5. Ferran
Ferran
En agosto en la oficina somos cuatro y el aire está a diecinueve grados, y a las diez de la mañana yo ya tengo una chaqueta encima de los hombros y la nuca fría y treinta y cuatro grados esperándome en la calle.
La unidad ocupa la mitad de la segunda planta de un edificio de oficinas en Tarragona, encima de una gestoría y debajo de nada.
Somos investigación de siniestros: lo que le llega al perito y huele mal acaba aquí.
Talleres que facturan lo mismo tres veces.
Bajas laborales con un gimnasio de por medio.
Robos de vehículos que aparecen desguazados en un país donde nadie compra esas piezas.
Ferran Ibars tiene la mesa enfrente de la mía desde hace nueve años. Está imprimiendo algo y de pie junto a la impresora, que es donde se le puede hablar.
—¿Cuánto se guardan los logs de acceso? —le digo.
—¿Los nuestros?
—Los nuestros.
—Ni idea. ¿Por?
—Por una consulta que me han hecho de un expediente viejo. De 2019. Quieren saber quién lo tocó y no encuentro la traza.
Es cierto a medias, que es la mejor proporción. Hay una consulta y es de 2019 y es una tontería administrativa que se resuelve con una llamada.
Ferran hace el gesto de quien lleva años con esto.
—De la plataforma vieja, lo que haya. Todo lo anterior a 2019 está en el sistema antiguo y ahí la traza es un chiste. Se guardaba el usuario y la fecha, y a veces ni la hora.
—A veces ni la hora.
—A veces ni la hora. —Coge los folios, los golpea contra la impresora para cuadrarlos—. Yo, cuando quería saber quién había entrado en algo, llamaba a Sistemas y me decían que ya lo miraban.
—¿Y lo miraban?
—Alguna vez.
Vuelve a su mesa. Yo vuelvo a la mía. Y entonces, sin levantar la vista del monitor, con el tono con el que se cuentan las cosas viejas de la oficina, dice:
—Mira, hablando de expedientes que se tocan solos.
—¿Qué.
—Nada, que me acordé el otro día. ¿Te acuerdas del de tu prima?
Aquí es donde tendría que decir algo.
—Sí.
—Yo lo llevaba. Bueno, lo llevaba tres días. Me lo asignaron un lunes y el viernes ya no estaba. —Sigue con los ojos en la pantalla, escribiendo—. Y yo había abierto una alerta.
—¿Una alerta de qué.
—De fraude. Del bloque financiero. Había un tema de una cuenta que no cuadraba, no me acuerdo de los detalles, cosas del banco.
Yo abrí la alerta el martes y el viernes entré a seguirla y no había alerta.
Estaba el expediente cerrado como accidente de tráfico, que lo era, y punto.
—Por fin me mira—. Y a mí nadie me dijo nada.
—Igual la cerró alguien de arriba.
—Eso pensé. Con la familia por medio y todo el follón, pensé que en Madrid habían decidido no remover. —Golpea los folios contra la mesa—. Pero es que no me lo dijeron. Ni un correo. Y en nueve años eso no me ha vuelto a pasar.
—Ya.
—Me quedé con el runrún. —Vuelve al teclado—. Perdona, ¿eh. Que a lo mejor no te apetece hablar de eso.
—No pasa nada.
Y sigue tecleando.
Sé perfectamente cómo se cierra solo un expediente. Lo sé de una manera muy concreta y muy poco teórica, y sé el día y sé la hora, y llevo ocho años sin abrir esa carpeta y no la voy a abrir en una mesa de oficina con Ferran a metro y medio y el aire acondicionado a diecinueve grados.
Lo que hago es lo siguiente: le pregunto por Zaragoza.
Porque Ferran ha pedido traslado. Se va su mujer, que es de allí y ha entrado en un hospital, y él está esperando que le confirmen si le respetan el puesto o le hacen empezar en atención al cliente.
—Está en Recursos —dice—. Llevo desde mayo. Si me lo dan es para enero.
—Enero.
—O febrero. —Se ríe sin ganas—. Igual me voy sin enterarme nunca de lo de tu prima.
Sonríe cuando lo dice. Es una broma de oficina. Es un hombre decente que se va a mudar a seiscientos kilómetros y que en nueve años no ha dejado de darle vueltas a una alerta que abrió y que desapareció.
A la una bajo al muelle de carga, que es donde se fuma, porque desde la reforma no se puede fumar en la terraza. Está el chico de auto, Sergi, con el móvil.
—Dame uno.
Me mira.
—Tú no fumas.
—Dame uno igual.
Me lo da y me lo enciende. Fumo un tercio, mal, sin tragarme el humo, mirando el aparcamiento y las tres palmeras del vivero de enfrente y el camión de la basura maniobrando en la rotonda. Me sabe a metal.
—¿Nervios de boda? —dice Sergi.
—Algo así.
—Mi hermana estuvo tres meses sin dormir. Y luego, el día, perfecto.
—Ya.
Apago el resto en el cenicero de arena y subo.
A las cuatro y diez entra un correo con copia a toda la dirección territorial. Asunto: Migración de expedientes históricos — Fase 1 .
Lo leo de pie, con el bolso ya en el hombro, porque a las cuatro y cuarto tengo cita para la prueba de sonido y llego tarde.
Dice que en el último trimestre del año se migrarán al entorno actual todos los expedientes de siniestro anteriores a 2019, y que la migración incluirá la recuperación y normalización de los registros de acceso del sistema antiguo, y que a partir de esa fecha la trazabilidad histórica quedará disponible en la herramienta de auditoría con el mismo nivel de detalle que la actual.
Lo leo tres veces.
En la tercera me doy cuenta de que Ferran se levanta, se pone la chaqueta, me dice hasta mañana y se va, y yo le contesto hasta mañana, y sigo de pie delante de la pantalla con el bolso colgando.