8. La masía
La masía
Mas Ventalló está a cuatro kilómetros de Riudoms por un camino asfaltado con una hilera de cipreses nuevos, plantados hace poco, todavía atados a sus tutores.
Al fondo, detrás de la casa, se ven las torres de la petroquímica.
En las fotos de la web no se ven, porque las fotos están hechas desde el otro lado.
Llegamos a las siete menos veinte, con cuarenta minutos de retraso, porque Álvaro ha tenido que volver a por el sobre de la documentación del catering.
En el aparcamiento hay una furgoneta de flores, un camión pequeño con la puerta abierta y dos chavales con camiseta negra bajando cajas de copas. El sábado hubo boda aquí. El sábado que viene hay otra.
Mireia nos ve desde la puerta grande y levanta una mano y nos hace un gesto de que un minuto. Tiene el teléfono en la otra oreja.
—Sí. Sí, ya lo sé. —Nos sonríe, se aparta dos pasos—.
A ver, Cristina, escúchame. La empresa de autocares te ha dejado tirada, eso es así, y ahora te pones a llorar y a mí también me dan ganas, pero eso lo hacemos el lunes.
—Escucha—. No. No, no vas a llamar tú a nadie.
Yo tengo dos teléfonos de Reus y uno de Cambrils y voy a llamar yo, que a mí me lo cogen.
Tú lo que vas a hacer ahora es mandarme el número de gente exacto, no aproximado, exacto, con los que suben en Tarragona y los que suben en Salou.
¿Vale? Eso en diez minutos. —Escucha otra vez—.
Cristina. Que el sábado tus abuelos van a estar sentados en su sitio. Te lo digo yo.
Cuelga. Se guarda el móvil en el bolsillo del vestido, que tiene bolsillos, y viene hacia nosotros con las dos manos abiertas.
—Perdonadme. Una novia de dentro de once días.
—¿Se han quedado sin autocares? —digo.
—Se han quedado sin empresa. —Levanta las cejas—. Ha cerrado. El martes. Con las reservas cobradas.
Lo dice sin bajar la voz y sin ninguna satisfacción, como quien dice que ha subido el pan, y nos hace pasar.
La sala nueva está a la derecha del patio. Es un rectángulo grande de piedra con vigas de madera vista y una pared entera de arcos que dan al olivar, y tiene el aire acondicionado puesto desde hace horas porque hay que enfriarla desde media tarde o no hay manera.
Álvaro entra y va derecho a la pared del fondo.
—Esto no es de aquí —dice, con la mano en la piedra.
—Es de una masía de Vinyols que tiraron. —Mireia se pone a su lado—. Compramos el desmonte entero. Setenta toneladas. Estuvo dos años en el campo de detrás, tapada con lonas, hasta que encontramos a alguien que supiera colocarla.
—Se nota.
—Se nota, ¿verdad? —Y ahí sí se le pone otra cara—. Es que yo esto no lo podía hacer con piedra de fábrica. Aquí viene gente de Barcelona y de Madrid y te dicen que quieren una masía, y luego les pones una pared de plaqueta y no saben por qué no les gusta la foto. No lo saben, pero lo ven.
—¿De qué año es? —digo.
—La obra, de 2022. La piedra, de mil setecientos y pico.
Nos sentamos en una mesa redonda montada a medias, con el mantel puesto y sin cubiertos, y sacamos las carpetas.
El menú se cierra en cuarenta minutos. Aperitivo, dos entrantes al centro, pescado, carne, el postre con el logotipo del pastelero, que Mireia nos recomienda quitar y quitamos.
Alergias: seis. Intolerancias: cuatro. Un vegano, que es un primo de Álvaro que se hizo vegano en marzo y al que Rosa todavía no se lo perdona.
Mireia lo apunta todo a mano, en un cuaderno, y luego lo pasa al portátil delante de nosotros.
—Mi tía no puede con las escaleras —digo, cuando llegamos a la distribución de mesas.
—Ya. Se lo ponemos abajo, cerca de la puerta de la izquierda, que es la que no tiene escalón. —No levanta la vista—. Y hablo yo con los del catering para que a esa mesa le entren por ese lado, que si no le pasan las bandejas por detrás de la cabeza y se pone nerviosa.
Yo no le he dicho a esta mujer que mi tía se pone nerviosa cuando le pasan cosas por detrás.
Puedo haberlo dicho en octubre. Estuvimos aquí una mañana entera en octubre, con el café, y hablé mucho, y de eso hace nueve meses y medio y no me acuerdo de la mitad de lo que dije.
—Perfecto —digo.
—Y tú tranquila, ¿eh? —Cierra el portátil—. Que para eso estoy yo. Yo os acompaño en todo el proceso y de aquí al día doce no vais a tener que perseguir a nadie. Si hay un problema, me llamáis a mí y ya está.
Hay medio segundo raro. Un chirrido pequeño, de esos que te da el oído cuando reconoces una canción por dos notas y luego no la reconoces.
Llevo tres días durmiendo cuatro horas. Lo dejo pasar.
Nos acompaña hasta el patio. Por el camino nos enseña el aparcamiento nuevo, que es de 2024, y la piscina, que también, y dice que la piscina no se usa para nada más que para las fotos y que fue el mejor dinero que ha gastado en su vida.
—¿La barra dónde va? —pregunta Álvaro.
—Ahí, entre los dos plátanos.
—¿Y el generador?
—Detrás del muro, que no se oye.
Álvaro asiente. Va hasta el muro. Mira detrás.
En el coche, ya en el camino de los cipreses, me doy cuenta de una cosa y es una tontería y la apunto igual.
Álvaro ha estado dos horas en esa finca y no ha preguntado dónde estaba nada. Ni el baño, ni el interruptor de la sala, ni por dónde se sale al olivar. Ha ido.