Las novias de la línea muerta 7. Lo que me contó primero
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7. Lo que me contó primero

Lo que me contó primero

El piso de Gabriel da a la parte de atrás y en agosto tiene las persianas bajadas hasta el suelo desde las once de la mañana, así que dentro es una hora indeterminada de la tarde con el ventilador de pie girando y el zumbido de la nevera.

Huele a suavizante. Es lo primero que me llamó la atención de esta casa hace ocho meses: que huele a ropa limpia y no a hombre solo.

Hoy es martes. Nosotros no somos de martes. Los martes él tiene visitas en Cambrils y en ocho meses yo no he puesto un pie aquí un martes ni una sola vez, y he venido hoy precisamente por eso, porque lo que se acaba se acaba fuera del sitio donde pasaba.

—Esta es la última vez —digo, todavía de pie, con el bolso colgado.

—Vale.

Deja el vaso en la encimera y va a por otro.

—Lo digo en serio.

—Ya lo sé —dice—. ¿Con hielo?

En marzo también lo dije. Y en mayo, después de la despedida de una prima suya, en el coche, con más aspavientos.

Él no me lo recuerda. Nunca me lo recuerda.

Si me lo recordara, yo tendría algo que discutir, y llevo ocho meses sin tener nada que discutir con este hombre, que es una parte del problema que he tardado en identificar.

Me da el vaso y se sienta en el brazo del sofá, no en el sofá. Se queda un palmo más alto que yo.

—¿Cómo está tu tía?

—Bien.

—Bien.

—Con la humedad de la galería.

Asiente. No dice nada. Espera tres segundos largos y después pregunta:

—¿Y ella dice su nombre?

—¿El de quién?

—El de tu prima.

Me quedo con el vaso a medio camino.

—No.

—¿Nunca?

—Nunca. —Bebo—. Ni el de Álvaro.

—¿Y tú?

—Yo tampoco.

—¿Y eso lo habéis hablado alguna vez?

—No hay nada que hablar.

—Ya. —Se mira las manos—. Perdona. Es que me parece mucho trabajo.

Y ahí es donde pasa lo que pasa siempre y donde ya debería haber aprendido a levantarme.

Le cuento que el domingo mi tía me enseñó la mancha por decimoquinta vez.

Le cuento que ha contado las semanas que faltan para la boda y que sabe que el doce cae en sábado.

Le cuento lo de la habitación con las cajas de 2017.

Le cuento que llevo siete años yendo tres veces por semana a arreglarle cosas que no están rotas y que si dejara de ir no pasaría absolutamente nada, y que por eso voy.

Hablo once o doce minutos seguidos. Lo sé porque miro el reloj del horno cuando termino.

Gabriel no dice ni una frase de las que dice la gente. No dice que soy muy buena persona. No dice que mi tía tiene suerte. No me da la razón ni me la quita. Solo pregunta dos veces más, y las dos veces pregunta por algo que yo he dicho de pasada y no había vuelto a mirar.

Es eso. Ya está. No hay más truco. La cosa que hace Gabriel es dejar que te oigas.

Cuando me callo, se levanta y llena mi vaso sin preguntar y se queda de pie con la espalda en la encimera.

—Te voy a contar una cosa —dice.

—No hace falta.

—Ya, si no es por nada. Es que me da rabia que hables tú todo el rato y luego te vayas pensando que has hecho el ridículo.

Se rasca la ceja.

—En 2005 estuve tres semanas ingresado.

El ventilador da la vuelta y nos coge a los dos y sigue.

—Tenía diecinueve. En el Pere Mata, arriba. —Levanta la barbilla hacia la ventana, hacia una dirección que no se ve—. Firmó mi madre. Yo no firmé nada porque no estaba para firmar.

—Vale.

—No te voy a contar la parte de antes.

—No te la he pedido.

—Ya. Pero es que la gente la pide. —Sonríe un poco—. Bueno, la gente no. Se lo he contado a tres personas en veinte años.

—¿Y Álvaro?

—Álvaro me llevó.

Deja que eso se quede en la cocina.

—Mi madre venía todos los días a las cinco con un táper y se sentaba y me hablaba de la vecina. Igual que tu tía con la mancha. —Coge su vaso y no bebe—. Por eso te lo cuento.

Y esa es la frase. Esa. Ocho meses después sigo siendo capaz de repetirla con la entonación exacta.

Voy yo hacia él. Eso también quiero que quede constando, que voy yo, que dejo el vaso en la encimera y voy yo, porque después he intentado contármelo de otra manera y no cuela.

Con Gabriel todo son preguntas. ¿Puedo? ¿Aquí?

¿Así? Lo pregunta en voz baja y no lo pregunta como se pregunta en las películas: lo pregunta como quien pide permiso de verdad, esperando, con las manos quietas hasta que contestas.

Nadie me ha preguntado tanto en mi vida.

Nadie le pregunta nada a una mujer de treinta y seis años que se maneja bien y que tiene once años de antigüedad y una boda pagada al sesenta por ciento.

Le contesto que sí. Se lo contesto todas las veces. Después no puedo decir que no me lo preguntó.

En la cama de él la persiana deja tres rayas de luz en la pared y hay un momento, cuando ya estamos parados, en que me pone la mano abierta en el esternón y la deja ahí, sin apretar, y me pregunta si estoy bien.

Y yo tengo el teléfono de teclas en el bolso, en el bolsillo con cremallera, a cuatro metros, y estoy a punto de contárselo.

Lo tengo en la boca. He encontrado una cosa en el taller de tu hermano. La frase entera.

No la digo.

No sé por qué no la digo. Lo apunto tal cual porque es la verdad: aquel martes, a las siete de la tarde, no tenía ni un motivo para callarme y me callé.

—Me voy —digo.

—Vale.

Me visto de espaldas. Él se queda tumbado y me dice que tenga cuidado en la N-340, que a esa hora salen todos los camiones de Vila-seca, y luego, desde la cama, con el brazo en los ojos:

—Dale recuerdos a Rosa. —Un segundo—. Roser. Perdona. Roser.

—Ya.

—Es que en mi casa hay una Rosa. Qué desastre.

—No pasa nada.

En casa son las ocho y veinte y el vestido está en su funda colgado del marco de la puerta del dormitorio desde hace tres semanas porque en el armario no cabe.

Lo saco. Me lo pongo. Los zapatos están en la caja debajo de la cama y me los pongo también, y me quedo delante del espejo del armario comprobando el bajo, que era lo que tenía que comprobar, porque la modista me dijo que con estos zapatos y no con otros.

El bajo está bien. Roza el suelo un dedo por delante.

Y cuando levanto los brazos para bajarme la cremallera del costado, me veo en el espejo y veo que llevo las bragas del revés, con la costura fuera y la etiqueta contra la cadera.

Me quedo así, con un brazo detrás de la espalda y el vestido a medio abrir, más tiempo del que se puede estar de pie sin hacer nada.

Después me lo quito todo, meto el vestido en la funda, subo la cremallera de la funda despacio para que no muerda el tul y lo dejo otra vez colgado del marco de la puerta.