le contesto.

Me levanto, voy al baño y enciendo la luz, y me lavo las manos con el jabón de pastilla que tiene ahí desde que lo conozco, dos veces, con agua muy caliente, hasta que me pican.

Vuelvo a la cama. Me tumbo detrás de él y le pongo la mano abierta en la espalda, entre los omóplatos, donde tiene la marca de una quemadura de barniz de hace años.

—Ven —le digo.

Y viene.