Las novias de la línea muerta 13. La versión que me sirve
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13. La versión que me sirve

La versión que me sirve

Los viernes de agosto en la oficina no pasa nada. A las once he cerrado lo único que tenía y he mandado tres correos que no contestará nadie hasta septiembre, y a las once y cuarto hago lo que hago con cualquier expediente que no cuadra, que es sentarme a construir versiones.

Es un método y me lo enseñó un jefe que ya no está. Escribes todas las versiones que explican los hechos, incluidas las que no te gustan, y a cada una le buscas el punto por donde se rompe. La que aguanta más peso es por la que empiezas a trabajar. No es adivinar. Es descartar en orden.

Cojo un pósit, porque el pósit se tira.

Uno. Es un teléfono viejo suyo. De cuando el taller era del padre, de cuando llevaba dos números. Se le quedó detrás del rodapié en una obra y ahí se quedó.

Se rompe por dos sitios. Un aparato olvidado en 2014 no tiene el treinta y uno por ciento de batería en 2026. Y nadie guarda cuatro contactos con una letra y un número correlativo. Los teléfonos viejos están llenos de basura: la ITV, el del gas, un tal Josep.

Dos. Es de un cliente. Álvaro se lo quedó en prenda o se lo dejaron. Hay gente que le debe dinero desde hace años y él no reclama nada nunca; hay una libreta en el taller con nombres y cantidades de 2019 que no ha cobrado.

Esta se rompe por el mismo sitio de la batería, pero se puede empujar: si el aparato está en un cajón de su casa y de vez en cuando lo enchufa al hacer limpieza, aguanta.

Tres. Álvaro está metido en algo. Muebles en negro, alguien que le pide guardar cosas, un favor a alguien del pueblo que empezó pequeño.

Esta se rompe por dentro y no por fuera. Me la quito de encima en once segundos y me doy cuenta de que me la he quitado de encima en once segundos.

Cuatro. El teléfono no es de Álvaro y lo puso ahí otra persona.

Esta la escribo, la leo y la tacho. La tacho porque parece de novela. Porque para que alguien meta un aparato detrás de un rodapié en el taller de mi novio hace falta que ese alguien entre en el taller de mi novio, y en ese taller entramos él, yo y su madre a llevarle el táper.

Cuatro versiones. Ninguna aguanta la frase.

Llevo dos años esperando que encontraras ese teléfono.

Eso es el dato duro. En un expediente, el dato duro es el que no puedes mover: la hora del parte médico, el peso del camión, la lectura del contador.

Todo lo demás se acomoda alrededor. Y aquí el dato duro es una mujer que descuelga a la segunda, a la que no he dicho mi nombre, que sabe mi nombre, y que llevaba dos años esperando.

Ninguna de mis cuatro versiones sostiene esa frase. La uno y la dos no la sostienen porque un teléfono olvidado no tiene a nadie esperando al otro lado. La tres tampoco, porque quien guarda algo por un favor no anuncia el plazo. La cuatro sí la sostendría, y por eso la he tachado.

Si esto fuera un expediente de otra persona, yo escribiría en el informe que la versión del cliente moroso no explica el hecho principal y que hay que ir a por la cuarta.

Lo que hago es doblar el pósit por la mitad, romperlo en cuatro y tirarlo a la papelera de debajo de la mesa. Y después sacar los trozos y tirarlos a la del pasillo.

A la una y veinte me escribe Mireia.

Buenas! Cristina ya tiene autocares 💪 Y una cosa: he apuntado lo de tu tía en la ficha de sala para que no se me pase. Cualquier cosa me dices y lo vemos, para eso estoy. Buen finde!

Contesto con un gracias y dos emoticonos.

A las siete, en el coche, con el aire puesto y el motor en marcha en el aparcamiento de mi casa, saco el teléfono gris del bolso y marco M-04.

Apagado o fuera de cobertura.

Y esa noche, cenando sola, me cuento la versión dos entera y con detalles: el mueble sin pagar, el hombre del pueblo, el aparato que Álvaro se quedó por no discutir y que no ha tirado porque él no tira nada, y la mujer del otro lado que llevaba dos años queriendo recuperar el móvil de su marido y que ha reconocido mi voz porque nos habremos visto en alguna fiesta mayor.

Me lo cuento bien. Con los huecos rellenos. Duermo siete horas.

Eso fue lo que quise creer, y lo elegí un viernes por la tarde con toda la información delante.