20. Las cosas que le pedí que mirara
Las cosas que le pedí que mirara
Empiezo por lo que recuerdo, que es como empieza todo el mundo y por eso todo el mundo se equivoca.
Lo que recuerdo son dos veces.
Recuerdo una en enero, la primera, en su cocina, con él detrás de mí mientras yo estaba de pie mirando el móvil, y un cliente suyo que tenía un parte de daños de agua parado desde noviembre y que le estaba dando la brasa.
Miré en qué estado estaba. Le dije que faltaba el informe del fontanero.
Se lo dije en cinco segundos y no abrí ningún documento.
Y recuerdo otra en abril o mayo, de un coche.
Dos veces. Eso es lo que me habría dicho a mí misma si me lo pregunta alguien ayer.
Hoy es martes y he abierto la conversación de WhatsApp con Gabriel y he bajado hasta el principio, hasta diciembre, y la he leído entera. Son cuatro horas. Hay que buscar despacio porque él no escribe nunca la palabra que buscas.
Esto es lo que hay.
16 de enero. Oye, una consulta tonta. El de la calle Balmes. ¿Tú puedes ver si le han pedido algo y no se ha enterado? Es que el tío me tiene frito. Y mi respuesta: Falta informe del fontanero. Dile que llame él, que a mí no me hagas. Esa la recordaba.
2 de marzo. ¿Me miras una cosa? Un Golf del 19, siniestro de febrero. Matrícula. Y yo: Está pagado el 26. Que mire la cuenta. Esa no la recordaba en absoluto.
11 de abril. La nave de mi cliente de Botarell.
Dice que le han denegado. ¿Le han denegado o se lo está inventando?
Y ahí yo abrí el expediente y leí la carta de rechazo y le conté por encima lo que decía.
Esta es la que recordaba como «un coche», y no era un coche, era una nave industrial, y no fue una mirada de cinco segundos: fue leerse una carta de tres páginas y resumírsela.
28 de mayo. Y esta es la que me deja sentada en el sofá con el móvil en la mano.
Esta no me la pidió él.
Mira, ese siniestro de la casa de Salou que me contaste el otro día, lo he mirado y no es de los nuestros, es de Mapfre. Si quieres te digo con quién hablar allí.
Se lo ofrecí yo. El 28 de mayo, a las once y veinte de la noche, después de estar con él, entré a comprobar un siniestro que ni siquiera era de mi compañía para poder escribirle eso.
Cuatro. Como mínimo cuatro, porque estas son las que están escritas, y las que se piden en una cocina de pie no están escritas en ninguna parte.
Ahora la cuenta que importa.
De esas cuatro, dos son consultas rápidas de estado que a lo mejor ni generan registro documental. Las otras dos son entradas en expedientes ajenos sin causa asignada, hechas de noche, desde mi móvil corporativo, con mi usuario.
Y yo no me acordaba. Habría jurado que eran dos y que eran tonterías, y lo habría jurado de buena fe, y me habría equivocado en la mitad.
Eso es lo que se me ha roto hoy y no lo otro.
Porque llevo once años sentando a gente delante de mí y preguntándoles qué hicieron el 14 de marzo, y cuando me dicen «yo eso no lo hice» yo apunto en el margen que el testimonio no es fiable, y tengo razón, y sigo teniendo razón.
No es que la gente mienta. Es que la gente no se acuerda y rellena.
Rellenamos siempre. Rellenamos con lo que nos deja dormir.
Yo he rellenado cuatro con dos.
Así que ahora vamos a la pregunta que llevo desde ayer sin querer poner encima de la mesa.
¿Puedo afirmar, con la mano en el pecho, que las consultas del 21 de julio, del 24, del 30 y del 6 de agosto no las hice yo?
De la del 30 de julio a las seis y treinta y cinco, sí. Esa no.
De las otras, no.
No puedo. He entrado en expedientes ajenos de noche por menos de eso.
He entrado en uno que era de otra compañía.
Si yo fuera la investigadora de este expediente, y viniera una mujer de treinta y seis años a decirme que cuatro de siete accesos no son suyos pero que los otros tres a lo mejor sí, yo cerraría la carpeta y escribiría una palabra.
Y hay otra cosa. La única persona a la que podría preguntarle si él ha visto algo raro, si alguien ha tocado mi móvil, si aquella noche de enero me dejé la sesión abierta en algún sitio, es la misma persona a la que se los pedí.
Y para preguntárselo tengo que ponerle delante las cuatro conversaciones.
Y para ponerle delante las cuatro conversaciones tengo que reconocer, si esto acaba en algún sitio, que existen cuatro conversaciones.
Me quedo con el móvil en la mano, en el chat, con el dedo encima.
Están los cuatro mensajes. Está lo demás. Están ocho meses de jueves.
Y lo único que no puedo hacer es borrarlo.
Borrar es lo único que no se puede explicar después.