10. Comida de familia
Comida de familia
Rosa Vilaplana vive en un piso de la avenida de Montbrió con las persianas a media altura todo el verano y un aparato de aire en el salón que enciende solo cuando viene gente, porque dice que ella sola no gasta.
Hoy viene gente. Ha hecho arroz.
—Que quiero que Irene me vea lo que me he comprado —ha dicho por teléfono—. Que si no le gusta lo cambio, que tengo hasta el veinte.
Gabriel llega el último, a las dos y veinte, con vino y con una caja de la pastelería de la plaza. Le da dos besos a su madre, le da la mano a su hermano y a mí me dice hola.
No me dice mi nombre. En tres horas no lo dice ni una vez. Yo lo cuento, porque eso es lo que hago.
Comemos los cuatro en la mesa del salón con el aire puesto y las persianas bajadas.
Rosa habla de la carestía, del arroz, de que ya no venden el bacalao como antes.
Álvaro sirve. Gabriel le pregunta a su madre por la rodilla y por la vecina del cuarto y por el chico de la farmacia, y Rosa contesta a todo con una precisión que a mí me da un poco de vértigo: fechas, nombres, dosis.
—¿Y tu tía qué se pone? —me dice, de repente.
—Todavía no lo sabe.
—Ay, pues que se dé prisa, que luego no hay nada.
—Se lo diré.
—Yo se lo digo si quieres.
—No hace falta.
—Bueno. —Se limpia—. Yo lo digo.
Después del café me lleva al dormitorio. La cama está hecha con la colcha de verano y encima, extendido, hay un conjunto de chaqueta y falda en un color entre verde y gris que le queda muy bien y que ella no sabe que le queda muy bien.
—Es de la tienda de la calle Major.
—Es precioso, Rosa.
—¿Sí?
—De verdad.
—Es que el verde no sé si es de boda.
—Es de boda.
Se pone contenta y no lo dice, y se va al armario a buscar los zapatos, que están en la parte de arriba, y se tiene que subir a un taburete, y le sujeto el taburete.
Baja los zapatos. Y baja también, porque estaba al lado y porque una vez que la tienes en la mano ya no hay quien la pare, una caja de zapatos vieja con una goma alrededor.
—Espera, espera, que te enseño una cosa.
Volvemos al salón con la caja.
—Mamá —dice Álvaro.
—Que es un momento.
Quita la goma. Dentro hay fotografías sueltas, una libreta de la cartilla de vacunas, dos boletines de notas del colegio, un rosario, un sobre de una clínica dental.
—Mira. —Saca dos radiografías grandes, de esas panorámicas, y las levanta contra la ventana—. Los dientes.
—¿De quién?
—De los dos. Se las hicieron el mismo año, que fuimos juntos. —Señala—. Este es Álvaro. Y este el pequeño.
Se ven dos mandíbulas de niño con los dientes definitivos esperando arriba, en fila, dentro del hueso. Es una imagen que he visto veinte veces en mi vida y que nunca me ha parecido nada, y hoy, con este calor y este arroz, me parece una cosa rarísima.
—Aquí tenían siete años —dice Rosa—. Este se portaba bien y este no.
—¿Cuál es cuál?
—Adivínalo.
Gabriel se levanta.
Lo hace sin brusquedad. Recoge su plato y el de su madre, dice que va poniendo la cafetera aunque ya nos hemos tomado el café, y se va a la cocina, y a los diez segundos se oye el agua del grifo.
Y yo miro a Álvaro.
Y Álvaro no está mirando la caja. Álvaro está mirando la puerta de la cocina, y llevaba mirándola desde antes de que su hermano se levantara. Lo sé porque cuando yo he levantado la vista de las radiografías, él ya tenía la cabeza girada.
Rosa sigue. Saca una foto de comunión, saca un boletín, dice que el pequeño en cuarto sacaba unas notas de miedo y que luego se torció con los estudios, dice que Álvaro nunca fue de estudiar pero que tenía las manos.
Yo le sigo la conversación y no me entero de nada de lo que digo.
Lo que estoy haciendo es intentar colocar una cosa en algún sitio, y no encaja en ninguno. Un hombre de cuarenta años que se levanta cuando su madre saca fotos de la infancia no es un dato. Hay millones de hombres así. Mi propio padre salía de la habitación.
El dato no es Gabriel.
El dato es que Álvaro sabía que iba a levantarse.
Rosa lo guarda todo, pone la goma, deja la caja en la mesita del teléfono y dice que un día tiene que ordenar eso. Gabriel vuelve con la cafetera y sirve y se sienta y le pregunta a su madre si ha ido al ambulatorio a lo de la rodilla.
A las seis nos vamos. En el rellano Rosa me da un táper de arroz para llevar y me dice otra vez que si el verde no será mucho verde.
En el coche, cuando salimos de la avenida, lo digo con el tono más plano que tengo.
—A tu hermano no le gustan las fotos.
—No —dice Álvaro.
Pone el intermitente. Gira. Mira el retrovisor.
Y no añade nada, porque él contesta a lo que le preguntas y no una palabra más, y llevo cinco años queriéndolo por eso, y es la primera vez en cinco años que me habría gustado que siguiera hablando.