6. Lo que quité
Lo que quité
El lunes se acaba y la mujer no llama.
Lo compruebo a las siete, cuando llego a casa. A las nueve, después de cenar de pie. A las once y veinte, ya con la luz apagada, me levanto y voy hasta el enchufe de detrás del sofá y miro la pantalla del teléfono gris por si ha entrado algo y no ha sonado.
No ha entrado nada. El aparato está al noventa y ocho por ciento y tiene el reloj en hora y no ha hecho ni un ruido en veinticuatro horas.
Vuelvo a la cama. A las doce y diez me levanto otra vez, pero ya no por el teléfono.
Abro el portátil en la mesa del comedor, entre las cajas, y busco el correo de las cuatro y diez. Migración de expedientes históricos — Fase 1. Tiene un anexo técnico de nueve páginas que no ha abierto nadie de la oficina y que abro yo.
Lo que dice el anexo, quitándole la palabrería, es esto: los expedientes anteriores a 2019 viven todavía en la plataforma vieja, y en la plataforma vieja el registro de accesos es un fichero plano que nadie ha consultado nunca porque no hay herramienta que lo lea.
La migración va a leerlo. Va a coger ese fichero, normalizar los campos, cruzarlos con el maestro de usuarios y volcarlo a la herramienta de auditoría actual, que es la misma que uso yo tres veces por semana para saber quién ha tocado qué.
Usuario. Fecha. Hora. Expediente. Operación.
Cierro el portátil.
Y ahora voy a contar esto de una vez, porque llevo desde las cuatro y diez de la tarde diciéndome que no hace falta contarlo y son las doce y media de la noche y sigo aquí sentada.
El 21 de agosto de 2018, a las tres y doce de la madrugada, entré en el expediente del siniestro de mi prima y quité una nota.
Empiezo por lo que no hice, que es lo que importa.
No toqué la causa de la muerte. La causa de la muerte la determinó un forense y la firmó un juez y no la decide una investigadora de una compañía de seguros; nosotros llegamos después, cuando ya está todo dicho, a ver quién paga qué.
La toxicología de Bea se hizo y salió negativa.
El atestado estaba cerrado desde el día 16.
Había un conductor con 0,68 y una salida de vía y un talud.
Eso no lo movió nadie y yo no lo habría podido mover ni queriendo.
No falsifiqué un documento. No inventé un dato. No metí nada que no estuviera.
Lo que hice fue quitar una nota interna que Ferran había abierto el lunes 20 por la tarde.
Ferran cree que la abrió el martes. Se lo dijo así el otro día delante de la impresora, con toda la seguridad del mundo, y estaba equivocado, y yo sé que estaba equivocado porque a las tres de la madrugada del martes yo la estaba leyendo.
Es la clase de error que comete todo el mundo con ocho años de por medio.
Yo, en cambio, tengo esa fecha con la precisión con la que se tienen tres o cuatro fechas en una vida.
La nota tenía cuatro líneas y un adjunto.
Decía que en la documentación aportada por la familia aparecía una cuenta en una entidad online a nombre de la fallecida, abierta en junio de 2018, con un ingreso de sesenta y ocho mil euros procedentes de la herencia de su padre y con un saldo de cero euros a fecha del siniestro.
Decía que la salida se había producido en tres transferencias.
Y decía que en el registro de llamadas del terminal de la fallecida figuraba un número no identificado con doce llamadas salientes el 14 de agosto, entre las seis de la tarde y las once de la noche.
Al pie, en el campo de propuesta, Ferran había marcado derivar a unidad especializada .
Y ahora la parte que llevo ocho años administrando.
Yo tenía veintiocho años. Habíamos enterrado a Bea el viernes 17.
Mi tía Roser llevaba seis días sentada en la misma silla de la cocina y a mí me tocaba ir a las nueve y a las dos y a las ocho, y el domingo me dijo, sin llorar, mirando la mancha de la galería, que lo único que la sostenía era saber que su hija estaba contenta.
Que Bea llevaba meses contenta. Que estaba organizando su boda y que se reía por teléfono.
El lunes por la noche entré en el expediente con mi token, desde esta misma mesa, y leí las cuatro líneas de Ferran, y lo que entendí no fue un fraude.
Lo que entendí fue que mi prima tenía a alguien. Que había abierto una cuenta que su novio no conocía, que había metido en ella todo lo que le dejó su padre, que la había vaciado en tres movimientos y que la noche antes de morir había llamado doce veces a un número que no era el de su casa.
Entendí que Bea se iba. Que se iba con el dinero y con quien fuera, seis semanas antes de casarse, y que la noche del 14 de agosto había ido a Riudoms a rematarlo.
Eso es lo que entendí. Y estuve dos horas y media delante de la pantalla, y a las tres y doce quité la nota.
Marqué el bloque financiero como no relevante para la cobertura , que es una casilla que se marca doscientas veces al año en esta empresa y que significa que el dinero del asegurado no tiene nada que ver con lo que se paga.
Eliminé la propuesta de derivación. Y recodifiqué el siniestro de pendiente de análisis a accidente de circulación — cerrado , que era exactamente lo que era.
La recodificación obliga a reescribir el bloque de localización. Es una tontería del sistema viejo: si cambias el código de siniestro, el formulario se vacía y hay que teclear otra vez la vía, el sentido y el punto kilométrico.
Tecleé mil cuatrocientos dieciocho coma tres.
Es mil ciento cuarenta y ocho coma tres. Bailé dos cifras a las tres de la mañana con los ojos como puños.
El viernes 24 Ferran entró a seguir su alerta y no había alerta, y pensó que alguien de arriba había decidido ser delicado con la familia, y se quedó con el runrún nueve años.
Ahora la parte que me digo a mí misma, que la voy a escribir tal cual porque si no esto no sirve de nada.
Era una nota. Ferran ni siquiera la había confirmado: había pedido derivación, que es lo que se pide cuando no sabes.
No estaba contrastada con el banco. No había requerimiento.
No había nada verificado, y una nota sin verificar en un expediente de un accidente de tráfico con conductor ebrio y sentencia posterior no cambia ni un euro de lo que pagó esta compañía.
Comprobado: pagó lo mismo. Lo he mirado.
Y mi tía enterró a su hija sin que ningún funcionario de ninguna parte le explicara que la niña iba a dejarlos a todos.
Eso fue lo que quité. Una nota que Ferran ni siquiera había confirmado.
Lo repito bien, porque me lo llevo repitiendo ocho años y porque de aquí a diciembre esa frase va a tener que sostenerse sola delante de gente que no me quiere: quité una nota sin confirmar.
Cierro el portátil, aunque ya estaba cerrado, y lo empujo hasta el borde de la mesa.
Cerré el expediente de mi prima y no lo he vuelto a abrir.