Las novias de la línea muerta 15. La balsa
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15. La balsa

La balsa

El sábado me levanto a las siete y le digo a Álvaro que voy a Reus a lo de mi tía y que como allí.

Antes de salir hago dos cosas.

La primera es entrar en la sede electrónica del catastro y buscar la zona que sale en un par de resultados sueltos cuando cruzo el nombre del pueblo con la palabra balsa: un área de avellanos al noreste del término, entre dos caminos, donde el visor muestra cinco parcelas grandes y, en la ortofoto, tres rectángulos de agua.

La segunda es coger la cinta métrica del cajón de las herramientas de mi cocina. Una de cinco metros, amarilla. No sé todavía para qué la quiero. La meto en el bolso.

Llego a las diez menos cuarto. Dejo el coche en un ensanche del camino, al lado de una caseta de riego con la puerta reventada, y sigo a pie.

A las diez de la mañana de un ocho de agosto el campo está en un silencio que impresiona.

Los avellanos están cargados y polvorientos.

El suelo cruje. Huele a tierra seca y al herbicida que han pasado por los ribazos hace poco, ese olor dulzón que se te queda pegado.

Al fondo, por encima de la línea de árboles, el vapor blanco de las torres subiendo recto.

La primera balsa es pequeña y está seca, con el fondo lleno de hojas.

La segunda tiene una malla verde por encima y una bomba nueva.

La tercera está a doscientos metros, al final de un camino que se estrecha, y cuando llego al último tramo veo dos cosas a la vez.

Una es la balsa: un rectángulo de hormigón de unos doce metros por ocho, con el agua a media altura, verde, con la línea blanca de la cal marcando dónde llegaba antes, una escalerilla de hierro oxidada en la esquina y una arqueta con dos válvulas.

Está vallada. La valla es de malla galvanizada con postes de acero, con la brida de plástico todavía blanca en cada nudo, y la puerta tiene un candado.

Esa valla no tiene ni cinco años. La balsa tiene cuarenta.

La otra cosa que veo es la hilera de cipreses.

Están a mi derecha, arriba, más allá del ribazo, en fila, atados a sus tutores. Los conté cuando vine el martes por la tarde porque venía nerviosa y contar es lo que hago. Son veintidós.

Me quedo quieta en mitad del camino con la cinta métrica en el bolso.

Subo el ribazo. Son cuatro pasos y una zarza. Arriba se acaba el avellanar y empieza el olivar, y el olivar está limpio, desbrozado, con el suelo pasado con máquina, y desde el borde del olivar se ve todo.

Se ve la parte de atrás de la sala nueva, con la pared de arcos.

Se ve el muro bajo detrás del cual va el generador.

Se ven los dos plátanos.

Saco la cinta y no la uso, porque cinco metros no dan para esto, y hago lo que sí sé hacer, que es medir a pasos. Tengo el paso calibrado desde hace años: setenta y cinco centímetros. Es una tontería de perito, se aprende en dos tardes y sirve para muchísimo.

Voy desde la esquina de la valla hasta el primer plátano contando en voz baja.

Ciento seis pasos.

Ochenta metros redondos, arriba o abajo.

La barra del cóctel va entre los dos plátanos.

Lo dijo Mireia el martes y lo tengo escrito en la libreta con la letra de Álvaro, porque ese día apuntó él: barra entre plátanos, generador detrás del muro .

A las siete y media de la tarde del doce de septiembre habrá ahí ciento dieciocho personas con una copa en la mano, y mi tía Roser estará sentada cerca de la puerta sin escalón porque no puede estar mucho rato de pie, y detrás del ribazo, a ciento seis pasos, en línea recta y sin nada en medio salvo un talud de dos metros, estará el sitio donde el 12 de julio de 2021 el personal de esta misma finca sacó a una mujer de treinta y cuatro años.

No he traído sombrero. Llevo veinte minutos al sol.

Estoy pensando esto, de pie en el borde del olivar, cuando oigo un motor.

Es un buggy de esos de reparto, eléctrico, de los que usan para llevar las cajas del catering desde el aparcamiento. Baja por el camino interior con dos chavales de camiseta negra y una torre de sillas apiladas.

Y detrás, andando, con gafas de sol y una carpeta contra el pecho, viene Mireia.

Me ve desde lejos. Levanta el brazo entero y lo mueve.

—¡Ireneee!

No hay nada que hacer. Levanto la mano.

Llega hasta el borde del olivar sin prisa, apartando una rama que le da en el hombro, y cuando está a diez metros ya está hablando.

—Pero bueno, ¿y tú qué haces aquí un sábado? —Se ríe—. ¿Te ha entrado el pánico?

—Iba a Reus. —Señalo hacia el camino con la barbilla—. He visto los cipreses desde la carretera y he parado.

—Ay, los cipreses. Es que quedan de foto, ¿eh? Me dijeron que tardarían quince años en dar sombra y que para qué los ponía. —Se sube las gafas a la cabeza y mira hacia abajo, hacia el avellanar, hacia el camino por el que he subido—. ¿Has aparcado ahí abajo?

—Al lado de la caseta.

—Uy, con el coche no bajes más, que se te queda. —Se gira otra vez hacia mí y sonríe—. Anda, ven, que ya que estás te enseño la piscina con luz de día. El martes la viste de noche y no es lo mismo.