Las novias de la línea muerta 4. Volver a marcar
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4. Volver a marcar

Volver a marcar

Álvaro me deja en mi piso a las siete y me pregunta si quiero que suba. Le digo que tengo que adelantar cosas de la boda. No es mentira. Encima de la mesa del comedor hay tres cajas con mis libros, un talonario de invitaciones sobrantes y la libreta.

Cuando se va, saco el teléfono de la guantera.

Veintiséis por ciento.

Marco M-04.

El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura. La locución de siempre, la femenina, la que lleva quince años igual. Salta el buzón genérico, sin nombre, sin saludo grabado. Cuelgo antes del pitido.

Marco B-01.

Y aquí es donde esto empieza a no ser una cosa rara de mi novio.

La locución que me contesta no es la misma.

Es la otra, la que dice que el número marcado no está asignado a ningún cliente, con esa entonación descendente al final que solo tiene una operadora.

Las conozco. En mi trabajo escuchas estas grabaciones ocho veces al día durante once años: cuando llamas a un asegurado que ha dado un número falso, cuando llamas a un testigo que ya no quiere ser testigo, cuando llamas a un taller que ha cerrado.

Marco N-02. Tercera locución. Otra compañía.

Marco C-03. La segunda otra vez, o una parecida.

Me levanto, voy a por el portátil y me siento en el suelo, con la espalda en el sofá, porque la mesa está llena de cajas.

Hay una cosa que la gente no sabe y que se puede consultar en abierto: los bloques de numeración móvil están atribuidos.

Cada rango de cien mil números se asigna a un operador en una fecha concreta, y esa atribución es pública.

No te dice de quién es un número. Te dice a qué bloque pertenece y cuándo se repartió ese bloque.

Tardo cuarenta minutos porque me equivoco dos veces al copiar los prefijos.

B-01 está en un bloque atribuido en el primer semestre de 2016. N-02, en un bloque de 2020. C-03, en uno de 2022.

Y esto no demuestra nada. Lo apunto tal cual, porque si mañana tengo que explicarme quiero haberlo escrito bien: la atribución del bloque no es la fecha de alta de la línea.

Un número de un bloque de 2016 puede haberse dado de alta en 2016 o en 2019, y con la portabilidad puede haber cambiado de compañía tres veces.

Yo he visto números de 2008 en manos de gente que los contrató el mes pasado.

Lo que hace un rango no es probar. Es acotar.

Y lo que queda acotado, cuando lo pongo en la libreta, es esto: cuatro contactos, en un teléfono de teclas escondido detrás de un rodapié. Uno vivo. Tres de baja. Los tres de baja, en tres compañías distintas, de tres periodos de atribución separados entre sí por dos años y por dos años.

Nadie tiene una agenda así.

Una agenda son los números de la gente con la que hablas. Se llena por acumulación y se limpia por desidia, y por eso todos tenemos guardado a un fontanero que se jubiló y a un tío nuestro que murió. Lo que caracteriza una agenda es el desorden.

Esto está ordenado. Cuatro entradas. Una letra y un número correlativo. Ninguna repetida, ninguna sobrante, ninguna con nombre. Y entre la primera y la última hay seis años.

Eso no se llena. Eso se lleva.

Voy a la cocina, bebo agua del grifo y me quedo de pie con el vaso.

Lo que tengo delante es un archivo con cuatro registros, y el primero de ellos es de la época en la que se atribuyó ese bloque, y de esa época hay una cosa en mi vida y solo una.

No voy a ir por ahí esta noche. Lo dejo escrito y sigo.

A las nueve me escribe Álvaro.

¿Has encontrado la caja al final?

Me quedo mirando la pantalla más tiempo del que hace falta para contestar que sí.

Sí. Se las he enseñado a mi tía. Le han gustado.

Bien. El martes las llevo yo al joyero, que tú no tienes tiempo.

Vale.

Descansa.

Es la segunda persona que me dice hoy que descanse.

Cojo la libreta de la boda. Es una libreta grande de tapa dura que me regaló mi madre en enero, con separadores de colores, y dentro está todo: los plazos, los proveedores, el presupuesto por partidas, la lista de invitados con las confirmaciones en verde y las dudosas en amarillo, los teléfonos del catering y del DJ y de la floristería.

La abro por el final, por la última hoja, la que no tiene separador.

Escribo los cuatro números a lápiz, uno debajo de otro, con la letra pequeña, sin poner ninguna otra cosa al lado. Ni fechas, ni operadoras, ni el año del bloque.

Después la cierro, le pongo la goma y la dejo encima de las cajas, con las invitaciones sobrantes.

El teléfono gris se queda enchufado en el enchufe de detrás del sofá, que es el que no se ve desde la puerta.