12. Un hombre que arregla cosas
Un hombre que arregla cosas
Llego a Riudoms a las ocho y media. El taller tiene la puerta grande abierta de par en par y las dos ventanas altas también, para que corra algo, y aun así dentro hay dos grados más que fuera.
Álvaro está de espaldas, con la camiseta pegada, lijando a mano.
—El rodapié del fondo está suelto —digo.
No me giro a mirarlo. Lo digo dejando el bolso en el banco, con el tono de la mujer que avisa de una bombilla fundida.
Álvaro para. Se limpia las manos en el trapo que lleva en el cinturón y mira hacia allá.
—Ya.
—Se sale por arriba.
—Es de la solera.
Y entonces me cuenta el taller.
Me cuenta que esto lo levantó su padre en el setenta y nueve, con permiso de nadie, y que la solera la echaron un domingo entre seis hombres del pueblo y que la echaron mal, sin lámina, directamente sobre la tierra.
Me cuenta que en invierno la humedad sube por debajo y que por eso hay una franja de un palmo en la pared del fondo que se come la pintura cada dos años.
Me cuenta que su padre puso el rodapié en el noventa y cuatro con haya que le sobró de una cocina, y que él lo ha quitado y lo ha vuelto a poner tres o cuatro veces para pintar detrás.
—Habría que picar y echarla otra vez —dice—. Son dos semanas y hay que sacarlo todo. Mi padre decía lo mismo y no lo hizo en veinticinco años.
Habla dos minutos seguidos. Para Álvaro, dos minutos es un discurso. Y todo lo que dice es verdad, y todo lo que dice es interesante, y todo lo que dice contesta a una pregunta que yo no he hecho.
Lo que yo he dicho es que el rodapié está suelto. Lo que él ha contestado es de quién era este sitio.
Y no me pregunta nada.
Esto es lo que hay que entender de esta escena, porque me pasé la noche del jueves dándole vueltas.
Una persona a la que su pareja le dice el rodapié del fondo está suelto pregunta una de estas dos cosas: cómo lo sabes, o para qué has ido tú ahí detrás.
Las dos preguntas son automáticas. No son sospecha. Son conversación.
Álvaro no hace ninguna de las dos. Vuelve a la lija.
Y una ausencia es peor que una mentira, porque una mentira la puedo contrastar.
—Voy a por agua —digo.
—En la nevera de casa. La de aquí está caliente.
Sale él, porque siempre sale él.
En cuanto oigo la puerta de la casa me agacho en el fondo del taller, con el móvil en la mano y la linterna encendida, y miro el rodapié de cerca por primera vez con luz.
Está atornillado. Toda la tira, cada cuarenta centímetros, con tornillos de cabeza plana viejos, oscurecidos, con la ranura llena de pintura de tres colores distintos. Se ve que llevan ahí desde el noventa y cuatro y que los han pintado por encima muchas veces.
En el tramo de metro y medio de debajo del banco hay cuatro tornillos que no son esos. Son de estrella. Están limpios. Tienen el filo vivo y no tienen pintura ninguna, ni por dentro de la cabeza ni alrededor.
Y hay un detalle más, que es el que me hace sentarme en el suelo. Alrededor de los cuatro tornillos nuevos la madera tiene un halo mate, un cerco donde la pintura se ha levantado en escamas finísimas, y ese cerco no está en ninguno de los otros.
Eso pasa cuando aprietas un tornillo nuevo sobre una superficie pintada. No pasa una vez. Pasa cada vez.
Me quedo en el suelo con la linterna encendida y no saco ninguna conclusión, y quiero que conste que no la saco.
Porque este hombre lleva desde el noventa y cuatro quitando y poniendo ese rodapié para pintar detrás.
Porque este hombre desmonta cosas todos los días de su vida y las vuelve a montar mejor de lo que estaban.
Porque en este taller hay cuatro cajas de tornillería clasificada por medidas y porque el año pasado le cambió los herrajes a un armario de mi madre y le dejó los originales dentro de una bolsa con una nota.
Encontrar tornillos nuevos en el taller de un carpintero no significa nada.
Apago la linterna cuando oigo la puerta.
—Toma.
Me da la botella. No me pregunta por qué estoy sentada en el suelo del fondo. Se lo apunto también.
—Ven, que te enseño lo que te decía.
Lo tiene en el banco pequeño, tapado con un trapo. Es un cofre. Del tamaño de una caja de zapatos, más bajo, de nogal, sin barnizar todavía, con la tapa suelta encima.
—¿Y esto?
—Para las cartas de la gente. Del día doce. —Encaja la tapa otra vez—. Mireia dice que se pone una cosa a la entrada y que la gente echa ahí los sobres. Y yo no le voy a comprar una urna de cartón.
Lo cojo. Pesa. Las esquinas están hechas a cola de milano, esas colas de milano finas que a él le salen a mano y que la gente cree que son de máquina.
—No lo has pegado.
—No.
—¿Y no se abre?
—Se abre si tiras. —Encaja la tapa, la levanta, la vuelve a encajar—. Va a presión. Yo esto no lo encolo.
—¿Por qué no?
—Porque una junta encolada la tienes que romper para abrirla. —Pasa el pulgar por la esquina, comprobando el ajuste—. Las buenas se hacen para poder abrirse y volver a cerrarse sin que se note nada.